Estamos asistiendo al cierre de un ciclo del sistema económico, financiero y político internacional, en donde la crisis financiera va acompañada del agotamiento del sistema de seguridad preventiva y éste, a su vez, de un cambio en la Administración de los EEUU. Como demuestran los datos mundiales en términos de recortes en logros sociales e incremento del desempleo, ésta es la primera crisis global en donde los procesos internos e internacionales se encuentran cruzados y las consecuencias y soluciones requieren enfoques globales.
La crisis actual pone de manifiesto los pilares endebles en los que se mueve el capitalismo y los principios que han regido el sistema internacional. Detrás de la crisis y de los Planes de Rescate, especialmente en los Estados Unidos y en la Unión Europea, se encuentra una gran quiebra de los valores políticos e ideológicos que habían regido gran parte del siglo XX y los albores del XXI.
Las diferentes discusiones nacionales sobre los Planes de Rescate -justificados como una pieza fundamental para evitar el derrumbe del sistema financiero- suponen la escenificación del fracaso estrepitoso del sistema económico preponderante en esta fase de globalización especulativa. Y también el fracaso de las Administraciones estadounidenses, especialmente la última, y de muchos Gobiernos occidentales que alentaron un crecimiento falso sobre la base de ficticias cuentas de resultados y sueldos millonarios para ejecutivos sin escrúpulos.
Todo este revuelo internacional muestra que asistimos a una nueva ordenación del poder financiero y económico mundial, en donde los principales beneficiados de las medidas adoptadas seguirán siendo las instituciones financieras. Sin embargo, la factura está siendo pagada principalmente por las clases trabajadoras y medias que, aún reconociendo la necesidad, valoran negativamente acudir con dinero público al auxilio de un sistema podrido , inyectando dinero de los contribuyentes sin conocer a priori claramente las condiciones -la letra pequeña de los respectivos Planes- y sin demandar responsabilidades.
Ante esta situación, una de las bases de la nueva arquitectura internacional será la reconfiguración del papel de los Estados, sus políticas económicas y financieras, sus políticas exteriores y los nuevos retos del sistema internacional. En los Estados Unidos, epicentro del torbellino, el debate respecto al futuro y las responsabilidades del Estado en el diseño y ejecución de las políticas públicas pone claramente al descubierto significativas incongruencias; por ejemplo: ¿qué tipo de sistema acepta con naturalidad que el Estado compre participaciones en los Bancos, se haga con el control monetario de Wall Street con un Rescate financiado con el dinero de los ciudadanos y no acepte el seguro médico como un derecho universal? Algunas incoherencias tienen que ver con puntos centrales conectados con la promesa de Obama de ir avanzando hacia el objetivo último en la universalización de derechos básicos en el ejercicio de una nueva responsabilidad nacional e internacional.
El nuevo liderazgo estadounidense depende en gran parte de esta nueva definición del Estado y de la solución progresiva de estas grandes incongruencias, si, como señala Obama, ambiciona seguir siendo arquetipo económico y paradigma político de principios y valores del sistema occidental. La labor no será fácil teniendo en cuenta que en ocho años los Estados Unidos han fracasado en su proyecto nacional e internacional. La definición de ese deseado nuevo liderazgo sólo será posible a partir de la proyección exterior de los valores internos pero, sobre todo, si es capaz de ganar la confianza perdida.
La composición de los equipos económicos, políticos, militares y diplomáticos de la próxima Administración de Barak Obama hace difícil soñar con un cambio vertiginoso y con la rápida llegada de ese Yes We Can también para el sistema internacional. Probablemente la suya sea una Presidencia moderada, de tonos templados en busca de rasgos unitarios por encima de los enfrentamientos partidarios, raciales o sociales, con matices idealistas, pero principalmente pragmática y con decisiones controvertidas. Teniendo en cuenta que la nueva doctrina y el nuevo liderazgo tendrá que afrontar con valentía ese cambio prometido del sistema económico, financiero y político nacional e internacional.
Para hacer posible la transformación que se requiere, la política exterior de la Administración de Obama deberá privilegiar los instrumentos diplomáticos clásicos y reinventar nuevas herramientas negociadoras aprovechando incluso dinámicas anteriores que estaban olvidadas o en vía muerta. El imprescindible nuevo liderazgo en procesos como Oriente Medio, el nuevo marco de relación con Rusia, la reforma de Naciones Unidas, las intervenciones humanitarias en África y las guerras nacionales, especialmente en Somalia y el Congo; los procesos de integración en América Latina y los nuevos Tratados de Libre Comercio. Todos estos procesos no son puntos nuevos en la "agenda internacional" de los Estados Unidos, ni tampoco de la comunidad internacional, pero requieren otro tratamiento, con diferente método, dentro de una nueva jerarquía.
Las propuestas para cimentar la nueva arquitectura internacional para una nueva época deberán partir de un balance crítico de las dinámicas y de los instrumentos empleados hasta ahora por el sistema internacional y sus principales actores, para afrontar los objetivos y riesgos mundiales. Es imprescindible un cambio en los paradigmas dominantes en el sistema de seguridad preventiva internacional. Los fracasos claros por parte de los Estados Unidos, y también por el conjunto de la comunidad internacional, en situaciones como Afganistán e Iraq y el incremento de un radicalismo islámico capaz de sembrar su terror en Madrid, Londres, Casablanca o Bombay son la consecuencia de un fracaso colectivo. Por lo tanto, se necesitan nuevos "ojos" para fijar los retos actuales dentro de un obligado nuevo marco multilateral.
Para hacer posible esta nueva arquitectura internacional, los actores que se encuentran desaparecidos o desplazados o que habían sido marginados por el unilateralismo de la Administración Bush en los distintos escenarios y procesos deben recobrar su peso en la necesaria diversificación de la dependencia del sistema internacional respecto a los Estados Unidos, incluso en esta nueva época. El papel de la Unión Europea después del fracaso de su Constitución non nata , el no irlandés al Tratado de Lisboa, su inexistente protagonismo internacional fruto de las divisiones internas; todo ello arroja serias dudas de que la Unión quiera, pueda y sepa estar a la altura del cambio esperado por la ciudadanía mundial.