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Temas para el Debate 162 Temas para el Debate

Crispación ¿para qué?

por José Félix Tezanos
Temas para el Debate nº 162, Mayo 2008

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La mayor parte de los ciudadanos se sienten perplejos ante la crispación y polarización de la vida política española. No logran entender la finalidad que persiguen los líderes, los partidos y los medios de comunicación que no pierden la ocasión de atizar los antagonismos, los malos modos y el cuestionamiento exaltado de todo lo que hacen o dicen los adversarios políticos.
Sin embargo, los analistas son algo menos ingenuos y han proporcionado diversas interpretaciones que desvelan las intenciones que se persiguen con la instrumentalización de la polarización. La interpretación más extendida es que tanto el PP como el PSOE obtienen altos rendimientos electorales con dicha estrategia y que, por lo tanto, no se van a sentir inclinados a abandonarla, más allá incluso de los efectos de fondo que puedan producirse en la sociedad española.
Los réditos electorales de la polarización
Los que sostienen tales interpretaciones han querido ver en los resultados de las elecciones del 9 de marzo una nueva prueba de que la polarización beneficia especialmente a los dos grandes partidos, en la medida en que han logrado movilizar a sectores significativos del electorado que, en un contexto de debates más atemperados, es probable que no hubieran acabado votando de la forma en que finalmente lo hicieron.
Así, los estrategas del PP han logrado mantener cohesionados y movilizados a electores que, aún no estando muy convencidos de los líderes y las propuestas programáticas del PP, han pretendido evitar a toda costa un triunfo del PSOE. En consecuencia, es harto verosímil que los líderes del PP en realidad no se crean toda la retórica exagerada de "España se rompe", "la economía va fatal", "el Gobierno es muy radical", "los inmigrantes nos invaden", "la familia está acosada", etc. Sin embargo, la crispación generada en torno a estos tópicos se valora como algo bastante útil para movilizar apoyos.
En el caso del PSOE, los analistas sostienen que también se saca provecho en la dialéctica de enfrentamientos e incluso se intenta "dar cuerda" a los líderes del PP, enfatizando debates sobre el federalismo, o iniciativas sobre la familia, el matrimonio y la educación, con la finalidad de lograr que el PP entre al trapo y acabe presentando una imagen más antipática y amenazadora entre determinados sectores que no confían mucho, ni valoran, especialmente por su rigor -o por su progresismo-, al Gobierno de Zapatero, pero que, desde luego, no quieren bajo ningún concepto que un PP ultra-radicalizado pueda gobernar España en estos momentos.
De esta manera, ambos miedos y rechazos se retroalimentan recíprocamente en una dinámica de negatividades cruzadas que ambas partes piensan que van a ser capaces de manejar y mantener bajo cierto control, sin que se produzcan efectos especialmente perniciosos en el clima político general, ni en la evolución económica.
En buena medida, los resultados electorales del período en el que se han atizado en mayor grado las estrategias de una polarización crispada avalan esta interpretación. Desde el famoso "¡váyase señor González!", lo cierto es que los dos grandes partidos no cesan de sumar conjuntamente una mayor proporción de votos. Debe recordarse, en este sentido, que en las elecciones de 1977 los dos principales partidos tenían un 63% de los votos, proporción que en 1989 llegó al 66%. Sin embargo, en el año 2000 PP y PSOE sumaron un 78,7% de los votos emitidos, proporción que subió al 80,4% en 2004 y que todavía ha aumentado más el 9 de marzo, hasta llegar al 83,7%. Esta dinámica se está produciendo, lógicamente, en detrimento de otras formaciones políticas menores que sufren los efectos del "voto útil", perfilando un sistema de partidos que cada vez presenta mayores rasgos netos de bipartidismo; en mayor grado, incluso, que otros países que tienen sistemas electorales mayoritarios y a los que todo el mundo considera como arquetípicos del bipartidismo.
El techo electoral del PP
Parece evidente, pues, que esta dinámica beneficia a los dos grandes partidos y reduce en cierto grado la abstención potencial, aunque en el caso del PP ha dado lugar a un desenlace frustrante, ya que todas las expectativas puestas en el triunfo en las urnas han terminado chocando con un cierto techo electoral, con el consiguiente desgaste de su actual líder y con los correspondientes movimientos internos de crítica y de tomas de postura ante una eventual "sucesión". El problema, e incluso el peligro, es que algunas contestaciones internas plantean estrategias aun más radicales, sosteniendo que no se han aplicado suficientes dosis de crítica -léase crispación- para combatir el peligro "zapaterista". Lo cual puede llevar a bordear los límites de una polarización en cierto grado manejable y autocontrolada, para degenerar en una colisión civil pura y dura. Lo cual, desde luego, no es una broma en el actual contexto económico y mucho menos conociendo las ambiciones y las formas de proceder de determinada "lideresa".
A partir de estos análisis, algunos podrán pensar que las cosas no pueden seguir así y que es poco digno y escasamente gratificante que las actuales direcciones de los dos grandes partidos se contenten con movilizar votantes motivados por un rechazo recíproco, que acuden a las urnas con poco entusiasmo, entendiendo su decisión electoral como "un mal menor" para evitar extremismos de signo contrario. Pero, más allá de estas valoraciones, lo cierto es que el problema que tenemos por delante no es de índole moral -o al menos no lo es solamente-, sino que empezamos a estar ante un preocupante dilema de carácter práctico. El problema es que de tanto ir a la fuente, al final los cántaros se pueden acabar rompiendo, y algunos electores de "rechazo recíproco" se pueden acabar hartando. ¿Qué hacer entonces? ¿Meter más presión en la caldera de la crispación y la polarización para asustar -e incentivar- en mayor grado a determinados sectores del electorado? ¿Hasta qué punto se puede tensar la cuerda sin riesgos de que empiecen a producirse graves quebrantos en la convivencia democrática?
Desde luego, no es fácil contestar a estas preguntar y, de hecho, cuando se escuchan los discursos de algunos forofos mediáticos, se constata que no faltan los que desprecian los riesgos de cruzar la línea roja. Por lo tanto, todos aquellos que tienen alguna influencia práctica sobre la evolución de la política española tienen que empezar a preocuparse seriamente por los efectos que un clima excesivamente tensionado y un abuso de la tendencia a la exageración en las críticas pueden empezar a tener en estos momentos sobre la coyuntura económica española. Cuando se escuchan determinadas críticas desaforadas y apocalípticas, muchos ciudadanos no sólo se quedan perplejos, sino que empiezan a sentir una preocupación y una desconfianza que no pueden propiciar nada bueno. Y en el campo de la economía actual, que tan influido está por factores psicológicos y sociológicos, tal proceder resulta claramente irresponsable.
Por eso hay que entender que la "rentabilidad" de las estrategias de "polarización" ha tocado techo y puede empezar a producir efectos negativos, no sólo para los dos grandes partidos, sino muy en especial para la situación objetiva de España y, por lo tanto, en bien de todos, habría que empezar a reclamar un cambio de rumbo hacia la sensatez y una razonable moderación de los discursos y las críticas.
La polarización entre el PSOE y el PP, que tanto ha contribuido a centrar la atención en torno a los dos grandes partidos y que ha movilizado a un voto útil y de rechazo recíproco, puede empezar a producir efectos críticos en el clima de convivencia y en la coyuntura económica.
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