El aspecto autoritario provocaba conflictos también con los miembros de los Gobiernos de Blair. Algunos ministros se quejaban de que todas las decisiones se tomaban por un grupo reducido de asesores de Blair, que no se habían elegido democráticamente y que, en muchos casos, aún no eran miembros del Partido Laborista. Esta tendencia de Blair a despreciar a sus propios ministros, y preferir asesores leales a él personalmente, fue una reflexión casi inevitable de los orígenes leninistas del proyecto. También reflejaba la poca historia del propio Blair en el partido y, por lo tanto, su falta de confianza ante los históricos del partido (por ejemplo, alguien como Robin Cook). Pero este enfoque encajaba mal con las tradiciones británicas del Gobierno colegiado y dejaba a Blair sin asesoramiento independiente. Si Blair pensaba que esto importaba poco cuando el proyecto saliera exitoso, le hacía vulnerable cuando los fracasos aumentaban.
Quizás el conflicto más importante fue entre la tendencia autoritaria y la realidad de la sociedad moderna. Blair creía firmemente en el principio de predicción y control. Pensaba que podía dirigir políticas sociales y económicas desde Downing Street y aplicarse de forma inmediata sobre cualquier problema que se hubiera detectado. No entendía el nivel de complejidad de la sociedad moderna ni la medida en que esto invoca la ley de consecuencias no intencionales. Sistemas complejos, en los que agentes capaces de adaptarse y reaccionar interactúan, son como la cabeza de la hidra: cuando un Gobierno intenta resolver un problema, las propias políticas que despliegue contra este problema provoca otro problema en otra parte del sistema. La consecuencia es una cascada de intervenciones que sirven sólo para empeorar la situación. A pesar de toda su propaganda de ser un modernizador -"un político moderno" para el siglo XXI- Tony Blair era un político anticuado que nunca entendía los cambios en las sociedades modernas o sus implicaciones. Tenía tanta confianza en la eficacia de la intervención gubernamental como el laborista tradicional Clement Atlee. La consecuencia fue un Gobierno cada vez más intervencionista, cada vez menos exitoso y cada vez menos popular. El gran legado del Nuevo Laborismo podría ser un "papá-Estado" querido por nadie y que el próximo Gobierno, sea quien sea, derrocará cuanto antes.
En Inglaterra se dice que fueron las guerras de Blair, sobre todo la guerra de Iraq, lo que más ha minado el proyecto del Nuevo Laborismo y la reputación del propio Blair. Pero al fin y al cabo estas guerras no eran más que la expresión de los conflictos arriba mencionados en la política exterior. Como un "liberal autoritario" (o quizás mejor dicho un "liberal leninista" - casi la definición de un neoconservador-), Blair creía firmemente en la capacidad de la fuerza militar de imponer la democracia y la libertad en otros países. Como el presidente Bush, prefería escuchar los ánimos de sus "asesores" que las dudas de los profesionales, incluso las preocupaciones de sus compañeros de partido en el Consejo de Ministros. Por fin, no podía entender que en sociedades tan complejas como Iraq o Afganistán, al quitar el control de sus Gobiernos dictatoriales se abriría una caja de Pandora de consecuencias imprevistas. Al fin y al cabo, el proyecto del Nuevo Laborismo terminará como nada más que otro intento fracasado de adaptar la social-democracia al capitalismo liberal.
Como un "liberal autoritario", Blair creía firmemente en la capacidad de la fuerza militar de imponer democracia y libertad en otros países, lo que ha hecho pagar una enorme factura al Partido Laborista.