¿Un hombre de partido?
Creo que Ruiz-Giménez nunca fue propiamente un "hombre" de partido. Por eso me parece que se equivocaron los que en su día pretendieron -legítimamente, por supuesto- que liderara una formación política demócrata-cristiana. Aunque era una persona muy imbuída de un catolicismo comprometido, y fue uno de los pocos seglares que participó en el Concilio Vaticano II, siempre tuve la impresión de que Ruiz-Giménez no veía claro ni el encaje ni la oportunidad de un partido demócratacristiano clásico en la España moderna y secularizada que se podía adivinar para después del franquismo. Su catolicismo estaba fuertemente impregnado de un sentido social, que suscitaba no pocos recelos entre determinados círculos demócratacristianos y empresariales, que en no pocas ocasiones le acusaron de ser demasiado proclive a los sindicalistas, los socialistas y especialmente -decían- a los filocomunistas.
Con esos mimbres y características y un talante personal que le inclinaba a practicar un tipo de liderazgo más propio de un maestro que de un líder político con ambición de poder, al final la aventura del Equipo Español de la Democracia Cristiana (menudo nombrecito, por cierto) acabó en un fiasco electoral. Lo cual no es algo de lo que nadie deba alegrarse, ya que la eventual existencia en España de un partido demócrata- cristiano auténticamente de centro y de orientación social hubiera sido a medio plazo un factor importante de alivio para muchas tensiones y riesgos de bipolarización, al tiempo que un refuerzo para los que entienden la necesidad de potenciar las políticas sociales.
Pero en democracia las cosas son como las deciden los electores y de poco vale hacer cavilaciones a posteriori. Personalmente, sólo me cabe apuntar mi impresión de que aquel paso de decantación demócrata-cristiana no fue fácil para Ruiz- Giménez y que si lo dio fue por su sentido de compromiso y solidaridad y debido a las presiones a que fue sometido por personas próximas y queridas. Pero su corazón me parece que estaba en otra parte y que no tenía mucha confianza en el futuro de aquella iniciativa, que por otra parte introdujo una cierta fractura interna en Cuadernos que, como proyecto editorial, al final acabó siendo liderado más netamente por Pedro Altares y Gregorio Peces-Barba, decantados por el PSOE, publicándose, paradójicamente, en el proceso electoral de 1977 una portada con la foto de Felipe González y no de Ruiz-Giménez.
No sé si es correcto afirmar que la democracia española no se portó bien con Ruiz-Giménez, pero sí resulta obvio que la sociedad española como tal ha sido un tanto tacaña a la hora de reconocer sus méritos y su papel. Así, después de que el primer Gobierno de Felipe González le recuperara para la vida política como Defensor del Pueblo -un puesto que le iba a las mil maravillas-, Ruiz-Giménez acabó desapareciendo prácticamente de la vida política, sin que tal "olvido" fuera acompañado de ningún mal gesto por su parte, ya que Don Joaquín era, precisamente, de esas personas que no saben "hacerse valer a sí mismos", ni están en política para valerse de ella, sino que entienden la política como un servicio público altruista, con toda la generosidad posible -incluso con la generosidad suficiente como para dedicar parte de su patrimonio personal a poner en marcha iniciativas como Cuadernos para el Diálogo-. Desde ese punto de vista, y desde una concepción de la política como servicio y como diálogo y contraste de ideas, puede sostenerse que la trayectoria política de Ruiz-Giménez no fue un fracaso, sino todo lo contrario. Es posible que bajo otras condiciones políticas, o coyunturas, su papel histórico en la transición democrática hubiera podido ser otro, pero desde el punto de vista de las ideas y los proyectos es evidente que su magisterio tuvo un éxito notable, o si queremos decirlo con aquellas palabras machadianas que tan queridas le eran, Don Joaquín se ha ido por la misma "senda clara" que transitó en vida y el suyo ha de ser necesariamente "un duelo de labores y de esperanzas".
La sociedad española como tal ha sido un tanto tacaña a la hora de reconocer los méritos y el papel de Ruiz-Giménez.