Es posible que China se encuentre con problemas complejos en su camino, entre otras cosas porque su experiencia política es compleja y se trata de un país grande y complejo, pero los occidentales no debemos contemplar la experiencia china desde el recelo o desde la suficiencia cultural y social de quienes se sienten imbuidos de grandes certezas para dar consejos, que bien pudiéramos tomar para nosotros mismos. El principal recelo que los países ricos occidentales debemos superar es el que se relaciona con el derecho de los chinos y otros pueblos a crecer económicamente y a mejorar sus niveles de vida y de bienestar social. Las diferencias económicas y de consumo entre el mundo rico y los países poco desarrollados son enormes e insostenibles política y moralmente. Por ello, hay que comprender y apoyar el esfuerzo chino por crecer económicamente y por equilibrar su situación en un tiempo razonable. En este proceso China tendrá que encontrar sus equilibrios políticos y sociales, como los encontramos los pueblos occidentales. Y, sin duda, tendrá que conjugar peligros y problemas internos y externos. Posiblemente la principal incertidumbre externa es que su experiencia sea mal comprendida desde las coordenadas del hiperconsumismo egoísta del mundo rico, con el riesgo de verse aislada, o confrontada con la potencia dominante, o coartada y limitada en su capacidad exportadora. Por eso China debe aprender de las experiencias de Japón y los tigres asiáticos y ajustar su modelo de crecimiento y exportación a unos parámetros que sean asimilables por la economía mundial, al tiempo que evoluciona en el orden interno para evitar que su modelo de crecimiento descanse exclusivamente en los bajos costes laborales. Potenciar el bienestar social, mejorar la capacidad adquisitiva de sus trabajadores, invertir en investigación y tecnología, apoyar al mundo rural, fomentar el Turismo, son posiblemente algunas de las vías en torno a las que podrán lograrse mayores equilibrios internos y más asumibles ajustes internacionales.
En definitiva, el dilema de la evolución de China es cómo armonizar su crecimiento económico (al ritmo necesario para acortar las distancias y desigualdades con el mundo rico), con el impulso del bienestar social y la estabilidad e institucionalización política necesaria, en una sociedad compleja que se está transformando y modernizando a un ritmo extraordinario y en la que, lógicamente, están apareciendo, y van a aparecer, tensiones y conflictos de nueva naturaleza, como ocurrió también en nuestras sociedades occidentales.
Ante este horizonte, los europeos en general, y las izquierdas europeas en particular, debemos contribuir a que la posición occidental no sea ni la de ponerse a dar lecciones desde la suficiencia cultural, ni la de levantar barreras o suscitar recelos, sino que debemos apostar por abrir vías de colaboración y apoyo para avanzar pacíficamente hacia un orden mundial multilateral más equilibrado y armonizado en lo económico y lo social, en donde China pueda jugar el papel político y cultural que le corresponde.