La vuelta de los socialistas al gobierno en España ha cambiado radicalmente el escenario en el que se van a desarrollar las próximas elecciones europeas. Antes del 14 de marzo la derecha esperaba revalidar fácilmente su mayoría en el Parlamento Europeo y en Bruselas ya se especulaba cuál de sus líderes iba a ser el próximo Presidente de la Comisión.
Pero de repente todo ha cambiado. La victoria del PSOE en España ha roto una larga serie de derrotas de los partidos de izquierdas, desde la de los socialistas austríacos en 1999 a la que se había producido poco antes en Grecia. Sus efectos se han propagado por el continente con el espectacular éxito de los socialistas en las regionales francesas primero y las presidenciales austríacas después.
¿Estamos ante un cambio de tendencia, o ante la respuesta coyuntural a acontecimientos y circunstancias excepcionales? Habrá que esperar a los resultados de las europeas de junio para saberlo, pero es evidente que, tanto en España como en Francia, los socialistas han ganado porque el electorado ha querido castigar a los gobiernos de derechas, premiado la unidad y buscado la utilidad del voto.
¿Se repetirán estas actitudes o, por el contrario, los electores, satisfechos y/o cansados, se desmovilizaran ante unas elecciones que cada vez les atraen menos en el conjunto de Europa?
En España al menos, los socialistas nos enfrentamos a dos poderosos adversarios: el primero es el sentimiento de que las europeas están ganadas de antemano; el segundo es la escasa conciencia de su importancia. Es de temer que si los electores de izquierdas dan por seguro el triunfo y además creen que tampoco importa tanto el resultado, no se movilicen como lo hicieron para desalojar al PP del gobierno el pasado marzo.
Sería un grave error por su parte y debemos hacer todo lo posible durante la campaña para evitarlo. En primer lugar porque el PP buscará en las europeas la revancha de las legislativas y su triunfo le daría ocasión de argumentar que si el PSOE ganó sólo fue como consecuencia de las trágicas circunstancias en las que se celebraron. Y, en segundo lugar, porque la composición del Parlamento Europeo, y en general todo el proceso de construcción europea, es de enorme importancia para los ciudadanos españoles.
Hay que visualizar esta importancia en lo cotidiano y en los aspectos trascendentes de la acción política. Y no sólo recurriendo a las generosas aportaciones de fondos comunitarios que tan bien nos han venido en el pasado y con las que podremos contar menos en la Europa ampliada.
Por ejemplo, a los que se muestran satisfechos por la retirada de nuestras tropas de Iraq, habría que preguntarles si el Gobierno español hubiese tenido la misma capacidad de aplicar esa decisión si en vez del euro hubiésemos seguido teniendo la peseta como moneda nacional.
La respuesta es que no y hay que explicar por qué para comprender la verdadera importancia política del proyecto europeo. Ni España, ni Francia ni Alemania hubiesen podido fácilmente plantar cara a los EEUU y negarse a apoyar su política sin el euro porque sus monedas nacionales no hubiesen podido soportar los ataques especulativos que sin duda se hubiesen desatado contra ellas en los mercados financieros internacionales. Nos hubiesen devaluado a repetición y puesto de rodillas a los gobiernos .Como hicieron con el de Mitterrand a principios de los 80 cuando intentó aplicar su programa de izquierdas.
El euro juega así un papel de escudo protector y, paradójicamente, menos soberanía formal en materia monetaria nos permite ejercer en la práctica una mayor soberanía política. En realidad, no es que con el euro hayamos perdido la soberanía monetaria, que en realidad no teníamos ya con unas monedas nacionales sometidas a la presión de los mercados. La ejercemos de forma compartida a través de mecanismos que son sin duda discutibles desde el punto de vista de su control democrático y su contribución desequilibrada a la estabilidad y el crecimiento. Pero, en todo caso, esa soberanía compartida nos da más capacidad de acción política que la teórica soberanía plena que tenia cada país con su propia moneda.
A este ejemplo se pueden añadir muchos otros para ayudar a comprender el significado de la construcción europea. Pero más importante todavía es comprender que ya no se trata simplemente de "más Europa",si no de "cuál Europa" proponen unos y otros.
En las próximas elecciones europeas está en juego la construcción de la Europa política, basada en los valores que sustentan el modelo social europeo y capaz de actuar como agente político global en todos los aspectos que afectan a la paz y a la prosperidad mundial.
Durante la próxima legislatura la Unión Europea tendrá que tomar decisiones importantes sobre su razón de ser que se relacionan con la redefinición de su territorio y la opción entre la unión política o la administración técnica.
La cuestión de fondo es tanto más importante cuanto que en la próxima legislatura la Unión Europea deberá tomar decisiones decisivas sobre su razón de ser. Tendrá que definir geográficamente su territorio y escoger entre la unión política o la administración técnica.
Los liberales quieren limitar la construcción de Europa a la de una gran zona de librecambio. Los euroescépticos quieren desmantelar lo ya construido. La izquierda radical rechaza la idea de Europa porque no es como quisiera que fuera y prefiere no tener ninguna. Por eso los socialistas tenemos un papel fundamental que jugar en los acontecimientos que están por venir, trabajando con ambición y realismo por una Europa política basada en los valores que sustentan el modelo social europeo y capaz de actuar como un agente global en todos los aspectos que afectan a la paz y la prosperidad mundial.
Ese y no otro es el reto que se plantea en las próximas elecciones europeas, que ayer se podía pensar que serían anodinas y sin interés y ahora se presentan, más que nunca, como la nueva frontera del combate del socialismo y una gran oportunidad para la pedagogía política.