En los pocos años transcurridos desde la caída de los sistemas
comunistas, los cambios socioeconómicos y políticos han sido
múltiples e intensos, pero las expectativas de crecimiento económico,
libertad, paz y equidad social que siguieron al colapso del comunismo han
dado paso a nuevos problemas sociales y, en muchos países, a una
intensa pobreza y múltiples conflictos bélicos, generando
un clima internacional más inseguro e incierto.
Estos problemas se producen en un contexto, el de la globalización,
que no es un mero proceso de expansión cíclica capitalista,
sino que constituye un fenómeno que presenta características
nuevas: junto a la liberación de capitales y del comercio, involucra
grandes cambios tecnológicos y una apertura hacia las sociedades
civiles con intercambios profundos entre las diferentes sociedades y los
valores que representan.
Al hilo de este proceso se han generado múltiples iniciativas
y movimientos, que tras la etiqueta de la "antiglobalización"
esconden características de una gran diversidad política
e ideológica y una profunda heterogeneidad social y de intereses.
Estas organizaciones, muy divididas y atomizadas, están sometidas
a procesos complejos y a veces contradictorios que les hacen muy difícil
elaborar una alternativa política coherente y eficaz.
Se plantea así de nuevo a todas las fuerzas socialistas y progresistas,
como antaño al movimiento obrero, la cuestión -de gran trascendencia
y de debate recurrente- de las formas de organización y acción
colectivas. Debe tenerse presente en relación a esta cuestión
que el poder del capital, en sus diversas manifestaciones, existe sin necesidad
de organizarse como agente colectivo, y además siempre ha estado
mucho más unido y se organiza con suma facilidad para maximizar beneficios,
aparte que sus intereses son menos ambiguos, o susceptibles de ser mal
interpretados. El movimiento antoglobalización, de la misma forma
que el movimiento obrero tradicional, como en su momento señaló
C. OFFE, tiene un costo de acción colectiva mayor, en comparación
con el capital, y el establecimiento de la identidad colectiva es esencial
para disminuir los costos de organización. Las estructuras organizativas
serán más eficaces cuanto más fluida y directa sea
la comunicación entre los miembros de las organizaciones, facilitada
en esta época por los nuevos medios y tecnologías de la comunicación;
la información llevará a comportamientos menos egoístas
e insolidarios. Por ello, para que el movimiento antiglobalización
sea viable es preciso desarrollar formas de organización alternativas,
que no solo implique la suma de recursos individuales de los miembros de
las asociaciones para cubrir los intereses comunes sino también
la definición de una identidad colectiva; frente a un "egoísmo
global" hay que anteponer una "cooperación global".
En esta tarea, los partidos socialistas, y en especial la Internacional
Socialista (IS) pueden realizar aportaciones de gran importancia. La estrategia
de los partidos de izquierda y de centro izquierda, -y de sus organizaciones
internacionales de todo tipo, como la IS- para estar en condiciones de responder
a las expectativas políticas de la sociedad, debería situarse
en un terreno intermedio entre las dos posiciones extremas en relación
al hecho de la globalización; por un lado, la ultraliberal dictada
por las empresas transnacionales, y, por otro, la posición de rechazo
frontal de la propia idea de la globalización. Entendemos que esta
última constituye un error semejante al que cometieron algunos grupos
en los comienzos del movimiento obrero al luchar contra la industrialización.
Una de las tareas fundamentales para los partidos socialistas y para
la IS es definir lo que debe ser un nuevo internacionalismo, que contenga
una alternativa progresista para todo el mundo y rompa la confrontación
intercultural, con un pensamiento global pluralista, integrador y libre
que impida el "choque de culturas". Este nuevo internacionalismo
tiene que asumir que todavía hay grandes posibilidades de acción
política en el ámbito del Estado-Nación; los gobiernos
tienen todavía amplias posibilidades para definir la agenda política
y no todo está inexorablemente determinado por las leyes de la economía
y los mercados globalizados. Esto naturalmente no es incompatible con la
necesidad de promover una gobernabilidad internacional en el ámbito
económico y político y con la urgente modificación
de las relaciones y del derecho internacional, incluido el penal. Asimismo
es conveniente impulsar los procesos de integración regional, como
el de la Unión Europea, que pueden constituir contrapesos políticos
democráticos ante los fenómenos de la expansión descontrolada
de los mercados financieros, la reducción excesiva del sector público
y la aplicación de un monetarismo extremo.
La IS debería adaptar su organización, funcionamiento y
actividades a las instituciones internacionales más importantes (ONU,
UE, OEA, OUA, ASEAN, Mercosur, etc.) y tratar de influir en su agenda política,
como sucede ya con el Partido de los Socialistas Europeos.
La IS tendría que articular además una estrategia de debate,
información y comunicación, hacia dentro y hacia fuera de
la organización, que permitiera una relación más directa
y eficaz con sus miembros y más fluida con la sociedad y todos los
movimientos progresistas, mejorando la imagen de la organización
y haciéndola más presente en los medios de comunicación.
Este proceso debe conllevar una mayor capacidad de análisis, de
iniciativa política y de acción de la IS. Las implicaciones
de este planteamiento son numerosas, entre ellas está la nueva relación
que se deberá establecer entre las resoluciones políticas
de la IS y las estrategias de los partidos nacionales. Es éste un
cambio que exigirá esfuerzos importantes pero que mostrará
la voluntad de la IS de transformar este aspecto de la política,
y para los partidos nacionales la capacidad de diseñar programas
con una dimensión internacionalista clara y definida.
La IS, aparte de continuar con sus tareas de promover los valores, la
ideología y las políticas socialistas que refuerce la
articulación de una alternativa ideológica al llamado "pensamiento
único" ultraliberal-, y apoyar la expansión y el crecimiento
de los partidos socialistas como ha ocurrido en los últimos
años en los que la IS ha conseguido un fuerte crecimiento cuantitativo-,
deberá hacer un esfuerzo de adaptación y establecer nuevas
funciones y objetivos, que recojan las demandas de nuevas formas organizativas
y nuevos mecanismos sobre quién toma las decisiones y cómo
se toman, en términos mucho más flexibles y operativos que
los actuales. Por otro lado, el crecimiento cuantitativo, en lo que se
refiere al número de partidos, es en principio positivo, pero no
es suficiente y debe ir acompañado necesariamente de la aplicación
de criterios selectivos. Esto debe suponer más transparencia, más
coherencia y normas y criterios más claros en la selección
de los nuevos miembros y en la separación, en su caso-.