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Temas para el Debate 163 Temas para el Debate

La idea de progreso en el siglo XXI

Temas para el Debate nº 163, Junio 2008

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En pocas ocasiones en la historia el debate acerca del presente y el futuro de nuestras sociedades se ha desplazado tanto hacia el terreno de los valores. Valores que en unas ocasiones remiten a la identidad nacional y en otras a la interpretación de la historia; en unos momentos a la institución familiar y en otros a las nuevas técnicas médicas; valores, en fin, que inundan el debate público y que dan lugar a que la reflexión y el análisis acerca de los intereses económicos en juego se vean oscurecidos y difuminados ante esta batalla por el sentido; por el sentido que queremos dar a nuestras vidas y por la ausencia de sentido que hallamos en las variadas muestras del malestar de la vida actual.
Entre los debates que afectan a las emociones, a los sentimientos y a las raíces es esencial el que concierne a la percepción que tenemos acerca del progreso. ¿Están progresando nuestras sociedades?; ¿podemos tener esperanza ante los retos del siglo XXI?; ¿qué balance establecemos de lo logrado en el siglo XX?
En este número de Temas abordamos estas cuestiones cruciales mediante varios artículos específicos y a través de las respuestas a una encuesta entre destacados intelectuales que tratan de desentrañar un asunto tan complejo. Complejo porque afecta a los nuevos retos que suscita la biotecnología, a los cambios climáticos y al desarrollo medioambiental, y complejo también porque muestra los límites de la razón para hacerse cargo de los procesos políticoeconómicos.
Prácticamente todos los autores que colaboran en este número de Temas coinciden en resaltar la diferencia entre el progreso técnico y el progreso moral. Nadie avala hoy en día una concepción lineal y acrítica del desarrollo científico como la panacea para resolver todos los males; pero en distintos artículos se muestra igualmente la preocupación por la posibilidad de que, aprovechando esa crítica al exceso de cientificismo, puedan ir colándose los viejos fundamentalismos que pretenden impugnar todo lo que significa, y puede implicar, el proyecto ilustrado. No sería la primera vez que algunas autocríticas condujeran no a una revisión de los elementos ingenuos que pudieran darse en la Ilustración, sino a regresiones que pueden llegar a poner en cuestión el mismo proyecto ilustrado como tal.
Es cierto que no podemos caer en una concepción complaciente y distanciada de la modernidad, como si no hubiera tenido lugar el Gulag y Auschwitz, pero tampoco podemos asistir pasivos -por muy sumidos en la perplejidad y el desconcierto que estemos- a la vuelta de los viejos fundamentalismos religiosos o a una pretendida neutralidad valorativa acrítica ante mucho de lo que está ocurriendo en nuestros días. Por ello, la autocrítica no nos puede llevar a la parálisis y a la incapacidad de reaccionar.
Los últimos acontecimientos y tendencias muestran que en nuestros días se enfrentan dos escenarios posibles. Uno de ellos lo constituye la convergencia entre la derecha religiosa fundamentalista y el neoliberalismo económico. Su enemigo es la Ilustración y las conquistas del Estado social. Frente a esa coalición poderosa resulta imprescindible reivindicar la fuerza de la voluntad reformadora, la capacidad de impugnar lo existente, de hacer posible lo deseable. En este sentido, los sectores progresistas de nuestras sociedades tienen que instalarse en el criterio del sí podemos , es decir, en la convicción de que podemos enderezar un mundo que camina hacia el deterioro destructivo del medio ambiente; a la proliferación de las hambrunas, a las migraciones desesperadas y al aumento de las desigualdades.
En el nuevo contexto es preciso articular una voluntad ciudadana que sea capaz de reorientar los procesos de crecimiento incontrolados y que busque nuevas formas de resolución de los problemas. Para ello es imprescindible la política. De ahí la necesidad de reivindicar una política que nos permita superar efectivamente la situación de súbditos, en la que algunos nos quieren recluir, y llegar a la plena y efectiva condición de ciudadanos. Una política que logre incentivar la imaginación, recordando permanentemente que otra vía es posible, que otro mundo es posible. El sueño del proyecto ilustrado nos llamaba a ser mayores de edad frente a la superstición y la tradición. Hoy tenemos que lograr esa mayoría de edad frente a la vuelta de los fundamentalismos y frente a los grandes poderes económicos incontrolados. Para ello hay que alentar un nuevo internacionalismo solidario que permita hacer realidad los objetivos del milenio y progresar en esta dirección, y que nos haga corresponsables del conjunto de la humanidad. Hace unos años ser progresista era combatir contra el colonialismo y la discriminación, contra la explotación y la desigualdad; hoy significa estar entroncados con esas viejas batallas para ser capaces de hacer frente a los nuevos miedos, los nuevos desequilibrios, las nuevas situaciones de incertidumbre y vacilación y reorientarlas hacia un horizonte esperanzador de mayor igualdad social. Desde tales convicciones y compromisos, hay que ser capaces de activar esa voluntad para poder transitar de la lógica de la fuerza a la lógica de la palabra, de la guerra a la convivencia pacífica, de los valores del mercado a los principios éticos universales. Por ello hay que revisar y cuestionar algunos de los hechos y realidades que la derecha actual pretende presentar como parte del progreso y conseguir que los medios técnicos y las potencialidades de algunos de los cambios de nuestra época se pongan al servicio de las necesidades humanas.
El sentido del progreso en el siglo XXI implica un compromiso activo para hacer frente a los nuevos miedos y oscurantismos, a los riesgos de regresión alentados por los fundamentalismos y a las derivas desigualitarias e insolidarias, en un mundo en el que existen nuevas potencialidades de crecimiento económico y bienestar social y personal para todos.
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