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Temas para el Debate 168 Temas para el Debate

Todos somos economistas

por José Félix Tezanos
Temas para el Debate nº 168, Noviembre 2008

Número de páginas: 2
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Durante un largo período de tiempo parecía que en España el debate económico había desaparecido prácticamente de los medios de comunicación social. Las grandes orientaciones de la economía se presentaban como cuestiones incuestionables para todos -algunos pretendían que así pareciera-, mientras que las opiniones y valoraciones de los economistas de mayor cualificación y prestigio se intentaba que fueran sustituidas por los discursos de avispados expertos en "ingeniería financiera"-¡menuda palabreja!- que se dedicaban a ilustrar confusamente al común de los mortales sobre la más imaginativa manera de sacar los máximos rendimientos a los recursos dinerarios.
Desde hace algunos años, algunos nos veníamos quejando de la postergación de los debates económicos de fondo y de la peligrosa tendencia a sustituir las grandes cuestiones de la economía política por una especie de experticia de vía estrecha, que en el fondo no perseguía otra cosa que intentar tapar la boca a cualquiera que discrepara de las elementales recetas al uso, o, mucho peor, a quien se atreviera a llamar la atención sobre algunas tendencias problemáticas que venían detectándose últimamente.
El nuevo griterío económico
Pero, de pronto, dicho "silencio económico" interesado ha sido quebrado por un estruendo opinático que amenaza con hacerse ensordecedor y confuso, produciendo, por lo tanto, unos efectos de inoperancia similares al anterior ayuno político.
Ahora en cualquier lugar al que uno acuda encuentra a todo tipo de personas y expertos de ocasión formulando sesudos diagnósticos sobre los males que nos acechan y proponiendo multitud de recetas y soluciones, más o menos bien asimiladas -y reproducidas-, de las más variopintas plataformas mediáticas nacionales e internacionales.
Si uno se sube a un taxi ya sabe que tendrá que escuchar algún tipo de receta económica, y si uno escucha una tertulia radiofónica tendrá que resignarse a que los mismos expertos que hace un mes demostraban su sabiduría pontificando sobre el cambio climático, la veda de la anchoa o las bondades del diagnóstico avanzado sobre el cáncer de páncreas, ahora nos expliquen cómo se arreglan los desafueros económicos sobre los que hasta hace poco callaban, o sobre los que se deshacían en elogios suficientes.
Parece, pues, que de pronto todos somos economistas y que un territorio que se quería mantener vedado al juicio de los no expertos, ahora se ha abierto a un debate tan universal y absoluto como poco organizado y resolutivo.
El fraude de la experticia
Un contraste tan acusado, y tan poco operativo, tiene su raíz en la propia confusión que se ha alentado entre los terrenos que son propios de los expertos y los campos de debate de la Economía política, que en una democracia seria no deben estar vedados al contraste público y a la adopción de decisiones políticas maduras y bien fundamentadas. De ahí el carácter tramposo de los mitólogos de la experticia . Y de ahí también la ineficacia de sustraer del campo de la decisión política cuestiones económicas importantes que forman parte de la lógica de la soberanía democrática.
Los que hasta hace sólo unos pocos días sostenían que determinados ámbitos del gobierno económico debían quedar en manos de expertos independientes para garantizar su buena funcionalidad objetiva -como los Bancos Centrales-, ahora no se sabe que serán capaces de decirnos, cuando ha quedado perfectamente claro que la famosa experticia no ha logrado ni mucho menos mantenernos a salvo de los problemas económicos.
Otra cosa diferente al fracaso palpable de los supuestos expertos y a las pretensiones de vaciamiento democrático es, por supuesto, que las actuales elites políticas tampoco estén siendo capaces de diseñar y aplicar una verdadera política económica seria, capaz de generar la confianza y los equilibrios necesarios. De hecho, el ejemplo que están dando bastantes líderes de países importantes está siendo realmente penoso. Lo cual se ha convertido en un factor problemático adicional que está generando incertidumbres y déficits de confianza, con su correspondiente repercusión negativa en la propia evolución de la actual crisis económica.
Una de las enseñanzas que se desprende de lo que está ocurriendo en sociedades complejas que cuentan con ciudadanos razonablemente informados, que pueden operar como sujetos activos (también en el plano económico), es la demostración de que todo aquello que no se encuentre asentado en fundamentos sólidos y bien explicados e interiorizados por la opinión pública puede acabar siendo extraordinariamente volátil. Y tal volatilidad en cuestiones en las que la confianza tiene un papel importante puede ser muy peligrosa, como se está viendo.
Debates oscuros
De ahí la necesidad de denunciar el fraude de la experticia y no alentar oscuridades ni simplificaciones en asuntos cruciales que a todos nos conciernen; y de ahí la necesidad, también, de diferenciar y respetar el propio papel de los economistas serios, que tienen ideas y propuestas dignas de atención y que no pretenden suplir las competencias políticas y ciudadanas propias de una democracia.
El problema muchas veces ha sido que en los debates económicos han quedado fuera tanto los ciudadanos medios como los economistas serios, mientras se nos ha pretendido presentar algunos recetarios simplistas poco menos que como verdades absolutas reveladas, al tiempo que unos cuantos analistas de salón se limitaban -y se limitan- a explicarnos a posteriori, y sin mayores propuestas, que la economía va bien, mal, regular o desastrosamente mal, con pocos días de intervalo. Todo esto al servicio de una absurda e insostenible compartimentalización simplista de las esferas de debate.
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