Mención aparte merece también todo el problema energético, huérfano no sólo de una política de fondo a medio plazo, sino de medidas más inmediatas que tendrían que ir orientadas a potenciar las posibilidades de la energía solar, resultando incomprensibles determinados retrasos administrativos y regulatorios en este sentido. La falta de reflejos ante los problemas de la carestía de los carburantes se ha hecho notar también en la huelga de transportes, una parte de cuyos efectos más perniciosos se habría podido evitar anticipándose a buscar soluciones razonables antes de que hubiera estallado la chispa del conflicto.
La moraleja de todo esto es que en cuestiones de economía y en períodos de inestabilidad hay que exigir a todos el máximo grado de rigor, eficacia, capacidad de previsión, claridad de ideas y sentido de la responsabilidad.
El problema no es que haya crisis en la dinámica del capitalismo -que siempre las ha habido-, sino que las crisis nos sorprendan, nos atemoricen exageradamente y nos dejen paralizados e indefensos, reduplicando sus efectos negativos por razones psicológicas y de debilidad de los poderes públicos.