Recordando a Vázquez Montalbán

19-10-2004

Hoy se cumple un año de la muerte del magnífico escritor, y en todo el país se suceden homenajes a su persona y su obra.

Decir algo sobre Manuel Vázquez Montalbán es quedarse en cualquier caso corto, por eso preferimos que cada uno lo recuerde a su manera, con los valores que prefiera, porque tenía suficientes como para poder elegir. Siempre valores humanistas, reflexivos, dialogantes, transformadores, críticos, de progreso.

ARCE también ha querido sumarse al recuerdo de este genio. Vázquez Montalbán fue un amigo porque era un hombre de la cultura, especialmente luminoso, lúcido, respetado, querido, del que aprendimos tantas cosas que su desaparición hace un año ha representado un vacío que nos va a resultar muy difícil de rellenar.

Hay dos clases de revistas de cultura fue el título de la colaboración que entregó Vázquez Montalbán a Manuel Ortuño para el primer número de Pautas, en abril de 1991, el boletín informativo que entonces comenzó a dar a luz nuestra Asociación, que por aquel entonces tenía aún el nombre de ASEI.

En recuerdo de un entrañable amigo, ARCE reproduce aquí para cualquier visitante aquel artículo que Vázquez nos regaló en apoyo al incipiente empeño de aunar los esfuerzos de las revistas culturales de España.

Hay dos clases de revistas culturales

Manuel Vázquez Montalbán


Hay dos clases de revistas culturales. Las que aparecen para cubrir una laguna y las que aparecen sin la finalidad de cubrir una laguna. En el pasado las revistas culturales tuvieron importancia porque la idea de progreso propiciaba la creencia en el crecimiento continuo del espíritu, paralela al crecimiento económico continuo. Ese crecimiento del espíritu perseguía la verdad coyuntural absoluta y por lo tanto la hegemonía de quién o quienes estuvieran en su posesión. La lucha por la hegemonía en la dirección cultural dio sentido a las revistas dedicadas a este empeño y los que en ellas colaboraron, los que ellas auparan o las familias de unos y otros, estuvieron dispuestos a asegurar que sin la existencia de tal o cual publicación la vida del país no habría sido la misma. Tal vez alguna influencia ejercieron en tiempos en que los sabios eran pocos, a veces uno solo, y los discípulos potenciales, muchos. En los tiempos actuales revistas de este tipo harían el más espantoso de los ridículos y desaparecida la voluntad de hegemonía, las revistas culturales se arrastran como guerrilleros insomnes, perdidos por las junglas de asfalto o por los pasillos de las consejerías de cultura de las comunidades autónomas. Bálsamo para las miradas heridas de los desafectos al Régimen de verdades televisadas, cumplen una meritoria labor de instrumento orgánico para diferentes facciones del espíritu congelado por el grado cero del Desarrollo y para que sobreviva, no demasiado abundantemente, un redactor jefe y una secretaria que al mismo tiempo atiende las llamadas. Cada revista cultural alimenta una precaria comunión de santos con los que están de acuerdo con todo que sancionan. Crear cultura, lo que se dice crear cultura, no, casi no lo hacen porque la cultura hoy día se gesta en los ministerios de Economía. Me explicaré. Es el ministerio de Economía el que distribuye el Presupuesto General del Estado, incluida la partida destinada a la socialización de la cultura considerada como patrimonio (también las magras subvenciones a las revistas culturales). Y es el Ministerio de Economía el que transmite filosofía de la vida orientada hacia el conocimiento del sentido del hombre y de la sociedad. En su clara apuesta por, un mercado universal único, una verdad única y un ejército cósmico único, los Ministerios de Economía legitiman un Gran Hermano rigurosamente democrático que convierte las revistas de cultura en meras justificantes de un democrático reparto del presupuesto general del Estado democrático. Nada de lo dicho desmerece mi consideración previa. Hay dos clases de revistas culturales: las que aparecen para cubrir una laguna y las que aparecen sin la finalidad de cubrir una laguna.