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Temas para el Debate 156 Temas para el Debate

Déficits educativos

por José Félix Tezanos
Temas para el Debate nº 156, Noviembre 2007

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El postulado clásico de "escuela y despensa", como reme dio a los males endémicos de España, puede ser evaluado desde el presente con un razonable optimismo en lo que al segundo aspecto se refiere y con algunos interrogantes en lo que hace al primer elemento.
Mientras que en España se han alcanzado los 30.000 dólares de renta per cápita , poniéndonos casi a la par de los países europeos más desarrollados, en la opinión pública empiezan a difundirse preocupaciones sobre el buen funcionamiento del sistema educativo y se manifiestan signos inquietantes de desánimo entre quienes se dedican a la educación, al tiempo que en el entramado productivo se hacen notar las carencias investigadoras.
No puede negarse, sin embargo, que en los últimos años se ha registrado un notable impulso en materia educativa. Durante la primera década de los Gobiernos de Felipe González, por ejemplo, se hizo un esfuerzo importante para completar la escolarización obligatoria y para dotar con suficiente dignidad a los centros educativos. Pero el ritmo inversor no se ha mantenido, e incluso se ha retrocedido en el porcentaje del PIB dedicado a educación, en un período en el que los países más avanzados están realizando importantes inversiones financieras en este campo. Así, entre 1995 y 2004 el gasto en educación en los países de la OCDE aumentó una media del 42%. Lo cual hace más preocupante el desfase de España.
Comparaciones internacionales
La publicación reciente del OCDE Factbook 2007 , el Panorama de la educación 2007 de la OCDE, y el Barómetro de la Educación proporcionan datos abundantes que permiten realizar una evaluación objetiva de los déficits educativos españoles.
Entre los 29 países de la OCDE, España se sitúa en el puesto número 26 en lo que se refiere a gasto educativo, con un 4,7% del PIB, sólo por delante de Turquía 3,7%), Irlanda (4,4%) y Grecia (4,2%).
Si tenemos en cuenta que la media de gasto educativo en los países de la OCDE es del 6,3% del PIB, entendemos la distancia que aún nos separa de los países avanzados, con el agravante de que en España estamos retrocediendo en este terreno, ya que en 1995 gastábamos el 5,3% del PIB, mientras que otros países atrasados como Turquía y Grecia han avanzado significativamente desde entonces (1,4 puntos Turquía y 1,2 puntos Grecia).
Los malos resultados que España obtiene en la escala científica de los Informes PISA, donde se ha retrocedido desde una puntuación de 3,0 en 2000 a 2,6 en 2003, revelan que no estamos ante cuestiones triviales o circunstanciales y que es preciso entender que si queremos mejorar en educación, en eficiencia social y en competitividad económica debemos gastar más y mejor en este campo.
Carencias educativas
Algunas de nuestras carencias educativas son palmarias y casi todo el mundo las conoce: no se ha generalizado todavía la educación preescolar, con los problemas que ello conlleva para la incorporación plena de la mujer al trabajo; las tasas de abandono son notables en educación secundaria y escandalosas en la universitaria, lo cual revela problemas de calidad y funcionalidad; tenemos uno de los niveles más altos de educación privada de Europa, que está teniendo un grave efecto de "dualización" social y educativa; la desmotivación y las bajas por depresión tienden a aumentar entre los profesores de secundaria, etc.
Por supuesto, también hay aspectos positivos para España en la comparación internacional, como el hecho de ser el país que, junto a Irlanda, proporciona "el nivel de acceso más equitativo" a la educación superior, en re lación al nivel de formación de los padres. Sin embargo, los aspectos de fondo de la comparativa internacional resultan especialmente desventajosos en el plano estratégico de la investigación y la educación superior. En investigación, pese a los esfuerzos que se están realizando, gastamos un porcentaje del PIB que se encuentra en la mitad de la media de la OCDE y a mayor distancia aún de los países punteros; deficiencias que todavía son más preocupantes cuando se contemplan a la luz de la persistencia de obsoletos, burocratizados e ineficientes procedimientos de gestión de la investigación, con mecanismos que oscurecen los recientes esfuerzos por aumentar los recursos y mejorar la estrategia en I+D. Incluso se dan casos verdaderamente hirientes, como el mismo hecho de que las importantes contribuciones económicas que España hace a los Programas Marco para el desarrollo científico y tecnológico de la Unión Europea producen retornos muy inferiores en lo que respecta a nuestra participación y a nuestras contribuciones en proyectos coordinados desde España, dándose así la paradoja final de que algunos de los insuficientes recursos que España dedica a investigación al final van a parar a grandes centros, laboratorios y universidades de otros países europeos más avanzados.
Por debajo de la media europea
En Educación Superior, los últimos datos de la OCDE consignan un gasto por estudiante en dólares constantes de 8.995 en España, en comparación con los 25.900 de Suiza, los 24.074 de Estados Unidos, los 19.992 de Canadá, los 15.079 de Suecia, etc.
Lo cual, amén de otras carencias, hace que los sueldos de los profesores universitarios en España, por ejemplo, estén por debajo de la media de la mayoría de los países europeos y en algunos casos a una notable distancia, lo que tiene poca justificación a partir del grado actual de convergencia de rentas de España con el promedio europeo. Lo mismo ocurre con los sueldos de los investigadores en centros públicos, aherrojados por criterios burocráticos y administrativos para sus retribuciones. Uno de los efectos de estos desfases es que la dedicación a la Universidad, o a la investigación, está dejando de ser una actividad atractiva para muchos estudiantes capacitados e inteligentes, que además se encuentran con legislaciones y sistemas de selección del profesorado que cambian cada pocos años y que en ocasiones resultan un tanto opacos y confusos. Y, en mi opinión, no siempre evolucionan hacia opciones mejores, más claras, más transparentes y eficientes. Todo lo cual puede acabar metiéndonos en un círculo de creciente mediocridad, sustituyendo el viejo modelo de "influencia" de las cátedras y de los maestros -con todos sus eventuales defectos - por un nuevo tipo de clientelismo de las burocracias y de los mediocres.
A partir de esta situación, no es de extrañar que algunos indicadores de calidad científica e investigadora no acaben de despegar científica e investigadora no acaben de despegar y que ninguna Universidad española se encuentre en los rankings de las cien o doscientas universidades más prestigiosas del mundo.
El peligro de la desmotivación
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