Ruiz-Giménez fue un adelantado en la defensa de las ideas de consenso, diálogo, tolerancia, compromiso social y respeto a los derechos humanos que hicieron posible la Transición democrática.
"Don Joaquín"- se nos ha ido en un caluroso mes de agosto, de manera sencilla y discreta, casi en silencio, haciendo honor a su manera de ser.
Ruiz-Giménez fue una persona de una sensibilidad exquisita y un excelente profesor y maestro. Creo que para él eso, y la lucha por los derechos humanos, era la guía que orientó su comportamiento social, antes que la voluntad o el deseo de desempeñar determinados papeles políticos. Por eso, creo que se equivocan los que piensan que su vida fue un fracaso político, ya que su principal triunfo fue contribuir a difundir en la sociedad española un espíritu de diálogo, tolerancia y de convivencia cívica que hizo posible la transición democrática y que permitió superar un ciclo de enconamientos extremos que conducían a la autodestrucción.
El maestro
Aún recuerdo la impresión que me causaron las clases de "Don Joaquín" en primero de Derecho. Para un joven que había estudiado, con no poca tensión ideológica, en un colegio de curas inspirado en el más rancio espíritu preconciliar, las clases de aquel ex Ministro de Franco, con fama de hipercatólico militante, fueron de un gran impacto. Don Joaquín era una persona afable que construía sus exposiciones con brillantez y de una manera que llegaba, utilizando ejemplos y anécdotas que hacían sus clases especialmente amenas. Pero, posiblemente una de las cosas que más me llamó la atención en sus lecciones era su firme reivindicación de los derechos humanos y la defensa de un talante (expresión que utilizaba bastante) respetuoso y tolerante. Lo cual aderezaba frecuentemente con citas de un republicano tan notorio como Antonio Machado. Sus reflexiones sobre "las dos Españas que te helaban el corazón", sobre la necesidad de "preguntar y escuchar primero" para dialogar y sus explicaciones sobre cómo "se hace camino al andar" eran una forma de dar entrada a argumentaciones de fondo sobre la necesidad de una España reconciliada, democrática y en paz, sobre una cultura de diálogo y convivencia cívica y sobre la necesidad de comprometerse en iniciativas que pudieran conducir en esta dirección, aunque fuera de manera aparentemente limitada y modesta al principio, pero siempre "haciendo camino al andar".
Desde luego, que un ex Ministro de Franco se pronunciara públicamente de esta manera a mediados de la década de los años sesenta contribuía a romper muchos esquemas sobre la bipolaridad guerracivilista de una manera que entonces resultaba poco frecuente.
Los seminarios y actividades que organizaba su Cátedra me permitieron conocer a personas de clara orientación democrática y de notoria sensibilidad social, como Gregorio Peces-Barba, Elías Díaz y Leopoldo Torres, que también colaboraron con Don Joaquín en su empresa política más fructífera Cuadernos para el Diálogo.
De esta forma, para aquel joven, y un poco radical, estudiante de Derecho, que luego acabó orientándose hacia la Sociología, el magisterio de Don Joaquín y de algunos de los jóvenes profesores que había incorporado a su Cátedra, en prueba de coherencia práctica con sus ideas, fue fundamental en su compromiso intelectual y político ulterior. Desde la Cátedra, primero, y desde Cuadernos para el Diálogo después, Ruiz-Giménez siempre me pareció una persona coherente y honesta. Posiblemente la mejor encarnación que he conocido de la machadiana idea de bonhomía.
Cuadernos para el Diálogo fue una empresa seminal de la que salieron múltiples iniciativas y proyectos y en la que se avanzó el mapa político de la democracia española.
Cuadernos para el Diálogo
En Cuadernos para el Diálogo Ruiz-Giménez ejerció un liderazgo paternal y flexible, integrando a personas de la más variada orientación política e ideológica. Los Consejos de Redacción que se celebraban regularmente y en los que se debatían los editoriales y las propuestas de publicación eran una especie de mini-Parlamento a escala de lo que luego iba a ser el mapa político de la España democrática: demócrata-cristianos, socialistas, comunistas, liberales, sindicalistas, regionalistas (como se decía entonces) y personas con diferentes ideas religiosas (lo cual entonces se consideraba muy importante), de distintas edades y procedencias. Con la ayuda directa de Pedro Altares -otra de las personas con las que la Democracia española ha sido poco atenta- y con el apoyo destacado y directo de profesores, como Gregorio Peces-Barba y Mariano Aguilar Navarro, en poco tiempo Cuadernos para el Diálogo se convirtió en una importante referencia intelectual, política y editorial. A la revista mensual se añadieron varias colecciones de libros y folletos, con el impulso decidido de Pedro Altares y de un grupo reducido de jóvenes periodistas.
En el Consejo de Cuadernos participaron algunos de los autores de las obras y dictámenes jurídico-constitucionales que abrieron la vía a la idea práctica de la transición democrática. Idea que también fue desarrollada en muchos de los editoriales que se debieron a la pluma de Rafael Arias Salgado.
Sobre aquel grupo de personas que nos reuníamos en un par de habitaciones en "Héroes del 10 de agosto" y un piso de Embajadores primero, y, ya mejor instalados, en un chalet de la calle Jarama después, Don Joaquín ejerció un magisterio especialmente fructífero, con sus ideas, su talante y las informaciones que solía poner en común. Especialmente clara me pareció siempre su visión sobre el papel institucional, democratizador y estabilizador que podía desempeñar la monarquía, en general, y el entonces Príncipe, en particular.
La Constitución de 1978 y algunos de los desarrollos positivos de la Democracia española deben mucho a aquel magisterio político de Ruiz-Giménez y muchas de las personas que formaron parte del Consejo de Redacción de Cuadernos luego desempeñaron papeles importantes en diferentes partidos políticos, instituciones y medios de comunicación social. Por eso, creo que Cuadernos fue, sobre todo, un proyecto seminal del que salieron múltiples iniciativas y desde el que se ejerció un fructífero magisterio sobre la sociedad española en la dirección de las ideas que postulaba desde hacía años Ruiz-Giménez, adelantándose en muchos aspectos a las posibilidades de la realidad concreta española. Por eso no comparto el criterio de aquellos que sostienen que la trayectoria política de Ruiz-Giménez se truncó con un fracaso político-electoral. Más bien al contrario, creo que sus ideas matrices y su magisterio fueron los que triunfaron, contribuyendo a alentar el espíritu de la transición democrática. Ese era precisamente el "camino que se hacía al andar".