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Temas para el Debate 145 Temas para el Debate

Calidad del trabajo y calidad de vida: hacia una ciudadanía compleja

por Luis Enrique Alonso
Temas para el Debate nº 145, Diciembre 2006

Número de páginas: 2
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En este proceso, el diálogo entre un sindicalismo -y un movimiento obrero- cada vez más atento a los nuevos modelos de trabajador disperso y difuso y los nuevos movimientos sociales sensibilizados en las identidades de los sujetos frágiles no laborales es fundamental para encontrar nuevos espacios de comunicación y movilización, concretos y reales. La línea entre el trabajo formal e informal se ha difuminado considerablemente, y con ello la diferencia entre nuevos y viejos movimientos sociales ha sufrido una considerable rearticulación. El trabajo y la relación salarial, por sí mismos, parecen cada día más limitados como elemento de generación de identidad homogénea y autónoma, puesto que dicho elemento está cada vez más desarticulado socialmente, y presenta situaciones que hacen muy difícil la propia solidaridad mecánica que surge por homogeneidad de horizontes vitales comunes. Sin embargo, la defensa de lo público y de una nueva ciudadanía social compleja , basada en los derechos de bienestar, parece un elemento básico y sustancial para el reforzamiento de una solidaridad institucional general. De esta manera, nos encontramos que, frente a cualquier determinismo tecnológico o económico, hay muchos capitalismos concretos y muchas modernidades posibles, y se deben plantear en mutua relación con diseños políticos de mayor enriquecimiento cívico. Por ello, es urgente elaborar un marco analítico para la nueva cuestión social del mundo postfordista que tenga en cuenta la realidad no sólo ya multiétnica y multicultural, sino de multiplicidad radical de situaciones laborales de marcado carácter transnacional. Se trata de buscar no tanto la reproducción de una sociedad laboral fordista degradada, sino la construcción de una sociedad política que le dé al trabajo un nuevo sentido y lo encaje en un sistema de cuestiones sociales cada vez más complejas e interdependientes. Frente a las pretensiones del multiculturalismo más relativista y del postmodernismo (que enfatizaban la diferencia, la separación irreconciliable de situaciones sociales y el juego de las identidades), la nueva cuestión social sólo puede fundarse en la idea de un fuerte interculturalismo y una transmodernidad que busque la construcción consciente de identidades activas a partir tanto de diferencias concretas como de la capacidad de concertar vínculos sobre prácticas de actores concretos. Así, la desarticulación de la vieja sociedad laboral fordista y la construcción de una nueva cuestión social multidimensional conforman un binomio que se puede plantear racionalmente. El modelo alternativo a la sociedad laboral no es sólo el tiempo libre, ni tampoco la sociedad de las actividades plurales (trabajo en casa, trabajo con la familia, voluntariado tradicional, etc.), pues estas actividades son deudoras del imperialismo del modelo salarial convencional. Para salir del círculo vicioso y estrecho de la sociedad laboral hay que apostar por una nueva sociedad política, que encarne, para nuestro entorno, la idea de nuevos derechos sociales y de una sociedad civil transnacional, democratizando, enriqueciendo y revitalizando de esta manera las formas aceptadas y legitimadas de inclusión en lo social.
La dimensión cultural es fundamental en la formación y desarrollo de esta nueva ciudadanía compleja, que se produce como resultado de múltiples cuestiones sociales y que se enmarca en este entorno postfordista. Pero frente a la idea de una cultura cívica y/o política en el sentido funcionalista y aconflictivo del término -en cuanto que se refiere a valores genéricos y armoniosos compartidos por la comunidad, creadores de normalidad social y socializadores de los individuos de una manera homogénea y exitosa-, debemos considerar la cultura como un campo de fuerzas en conflicto y de prácticas significativas cuya dinámica se desarrolla de manera paralela a los conflictos entre grupos, actores y clases sociales. De tal manera, existen culturas y subculturas en conflicto, culturas dominantes y culturas dominadas, culturas de protesta, resistencia y acción, y el mito de una cultura cívica unificada y perfectamente legitimadora de un orden político de participación y elección individualizada. Los nuevos movimientos sociales han venido a oponer las culturas políticas de los sujetos -como formas concretas y contextuales de dar sentido a lo social, y de simbolización de modos de vida no convencionales - a la pretensión de una cultura política sin sujeto. La modernidad, por lo tanto, no sólo produce una lógica de la dominación o de la reproducción controlada de los individuos por los aparatos de poder económico, político o mediático, sino también una lógica de la libertad, que ha permitido la autoproducción de los sujetos o, si se quiere, la capacidad de los actores y colectivos sociales de generar prácticas reflexivas, de acción crítica, de otorgarse imagen a sí mismos y, en suma, de generar visiones de lo social que, por ser precisamente subjetivas, los convierten en sujetos. Mientras existan sujetos sociales, existirán, formándose y transformándose, permanente y reflexivamente, nuevos movimientos sociales.
La defensa de lo público y de una nueva ciudadanía social compleja, basada en derechos de bienestar, constituyen elementos básicos para frenar el deterioro actual del mundo laboral.
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