Pero, hoy por hoy, ni siquiera es preciso recurrir a tales argumentos de fondo. Cuando se tiene un importante excedente de caja, por segundo año consecutivo, en unas magnitudes que se sitúan en un 1,8 del PIB, resultará difícil que los electores entiendan las razones de una racanería extrema ante cuestiones que la opinión pública valora como muy importantes; casi como imprescindibles en las sociedades actuales. Esto es lo que sucede cuando se manejan cifras que, aun en el año en el que eventualmente se producirán mayores costes (el cuarto) y aun sin considerar posibles fórmulas de cofinanciación inter-territorial y de copago parcial según renta, no llegarían ni a un tercio del superávit presupuestario alcanzado. Esta resultante sería tan paradójica como la de una familia en la que, disponiendo de recursos suficientes, el padre actuara con tal severidad administradora que no estuviera dispuesto a gastar el sobrante mensual en atender necesidades primarias de sus hijos. ¿Quién entendería tamaño desatino?; sobre todo cuando no se está hablando de gastos superfluos e innecesarios, sino de asuntos vitales que, si se enfocan y se gestionan bien, repercutirán positivamente en la productividad de la economía española, por la vía de asegurar más oportunidades laborales a las mujeres, al tiempo que generarían una actividad y un empleo estable (en las escuelas infantiles) de indudables efectos keynesianos dinamizadores.
En el estado actual de evolución de la economía y de la realidad social española es necesario impulsar una política de apoyo a la familia que garantice la universalización de la escolarización infantil y la ampliación del período de bajas maternales hasta los promedios europeos.