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Temas para el Debate 164 Temas para el Debate

Cuando llega el lobo

por José Félix Tezanos
Temas para el Debate nº 164, Julio 2008

Número de páginas: 2
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A los niños pequeños nos contaban la historia del pastor que anunciaba entre bromas y veras la aparición de un lobo que no llegaba hasta que finalmente llegaba, sin que nadie hiciera caso, no sólo para aleccionarnos en la sana costumbre de "decir la verdad", sino también para que fuéramos conscientes de los efectos nocivos de la "desconfianza social" y de la correspondiente importancia en la "credibilidad" de lo que se "anuncia" o se analiza.
La forma en la que está teniendo lugar la actual crisis económica -o como se la quiera llamar- revela que las lecciones de la vieja historieta infantil no han sido bien aprendidas por algunos.
¿Convivir con las crisis?
El estupor que a veces se manifiesta ante el eventual curso de la actual crisis, y la especie de parálisis que suscita en determinados sectores, parece indicar que algunos es como si se acabaran de despertar, o se acabaran de caer del guindo. ¿Desde cuándo es algo nuevo o sorprendente que el sistema capitalista tenga crisis periódicas? ¿Es que algunos eran tan ingenuos que pensaban que ese "espécimen" disparatado al que se califica de "neoliberalismo" nos había vacunado contra las crisis?
El problema no estriba en las crisis, el problema está en la capacidad de prevenirlas y en la voluntad de hacerles frente con políticas compensadoras inteligentes y con medidas de apoyo que prevengan sus efectos sociales más perniciosos, así como la desesperanza y la desconfianza que pueden causar entre sus víctimas. El ejemplo de la Gran Depresión y sus terribles consecuencias sociales y políticas -con sus derivaciones bélicas- parecía que nos había vacunado contra la improvisación y la tendencia a permanecer cruzados de brazos ante ellas, como un viejo marinero inculto ante lo descomunal de una mar embravecida en demasía.
Pero no, parece que algunos no aprendieron suficientemente la lección y durante los últimos años, llevados por unas ambiciones desmedidas -se ve que tampoco les contaron la fábula de la "gallina de los huevos de oro"-, han ido prescindiendo de las cautelas, controles, regulaciones y equilibrios que, después de la II Guerra Mundial, nos habían permitido convivir con las crisis, sin que se produjeran grandes desequilibrios sociales ni económicos.
El "mercado" tronante
Pero, ahora, debido a no pocas improvisaciones y dejaciones, es posible que de nuevo "nos vayamos a enterar" de lo que es el "mercado" por sí solo, como una especie de tronante dios Thor, que no se para en matices ni consideraciones sobre necesidades humanas ni sociales. ¡Y no será porque un buen número de analistas no se hayan desgañitado anunciando la llegada de una nueva crisis de mayor entidad que las anteriores!
Con la audacia de alguien que apenas sabe nada de Economía -como casi todos, aunque pocos lo reconozcan, y menos los propios economistas-, mi impresión es que en estos momentos están exagerando tanto los lúgubres agoreros del miedo que llevan años anunciando la llegada del lobo -con toda la capacidad de alarma generada- como los que se mantienen impasibles y confiados, sin tomar las medidas preventivas necesarias.
Entre estos dos extremos nos encontramos el común de los mortales que seremos los que sufriremos las consecuencias si las cosas se tuercen en exceso.
Por lo tanto, lo primero que es preciso señalar -y criticar- es que la aceptación más o menos resignada durante los últimos años de unos enfoques disparatados de política económica ha generado una confianza poco rigurosa en que nada podía pasar y que el dios "mercado" por sí solo se bastaba, y le sobraba, para articular y controlar cualquier incidencia o desequilibrio. Este neoliberalismo extremo ha dejado a la opinión pública un poco menos "mentalizada" para asumir que hay crisis periódicas, y bastante menos preparada para hacerles frente con eficacia, con los Estados más debilitados, con menos cautelas y regulaciones, con los sindicatos aminorados y retraídos y con una parte apreciable de las elites socialdemócratas entregadas a la nueva idolatría neoliberal y, en algunos casos, entusiasmadas con la cultura del ¡enriqueceros sin cesar! Por eso, actualmente, uno de los principales elementos eventualmente "aceleradores" de la crisis pueden ser, precisamente, los efectos "psicológicos" e "ideológicos". De esta manera, la propia dramatización del hecho real de "la crisis" puede propiciar parálisis y temores en cadena de efectos doblemente negativos y dilatorios.
Imprevisiones y errores
Desde luego, España no es el país peor preparado para hacer frente a las consecuencias de la crisis, si ésta es más duradera y profunda que aquellas que se han conocido desde la Gran Depresión. En los últimos años algunas cosas se han hecho mejor que en otros países -aunque no siempre se cuenta con suficientes márgenes de maniobra- y esto es algo que, al final, todos reconocerán y agradecerán.
Sin embargo, también se han hecho notar improvisaciones y perezas peligrosas. En el caso de las "hipotecas basura" se ha sido cómplice de una situación general de desregulación y de unas perspectivas de "negocios desmedidos" (que, como se ha visto, escondían algo más que meros "trucos" financieros) que era evidente que acabarían estallando. Los Gobiernos de Aznar también fueron cómplices de la política irresponsable de Bush, que no ha hecho más que arrojar leña al fuego de los problemas mundiales durante los últimos años, convirtiendo su promesa de "petróleo fácil y barato para todos los aliados" en el mayor fraude de la historia de los últimos años.
En un plano más doméstico, hay que anotar en el "debe" de los últimos Gobiernos la mezcla de indolencia e incapacidad que se ha mostrado ante un problema específico español, como era el de la carestía de la vivienda. Desde el presente resulta evidente que se tenía que haber atajado a tiempo la espiral desmedida de la subida del precio del suelo, evitando que todo el sector se viera contaminado por un problema de base que era claramente especulativo y que se ha venido "tolerando" desde el ámbito municipal por los cuantiosos fondos que ha venido aportando para una financiación de los Ayuntamientos que ha estado mal planteada desde hace años. ¡Y ahora cunde la alarma!, cuando viene el lobo de verdad.
Asimismo, también hay componentes de improvisación y precipitación en algunas medidas fiscales electoralistas (como la supresión del Impuesto de Patrimonio o la "devolución" universal de 400 euros a todos los contribuyentes, incluyendo a los más ricos y acaudalados). Estas dos medidas, posiblemente innecesarias y no aconsejables en un período en el que se podía prever una reducción de la capacidad recaudatoria -como así ha sido-, han implicado una merma de cerca de 8.000 millones de euros para la Hacienda Pública. Lo cual es algo que nos hubiera venido bastante bien en épocas de vacas flacas.
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