Hay que profundizar en el análisis de los factores de desgaste específico que dan lugar a que en estos momentos el PSOE tienda a perder más apoyos electorales potenciales que el PP.
Algunas personas están sorprendidas por el curso de las tendencias electorales en España, sobre todo en relación a muchas de las cosas que se están viendo en la arena política.
Hay quienes no pueden entender cómo es posible que el PP mantenga ventaja sobre el PSOE en las encuestas a pesar de todo lo que les está cayendo encima. No se trata solamente de escándalos como el caso Gürtel, cuyas ramificaciones están aún por ver, o de otros focos de corrupción que no por menos llamativos dejan de ser menos preocupantes y erosivos, sino que además está un problema político muy serio que tiene una doble vertiente: por un lado, la forma en la que algunos líderes han reaccionado ante la persecución legal de tales corrupciones (negándolo todo, acusando a los acusadores, poniendo en cuestión a jueces y policías, etc.) y, por otro lado, está el barullo político en el que ha estado metido Rajoy y buena parte de la cúpula directiva del PP, con reacciones encontradas, negativas a comparecer públicamente, enconamientos con los periodistas, confusiones orquestadas, zancadillas internas y cuestionamientos permanentes del liderazgo de Rajoy, en los que destaca la señora Aguirre como la más conspicua generadora de problemas internos, a veces debido a pretensiones de control que la opinión pública percibe como un tanto sospechosas, especialmente en su obsesión machacona por tener bajo su control directo a una institución financiera tan importante como Caja Madrid (¿para qué quería Aguirre tal grado de control?).
En este panorama y ante la sensación de lío interno que se transmite desde el PP, la estrategia de comunicación de Rajoy podría parecer en principio un poco pueril e inapropiada. Es decir, reaccionar mediante una crítica absoluta y sin matices a la labor del actual Gobierno, y atribuirle todas las responsabilidades en lo mal que está la economía (¿también la internacional?), podría ser un salto en el vacío que no condujera a ninguna parte, y un remedo del viejo chiste italiano que ridiculizaba la actitud desmedidamente crítica de un ciudadano que, cuando empezaba a llover, clamaba indignado: "¡Piove! ¡Porco governo!".
En este caso tal crítica desmedida se acompaña de la retahíla de que el Gobierno no está haciendo nada útil y que sólo tiene ocurrencias. Lo cual viene acompañado de una ausencia de propuestas alternativas formuladas con un grado suficiente de especificidad como para poder propiciar debates político-parlamentarios de una cierta entidad y concreción. De ahí que el debate político tiende a quedar reducido a una pugna de descalificaciones cruzadas.
Con tales mimbres, en principio resulta difícil pronosticar un éxito a la estrategia de Rajoy. Y, sin embargo, los datos de las encuestas parecen indicar que el PP está sacando ciertos réditos políticos, en una forma que a veces deja desorientados a algunos líderes del PSOE, que no saben si reaccionar subiendo el diapasón de sus respuestas y críticas cruzadas, si limitarse a elevar el tono de su voz y el número de sus intervenciones (para que se les escuche más o mejor) o si rasgarse las vestiduras mientras formulan reproches y juicios morales sobre la insensibilidad ética de aquellos electores a los que parece que no les importan los comportamientos corruptos mientras sean los de "sus" corruptos.
Aunque entiendo la perplejidad -y hasta el escándalo- de algunos, lo cierto es que en casos como estos se impone la frialdad en los análisis. La reacción nunca puede ser la anatemización moral de los votantes. El recurso a latiguillos como "no tenemos solución", "España es así", "los votantes de derechas aplauden y admiran a los corruptos" y similares son respuestas de claudicación y resignación, por más que se envuelvan en el manto de la superioridad moral.
Creo que yerran los que sostienen que la opinión pública española es insensible a la corrupción. Otras experiencias muestran que sí es sensible, aunque a veces lo sea de manera más lenta y distanciada de lo que a algunos les gustaría. De hecho, los datos de las encuestas muestran que algunas de las personas que votaron al PP en las últimas elecciones generales ahora no piensan apoyar a dicho partido. Pero otra cosa distinta es que tengan intención de votar por otro partido. ¿Por qué? Sencillamente porque no les convence tampoco.
Por eso, los que se escandalizan ante panoramas preelectorales como los que se están dibujando deberían empezar por tener en cuenta que los electores generalmente no hacen con su voto una opción ética. Unos votan por interés (con "la cartera", como dicen algunos), otros por convicciones sociales o políticas (con "el corazón"), otros se mueven por cálculos ("con el cerebro", en función de criterios de oportunidad, utilidad, balances negativos, etc.), otros lo hacen por impresiones y efectos de imagen ("con los ojos" o con "los oídos", por las formas, los ademanes, los talantes, las simpatías...). De ahí que en las sociedades actuales no sea fácil efectuar pronósticos pre-electorales suficientemente precisos; entre otras cosas debido al extraordinario dinamismo de los acontecimientos sociales y políticos, que hacen que tan pronto un partido se vea beneficiado o castigado por algunas circunstancias, como se oscila hacia nuevos hechos que benefician o castigan a otro partido ("efecto balancín").
En consecuencia, la actual ventaja pre-electoral relativa del PP no debe verse como un fiasco moral del electorado español, sino como resultado de la incidencia de diversos factores de desgaste que en estos momentos están afectando al PSOE y al PP de manera diferente. Es decir, los datos parecen indicar que ambos partidos están sufriendo desgastes, pero el PSOE los está sufriendo en mayor grado.
Por lo tanto, desde las filas del PSOE debería atenderse prioritariamente a los factores de desgaste que afectan a su propio electorado. Factores que deben ser de alguna entidad, en la medida en que no se está compensando, comparativamente, los efectos de corrupción, barullo e inconcreción que atañen al PP.
Una vez situados en el realismo práctico, hay que ser conscientes, en cualquier caso, que determinados factores de desgaste que están erosionando al PSOE no son de fácil reversión. Por ejemplo, la crisis actual pasará una factura mayor a los partidos que están gobernando, sobre todo si los partidos de oposición no tienen reparos en aprovecharse de la situación -incluso de manera demagógica y poco responsable- intentando sacar punta a todo.
Sin embargo, hay muchos aspectos en los que el PSOE puede mejorar su imagen, rectificando errores (o apariencias de errores), obteniendo ventajas comparativas y potenciando criterios de "consenso", "rigor", "responsabilidad", de buena "interlocución internacional", de "sensibilidad social" y hasta los famosos "talantes", practicando una "firmeza sin dureza", sin olvidar las buenas maneras.