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Temas para el Debate 183 Temas para el Debate

Terremoto en Haití: ¿mala suerte o injusticia crónica?

por Pilar Estébanez y José Manuel Díaz Olalla (Médicos Cooperantes)
Temas para el Debate nº 183, Febrero 2010

Número de páginas: 2
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Por todo ello, hasta el día del desastre más del 60% de los alimentos que consumen los haitianos se importaba, haciendo a este país completamente dependiente del mercado internacional. La colaboración necesaria y cómplice con este saqueo permanente de una élite clientelar y corrupta, que atesora riquezas inmensas mientras la mayor parte de la población vive en la miseria, está también en la base del subdesarrollo y la pobreza secular de Haití. Nunca dudaron en apoyar regimenes tiránicos si eran propicios a sus intereses, como en el caso de los Duvalier, o en sustituir por la fuerza líderes electos cuando les vino en gana o dejaron de servirles.
Mala suerte es, sin embargo, que el mundo se vuelque en Haití sólo cuando acontece una calamidad aguda como esta y se olvide de ese país el resto del tiempo, es decir siempre, cuando la desgracia crónica se cierne, constante, sobre la vida de la gente. Esta manera de comprender el mundo a golpe de imágenes descarnadas en los telediarios es otra gran injusticia que se comete con los países en desarrollo a los que se ignora cotidianamente en su precaria realidad. El mundo opulento y sus poderosas empresas multinacionales de comunicación quedan retratados así en su insensibilidad y en sus auténticos intereses.
Porque la verdad es que un día antes de este desastre la situación de millones de personas era, allí, también crítica y desesperada. Nada comparable con el terrible sufrimiento de quienes murieron o lo perdieron todo por el terremoto, lo poco que tuvieran, especialmente si fueron sus seres queridos, pero su necesidad extrema o la inseguridad en la que vivían era invisible a los ojos del mundo. La Ayuda Humanitaria, ahora y por algún tiempo, llega y fluye y es importante plantearla en sus justos términos. Primero, como un derecho de la población haitiana, tan castigada por la historia y por las desiguales relaciones internacionales, tanto económicas, como políticas y de poder. Después se hace necesario solicitar a países, entidades multilaterales y donantes particulares que sean serios y rigurosos y que la ayuda que ahora prometen, acabe llegando finalmente y no se quede en agua de borrajas. Experiencias recientes, como la prometida ayuda a la población afectada por el huracán Mitch en Centroamérica en 1998, en la que se depositó una gran esperanza de progreso y desarrollo sostenible para esa región, no permiten ser muy optimistas, ya que llegó en cantidad muy mermada sobre lo ofrecido y lo invertido no tuvo el impacto esperado. Por eso es de vital importancia que ese esfuerzo internacional produzca el mayor efecto posible en quienes lo necesitan, por lo que debe llegar con nitidez y suficiencia a quienes tienen más problemas.
Se debe insistir a todos los actores que intervienen en la ayuda que es preciso, además, tener una visión a medio plazo, porque las necesidades de la población serán cuantiosas y duraderas. En ocasiones el impulso de intervención masiva en los primeros momentos tras el desastre convierte la ayuda en poco eficaz y desborda, en general, las propias capacidades locales y foráneas de gestionarla adecuadamente.
Por último se hace necesario afrontar el proceso de reconstrucción con cierta visión de futuro, mejorando en lo posible la prevención de desastres venideros en un territorio tan castigado, invirtiendo los recursos precisos, por ejemplo, en construcción de viviendas sólidas con sistemas anti-sísmicos y bien preparadas para soportar los frecuentes ciclones o formando a la gente en medidas útiles para afrontar riesgos futuros.
Si en este contexto de buenas intenciones se pusieran en marcha auténticas políticas de reducción de la pobreza, impulsadas por la propia ayuda internacional y se garantizase una decidida lucha contra la corrupción, el beneficio para la población y su capacidad para soportar el próximo ataque de la naturaleza serían mucho mayores.
Y si con este impulso se creara allí el Estado, que en este momento no existe, la dicha y, ¿por qué no?, también la buena suerte empezarían a sonreír a los haitianos.
Más de la mitad de la población de Haití sobrevive con menos de un dólar al día, convirtiendo la pobreza en un factor de vulnerabilidad que acrecienta enormemente el poder devastador de una catástrofe natural como el terremoto sufrido.
 
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