A raíz de las declaraciones adoptadas por los Ministros europeos de Educación en La Sorbona (1998) y en Bolonia (1999), las universidades europeas están inmersas en el gran reto de la construcción de un Espacio Europeo de Educación Superior, que culminará con la plena integración de los sistemas universitarios europeos en 2010. Las universidades españolas, aprobada su adhesión a la Carta Magna de las Universidades Europeas, tienen ante sí la tarea de transformar ese reto de la convergencia europea en una gran oportunidad para realizar los cambios necesarios en nuestro sistema universitario y de investigación para que éste se convierta en una "referencia de calidad mundial" y adecue la formación que imparte y la investigación que desarrolla a las necesidades reales de nuestra sociedad . De esa forma, se generarán los recursos intangibles de capital humano y tecnológico que resultan vitales para implantar y difundir la sociedad del conocimiento e incrementar así la productividad.
Lograr una verdadera convergencia en Europa requiere, en primer término, cumplir determinados objetivos operativos y académicos, entre los cuales destaca la adopción de una estructura de estudios comparable en los distintos países europeos, basada en la existencia de dos ciclos: estudios de grado, conducentes a una enseñanza profesional y de postgrado (master -enseñanza profesional especializada- y doctorado -dirigido a formar investigadores-). Así como también el establecimiento de medidas de duración de los estudios semejantes (sistema europeo de transferencia de créditos o European Credit Transfer System - ECTS - que mide las horas de aprendizaje que un alumno medio debe dedicar para superar los objetivos del programa educativo); la implantación de currículos académicos flexibles y con un grado de optatividad elevado (reflejado en el suplemento al título); la adopción de índices comunes de calidad para la acreditación de las titulaciones; la homologación automática de títulos, certificados y diplomas que facilite la entrada y salida en el sistema universitario europeo, así como la movilidad dentro del mismo; el impulso de los títulos conjuntos entre distintos países europeos; y la apuesta por la formación continua a lo largo de toda la vida ( long life learning ).
Para lograr esa construcción del Espacio Europeo de Educación Superior, es necesario asimismo e stablecer unos procesos transparentes y objetivos de certificación y acreditación de las titulaciones oficiales, siguiendo los estándares que aplican las Agencias de Acreditación en los distintos países europeos; desarrollando para ello criterios comunes que deben aplicarse en toda Europa. Cuestiones fundamentales para garantizar la mejora continua de la calidad del sistema universitario como un todo, aunando docencia universitaria e investigación, y proyectando ésta hacia el desarrollo social y la competitividad de la economía española en su conjunto.
Pero además, para que esa convergencia con Europa sea efectiva, la Universidad española precisa, sobre todo, un cambio de mentalidad del profesorado y los estudiantes, que posibilite la implantación de nuevas metodologías y sistemas de evaluación. Que sean acordes con el modelo de enseñanza basado en el aprendizaje de los estudiantes, y que hagan de éstos el centro del proceso educativo, y los formen en las competencias y habilidades que demanda el mercado de trabajo. Todo ello para lograr un sistema universitario europeo atractivo que sea capaz de incorporar a los mejores estudiantes y competir con los sistemas universitarios de terceros países.
A su vez, las nuevas metodologías de enseñanza y evaluación centradas en el aprendizaje de los estudiantes, la inclusión de las tecnologías de la información y comunicaciones (TIC) en las aulas y en los laboratorios docentes y la "virtualización" de la docencia universitaria, además de una adecuada inversión en infraestructuras, requieren la puesta en marcha de planes de formación pertinente del profesorado. Junto con el establecimiento de sistemas de incentivos para los profesores, que potencien la innovación docente, aumenten la interactividad entre profesores y alumnos en los procesos de aprendizaje, estimulen el trabajo en colaboración entre los profesores, y su carácter interdisciplinario, e incentiven el uso de las nuevas tecnologías educativas.
Bien es cierto que todos estos nuevos retos requieren de la participación y aquiescencia de los principales agentes del sistema universitario en el proceso de Bolonia: profesores, estudiantes y personal de administración de servicios. Así como un diálogo permanente y la búsqueda del más amplio consenso entre todos los agentes implicados, comunidad universitaria, Comunidades Autónomas, agentes sociales, asociaciones profesionales, y la sociedad en general.
La sociedad actual es cada vez más dinámica, compleja, interrelacionada y global, se asienta progresivamente en la generación y gestión del conocimiento y se caracteriza por una mayor movilidad en el mercado laboral. Todo ello demanda ese cambio en el modelo de educación y una Universidad que potencie el desarrollo de competencias y habilidades, que proporcione formación continua y que estimule el trabajo en red. En definitiva, una Universidad de calidad, dinámica, imbricada en la sociedad y adaptativa ante los cambios, que sea capaz de ofrecer educación superior en todo lugar (geográfica y virtual), en todo tiempo (aprendizaje para toda la vida) y para todos los que demuestren capacidad (acceso masivo), propiciando la inclusión social y la equidad en, y desde, el sistema universitario. Y para cumplir estos retos, la Universidad debe contar con un modelo de financiación estable, basado en parámetros objetivos y consensuados, que garantice los recursos necesarios para abordar sus nuevas funciones, y que elimine así la incertidumbre a la que en la actualidad están sometidas algunas Universidades. Sin olvidar que, junto a la suficiencia y la estabilidad de los recursos para las Universidades, la eficacia y eficiencia del gasto público en educación y la equidad para garantizar en condiciones de igualdad el derecho a la educación superior, deben constituir los principios básicos para la elaboración del modelo de financiación de la Universidad pública.
La convergencia europea exige además que trascendamos de lo meramente académico y veamos la función de la Universidad como formadora de titulados para un espacio laboral unificado, en el que se haga efectiva la libre circulación de profesionales y el libre ejercicio profesional. Y que debe orientarse hacia el cumplimiento del objetivo fijado en el Consejo Europeo de Lisboa y la Declaración de Barcelona: convertir a la economía europea en la más competitiva y dinámica del mundo basada en el conocimiento, capaz de sustentar el crecimiento económico y de crear un mayor número de puestos de trabajo de mejor calidad y una mayor cohesión social . Y ello pasa por la condición necesaria de que los sistemas educativos europeos se conviertan en una "referencia de calidad mundial", pero también porque esa calidad de las universidades mejore efectivamente la competitividad de la economía europea.