La segunda interpretación explica Tlatelolco recurriendo al régimen histórico de la modernidad. Los estudiantes habrían sido los portavoces de una modernidad reformista, que veía en los Estados Unidos el modelo de desarrollo económico y social. Sin embargo, lo mismo podríamos dar la vuelta a este paralelismo para que tuviese un significado opuesto: los estudiantes estarían condicionados por el mito de la revolución inconclusa o traicionada, mientras que el poder habría querido ofrecer al mundo con los Juegos Olímpicos la imagen tranquilizadora de un país moderno o semimoderno. Naturalmente todo depende de qué se entienda por «moderno». La tesis que he defendido en varias ocasiones interpreta el Sesenta y ocho como la crisis de la tradición política moderna articulada sobre la estrecha relación entre saber y poder (Perniola, 1980). Dicha tradición política tenía una doble fuente de legitimidad: una de carácter electoral-procedimental, basada en la opinión pública crítica, en los partidos políticos y en las elecciones; otra de carácter administrativo-sustancial, basada en el funcionariado, la ciencia universitaria y las profesiones cultas. Octavio Paz ha defendido que una de las consignas del movimiento estudiantil mexicano era la exigencia de democratización : «Todas las peticiones se resumían en una palabra que fue el eje del movimiento y el secreto de su instantáneo poder de seducción sobre la conciencia popular: democratización » (Paz, 1970). Sin embargo, yo no he encontrado ese eslogan en el libro de Elena Poniatowska, donde en cambio encontramos muchas expresiones de carácter revolucionario y antireformista como «No queremos olimpiadas. Queremos revolución» y otros eslóganes similares a los de la protesta estudiantil de los demás países occidentales. No obstante, es cierto que la Marcha del silencio del 13 de septiembre de 1968 (veinte días antes de la Noche de Tlatelolco ), en la que los manifestantes marcharon con las bocas tapadas con pañuelos, planteó demandas de carácter local como la liberación de los prisioneros políticos, la disolución del cuerpo de granaderos, la destitución de posiciones de mando de algunos policías o la indemnización a los familiares de los muertos en conflictos anteriores (Poniatowska, 1971). La pregunta de si el Sesenta y ocho fue reformista o revolucionario creo que conduce a un callejón sin salida. Las tres perspectivas fundamentales de las culturas políticas de los últimos doscientos años -revolución, restauración y reforma- son ajenas al espíritu del Sesenta y ocho, cuyo significado general tiene poco que ver con la política entendida en sentido moderno (Perniola, 1980). Como explicaré más adelante, el Sesenta y ocho no fue ni utópico ni realista.
El régimen archimítico
Sobre el régimen archimítico de Tlatelolco Octavio Paz escribió páginas desconcertantes y muy controvertidas en el libro Postdata (1970), publicado como continuación de El laberinto de la soledad . Como se sabe, Paz, que en protesta por la matanza del 2 de octubre dimitió como embajador en India, escribió un extenso texto que constituye una especie de psicoanálisis de la modernidad. Paz subraya ante todo la especificidad de la revolución mexicana, que nunca fue dogmática: utilizando otras palabras, de ella se podría decir que careció de una teoría. Aquí introduce un concepto muy importante, el de una otredad , una diferencia mexicana, para cuyo entendimiento las categorías elaboradas por el pensamiento occidental son totalmente inadecuadas: pobreza y riqueza, desarrollo o atraso son conceptos inútiles a la hora de explicar México, regido por actitudes y estructuras inconscientes, supervivencias de un mundo desaparecido que sin embargo siguen manteniéndose secretamente activas y que, precisamente por haber sido reprimidas, regresan al cabo de decenios e incluso de siglos.
Contrariamente a lo que dicen las autorrepresentaciones del Sesenta y ocho, que ponen el énfasis en su absoluta originalidad, para Octavio Paz el Dos de octubre fue la repetición de un hecho ocurrido precisamente en Tlatelolco cuatro siglos antes; la matanza que los españoles llevaron a cabo la noche del 13 de agosto de 1521, y que supuso la caída de la capital mexicana y la derrota definitiva de los aztecas. En otros términos, los que ordenaron la matanza de los estudiantes serían los herederos de la mentalidad azteca. Paz considera la carnicería del 68 como una repetición del arquetipo azteca, profundamente arraigado en el pueblo mexicano, que exige un sacrificio sangriento para poder renovar la solidez del vínculo social. Existiría una continuidad ininterrumpida en la concepción del poder entre los señores aztecas, los virreyes españoles y los presidentes del Partido Revolucionario Institucional: a diferencia del poder personalista de los caudillos hispanoamericanos, en México el poder se manifestaría de modo impersonal, ritual y expiatorio. El régimen de historicidad en que se movieron las autoridades mexicanas pertenecería, no a la modernidad histórica, sino a la temporalidad mítica.
Esta interpretación archimítica es, en efecto, desconcertante: fue objeto de ásperas críticas tanto por parte de los gobernantes, que desde luego no se reconocían en los conquistadores españoles, como de los manifestantes, que tampoco se reconocían en los aztecas convertidos en víctimas sacrificiales. El libro fue tachado de «antimexicano» y el presidente Gustavo Díaz Ordaz, tenido por responsable de la matanza, pensó que era necesario intervenir en la televisión nacional para criticar abiertamente al escritor (Fuentes, 1973). El libro de Paz no tuvo una acogida mejor por parte de la izquierda, incapaz de liberarse de esquemas ideológicos esclerotizados (Glockner, 2008). La interpretación genial de Paz fue objeto de una condena colectiva. En una entrevista concedida algunos años después, Paz afirma: «La crítica es para mí una forma libre de compromiso: el escritor debe ser un francotirador, debe soportar la soledad, saberse un ser marginal [...] Ser marginal puede dar validez a nuestra escritura» (Paz, 1975). En realidad, por sugestiva que sea la interpretación de Paz, hay algo que chirría en el paralelismo entre estudiantes y aztecas. En Tres instantáneas (1972), Carlos Martínez lleva aún más lejos el significado mítico de Tlatelolco, destacando que la matanza de 1521 fue precedida por otra ocurrida en 1473, año en que la comunidad azteca de Tenochtitlán conquistó Tlatelolco. Podríamos también remontarnos a 1426, año en que dos tlatoanis aztecas fueron asesinados por la posesión de este lugar mítico por otro jefe azteca, o a 1372 o 1358, cuando probablemente se fundó la ciudad. ¡No hay duda de que la plaza de Tlatelolco ha quedado imantada por la historia! Más previsible sería la comparación entre los estudiantes y las antiquísimas poblaciones nahuas, sometidas por los aztecas. Se ha señalado que también en el movimiento estudiantil había un aspecto ritualista que se manifestó en la emoción de ocupar el corazón mismo de la vida del país, el Zócalo (Sorensen, 202).
Sin embargo los estudiantes mexicanos se parecían más, para bien y para mal, a sus coetáneos de los demás países del mundo que a los antepasados míticos o a los padres de la revolución mexicana. Si la interpretación archimítica aportada por Octavio Paz puede ser plausible para entender la naturaleza del poder mexicano, parece insuficiente para captar las características esenciales de la protesta.