Una confirmación de esta opinión la suministra el libro de Paco Ignacio Taibo II 68 (1991). En este texto el escritor mexicano, que tenía entonces diecinueve años, relata el clima cultural y emocional en que se produjo su participación en el movimiento estudiantil. Por lo general éste no tenía una conciencia política y mucho menos mítica: no tenía nada que ver con Zapata, Villa y los demás personajes de la revolución mexicana, que eran para la mayoría nombres de calles. Su interés se centraba en el presente, el Che Guevara y la guerra de Vietnam, Bob Dylan y Joan Baez, Mayo y la música rock. Por supuesto, como en Roma y en París, en Nueva York y en Tokio, se imprimían y multicopiaban toda una marea de textos llenos de citas de Marx y de Trotsky, de Bakunin y de Marcuse, ¿pero quién tenía el tiempo y la voluntad de estudiar seriamente a estos pensadores? Eran simplemente los documentos de identidad de los distintos grupúsculos, iconos que les servían para distinguirse unos de otros.
Para Taibo, el movimiento estudiantil mexicano comienza en una fecha concreta, el 28 de julio de 1968, día de la primera gran manifestación pública: estalla pues con mucho retraso respecto a Estados Unidos, Europa y Japón, cuando en la mayor parte de estos países estaba ya en fase decreciente, debido bien a intervenciones legislativas que limitaban los derechos constitucionales, bien a un sentimiento de desconfianza en la real capacidad de acción política de sus líderes, bien, por último, a que la época de las verdaderas revoluciones sociales había terminado hacía tiempo.
El mérito del libro de Taibo es la desmitificación del movimiento. Veo reproducidos en él los mismos aspectos que caracterizaron el movimiento en Italia y en Francia y que también yo conocí desde dentro. En primer lugar, el modo de ser y de sentir de los estudiantes impedía el surgimiento de una organización unitaria. El individualismo, el narcisismo, la falta de una solidaridad de clase producían un sectarismo delirante que llevaba a considerar tu peor enemigo a aquel que tenías más próximo: «Los límites del movimiento estaban en su mensaje, exclusivamente estudiantil, exclusivamente privado y egocéntrico» (Taibo, p. 50). No era sólo una herencia de las tendencias sectarias del movimiento obrero y socialista. Además, «cada uno tenía en aquella época su propia parte de locura. Y si algo era respetable, era precisamente esto: la locura individual» (Taibo, 2008, p. 75). Hasta en el plano de la liberación de las costumbres mis recuerdos coinciden con los de Taibo: en el Sesenta y ocho se hacía el amor menos que antes. Por último, no existe ningún caso en que el Sesenta y ocho haya sido el argumento de una narración novelesca de alto nivel literario. Taibo inicia su libro explicando que durante decenios intentó escribir una novela sobre el Sesenta y ocho, a partir de los cuadernos de notas tomadas aquel año, sin conseguirlo nunca: en efecto, la experiencia de la época no podía producir nada semejante a un destino, sino sólo una historieta (unas veces ridícula, otras extraordinariamente traumática, otras increíble).
Lo que diferencia la terrible experiencia estudiantil mexicana de Tlatelolco de lo sucedido en otros países consiste en que en México la revuelta de los estudiantes fue tomada por el gobierno demasiado en serio y juzgada a partir de categorías que pertenecían a una tradición política, sexual y literaria cuyo crepúsculo representaba precisamente el Sesenta y ocho.
El régimen comunicativo
Estos interrogantes encuentran una respuesta en el cuarto régimen de historicidad del acontecimiento mexicano, el comunicativo, que atribuye una importancia exclusiva al presente. En este aspecto, México estuvo a la vanguardia: la revolución mexicana, iniciada en 1910, fue el primer acontecimiento de ese género que encontró fotógrafos perfectamente pertrechados. En la placa fotográfica parece como si el tiempo se detuviese con efectos que Emilio Cecchi encuentra especialmente curiosos, como en aquella foto donde Zapata, sentado en plan de burla en el sillón presidencial, está rodeado de soldados, peones, estudiantes y señoras con velo (Cecchi, 1932).
La fractura histórica representada por el Sesenta y ocho consiste precisamente en el carácter hegemónico asumido por este cuarto tipo de temporalidad, que tiene su epicentro en la excitación experimentada por el hecho de vivir aquí y ahora algo «imposible, pero real». Éste es, en mi opinión, el espíritu del Sesenta y ocho, que sin embargo no se extingue con aquel año, sino que marca, a través de múltiples transformaciones y metamorfosis, toda la época posterior hasta hoy mismo. La suya no es ya la dinámica moderna, articulada a partir de los conceptos de progreso y regreso, de evolución e involución, de revolución y restauración. La comunicación supone el ingreso en una experiencia de instantaneidad, que se manifiesta en la alternancia de milagros y traumas. En este aspecto, el caso mexicano es emblemático y complementario respecto al Mayo francés. Allá la protesta se manifestó como un milagro, aquí como un trauma. Las formas literarias tradicionales de la comedia y de la tragedia, del romance y de la sátira sirvieron de modelos a la historiografía ochocentista. Esos modelos resultan inadecuados para dar cuenta de la época abierta por el Sesenta y ocho, que procede por acontecimientos matriciales imprevistos (como la revolución iraní, la disolución de la Unión Soviética, el ataque a las Torres Gemelas, el colapso de la economía mundial... (Perniola, 2008). Toda esta turbulencia mediática oculta una realidad política inmóvil, fijada desde 1945 y gobernada por las cinco naciones garantes del orden mundial (las vencedoras de la Segunda Guerra Mundial y que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU), Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China. Entre estos cinco países, la situación política de México se parecía, según Paz, a la de la Unión Soviética. En ambos casos se trataba de países post-revolucionarios, donde lo que preocupaba era sobre todo mantener a la gente con la «mordaza» (Paz, 1970).
El régimen eminentemente comunicativo del movimiento estudiantil mexicano es evidente en la exaltación triunfalista que era común a los participantes en las protestas de todo el mundo aquel año. Hay un aspecto especialmente significativo que se puede resumir en el eslogan «ganar la calle» (Poniatowska, 1971). El gobierno había aceptado discutir las reivindicaciones de los estudiantes siempre que la reunión tuviese lugar en secreto, para no reconocer al movimiento una legitimidad política. Las autoridades estaban dispuestas a una negociación «entre bastidores». Pero al movimiento le interesaba más la comunicación que los resultados efectivos: aquí está la clave para entender el enigma del Sesenta y ocho. Justamente Taibo lo compendia en una sola frase: «Nacidos para ser vencidos, pero no para negociar». Estamos ante la pregunta fatídica de aquel momento: ¿qué es más importante, comunicar o vencer? Interrogación que no afecta sólo a los estudiantes mexicanos: volverá a plantearse en los decenios sucesivos, con resultados muy ditintos.