La democracia se ha ido desarrollando en un proceso de conquistas que han permitido avanzar desde el sufragio censitario limitado hasta el sufragio universal, con el reconocimiento progresivo del derecho de voto de trabajadores, mujeres y jóvenes, y desde los viejos partidos de notables hasta los grandes partidos y organizaciones democráticas de nuestro tiempo.
Desde una perspectiva histórica, la democracia ha sido un proceso de afirmación y conquista progresiva de derechos de ciudadanía que han abarcado progresivamente componentes jurídico-legales, políticos y también sociales, en conexión a la moderna idea de "ciudadanía social". Este carácter dinámico de la democracia ha requerido una permanente tensión intelectual y política orientada a conquistar y afianzar cada vez más espacios de libertad, participación y bienestar social. Así lo han venido entendiendo los sectores progresistas, con la vista puesta en nuevos horizontes en los que continuar perfeccionando los sistemas de representación política, en sociedades que cuentan con una población cada vez más formada, preparada y motivada para la implicación activa
Sin embargo, en contraste con estas apreciaciones y posibilidades, en nuestros días existe la sensación de que la participación ciudadana no sólo no tiende a aumentar, sino que incluso se detectan signos de desmotivación y de regresión en los índices de implicación en diferentes esferas de la vida política.
Los estudios de Putnam sobre la "crisis de capital social" han sido un jarro de agua fría para aquellos que, desde Tocqueville, pensaban que la democracia americana se sustentaba en una tupida red de asociaciones de base en las que participaban muchas personas. Los datos demuestran que esto ya no es así, mientras que en el Viejo Continente los grandes sindicatos y partidos de masas, que hasta hace poco se consideraban su haber más importante, pierden afiliados en proporciones notables y, sobre todo, pierden fuelle político y capacidad de iniciativa y de impulso reformista.
Los ciudadanos no están renegando de los ideales y los procedimientos democráticos, pero sí los están ejerciendo con menor entusiasmo e intensidad; y esto se nota especialmente en núcleos sociales de especial relevancia, como los jóvenes y aquellos trabajadores asentados que han mejorado sus condiciones de vida y bienestar. Al tiempo, los sectores que están engrosando las filas de los perdedores del nuevo orden económico, los precarios, los parados, los excluidos, los marginados, los secundarizados, los inmigrantes, etc., tienden también a auto-excluirse o a no participar activamente en las instituciones a través de los actuales cauces establecidos, aunque muchos jóvenes y personas afectadas por las nuevas derivas exclusógenas se manifiestan activos a través de nuevas plataformas y movimientos alternativos y de rechazo.
Las causas que explican el bajo tono de nuestra actual democracia y las tendencias, más o menos arraigadas u oscilantes -según los países- de retracción en los índices de participación son muy diversas y, en gran parte, se conectan con factores de fondo de nuestras sociedades en el actual ciclo de globalización sin equilibrios y sin fuerzas socio-políticas ni poderes transnacionales capaces de establecer los controles razonables que son necesarios. Esta situación está dando lugar a que los grandes poderes económicos y comunicacionales sean capaces de imponer sus intereses y sus agendas a la opinión pública y a la política real. Por ello, amplios sectores de las elites políticas han acabado "rindiéndose" al "realismo" que imponen las nuevas circunstancias, al tiempo que entre muchos ciudadanos cunde la impresión de que es bastante poco lo que pueden contribuir a decidir con sus votos y con su participación.
Aunque estas apreciaciones fatalistas y resignadas no tienen en cuenta que existen márgenes importantes de decisión política y que es mucho lo que se puede, y se debe, hacer en el plano trasnacional para buscar nuevos equilibrios y desarrollos políticos compensadores, fren te a enfoques y realidades que cada día se están mostrando como más desastrosos para el futuro de la vida en este Planeta, lo cierto es que múltiples hechos y datos de encuestas y de procesos electorales muestran signos de una deriva política regresiva, que sólo los líderes más conformistas y los intelectuales más cómodos se niegan a reconocer.
¿Qué habría que hacer desde la izquierda ante esta situación? En primer lugar, reconocer los hechos como son, sin exageraciones ni distorsiones que puedan contribuir a acentuar la sensación de impotencia y de futilidad de la participación, pero también sin ocultamientos desenfocadores que, al final, pudieran acabar presentando como la cosa más natural y lógica del mundo que más de un tercio de la población -o en torno a la mitad en algunos países y lugares- no participe en los procesos electorales y que una inmensa mayoría no se acerque ni por asomo a las sedes o locales de partidos y sindicatos.
La izquierda tiene que hacer un esfuerzo serio por sacar a muchos ciudadanos del estado de perplejidad y de resignación pasiva en que se encuentran, empezando por mirarse en sus propios espejos. En la izquierda hay que entender que algunas estructuras organizativas han quedado viejas y desfasadas y que las sociedades de nuestros días y las nuevas características de una ciudadanía más exigente y preparada requieren superar las derivas de enclaustramiento y de oligarquización que vienen afectando a las organizaciones de la izquierda desde hace tiempo. Los partidos y organizaciones de izquierda deben superar sus déficits democráticos y entender que hay que mantener activadas vías de participación y de implicación en los períodos que median entre los procesos electorales, desarrollando iniciativas creíbles de acercamiento cotidiano con los ciudadanos.
La derecha no necesita de tales exigencias de participación. Puede ganar elecciones sin ellas, contando con la connivencia de unos medios de comunicación que, por lo general, no están intentando incentivar la participación, sino todo lo contrario, abusando con frecuencia de la amplificación de lo más negativo que tienen los partidos y sus líderes.