Tras el Mayo francés, que vio ponerse en huelga espontáneamente a diez millones de personas, y de la invasión soviética de Checoslovaquia en agosto, el tercer acontecimiento que en 1968 conmocionó a la opinión pública mundial fue la matanza de más de trescientos estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de México, ocurrida la tarde del 2 de octubre de aquel año. Esta matanza, en la que perecieron también niños y transeúntes, fue una auténtica emboscada contra una manifestación pacífica, cuidadosamente preparada y ejecutada por las fuerzas combinadas de la policía y del ejército, pocos días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos.
Entre las muchas protestas estudiantiles que aquel año inflamaron el mundo, ésta fue la de consecuencias más trágicas. La periodista italiana Oriana Fallaci, presente en el escenario de la masacre y gravemente herida por una ráfaga de metralleta, describe en un libro la ferocidad gratuita de una carnicería que se prolongó durante cinco horas (Fallaci, 1969). El periodista de L'Espresso Carlo Gregoretti, que llegó al lugar unos días más tarde, comparó el comportamiento de las autoridades mexicanas con un anfitrión que para asegurar el éxito de su fiesta, en vez de mandar a los niños a la cama los asesina (Gregoretti, 1968).
Sin embargo, a pesar del carácter extremo de este acontecimiento, no ha mantenido en los años posteriores una repercusión mediática global, ni ha adquirido un significado simbólico mundial comparable al delMayo francés o el Agosto checoslovaco. Ha quedado encerrado en lo que en un libro famoso Octavio Paz denominara El laberinto de la soledad mexicana (Paz, 1970). Es bastante poco lo que a Europa ha llegado de la vastísima y profunda reflexión que el hecho suscitó en México a través de una imponente producción de ensayos, de grandes obras de documentación histórica, de reportajes, relatos, poemas e incluso una película (Young, 1985). Merece sobre todo mencionarse el libro magistral de Elena
Poniatowska, figura mítica del periodismo mexicano, La noche de Tlatelolco (1971), que constituye el más amplio y articulado informe de la masacre: dando voz a un gran número de personas relacionadas de diversas maneras con este suceso (estudiantes y profesores, fotógrafos y peluqueros, policías y funcionarios, padres e intelectuales...) la autora presenta un cuadro polifónico de gran efecto que supera la distinción entre historia oral y literatura (Poniatowska, 1971).
Diversos regímenes de historicidad
Cuando uno se acerca a esta amplia producción, se da cuenta de que la masacre mexicana ofrece una complejidad y un carácter problemático muy superior al de otros episodios del Sesenta y ocho: plantea interrogantes que desbordan con mucho el ámbito de un suceso de importancia regional y sacan a la luz el carácter enigmático e indescifrable de este año crucial de la historia de la segunda mitad del siglo XX (Perniola, 2008). En la matanza de Tlatelolco (tal es el nombre en lengua nahua del lugar en que se produjo la masacre) se superponen cinco regímenes de historicidad distintos que le confieren un carácter emblemático. Por ello no dudo en considerarlo el hecho más significativo y problemático de aquel año.
Esta superposición de regímenes de temporalidad distintos les parece a algunos autores una característica específica de México. El escritor italiano Emilio Cecchi visitó México a comienzos de los años treinta del siglo XX y recogió en un libro muy perspicaz sus impresiones del país. En su opinión, México provoca un sentido del tiempo distinto del que se tiene en cualquier otro lugar: un tiempo que él define como «austero y cruel», en el que las piedras aztecas, los oros católicos y las figuras del pueblo coexisten en absoluta contemporaneidad e indiferencia mutua (Cecchi, 1932).
No de otro modo Octavio Paz, en El laberinto de la soledad , observa que en determinadas solemnidades celebradas a lo largo del año el tiempo deja de ser sucesión y vuelve a ser aquello que fue originalmente: un presente donde pasado y futuro se reconcilian. Consideraciones análogas se encuentran en el libro de Carlos Fuentes Tiempo mexicano , en el que se subraya la superposición de diferentes experiencias de la temporalidad (Fuentes, 1971).
Se podría argumentar en contra que éste es un fenómeno que se da en todas partes. El historiador Marc Ferro ha sostenido que la mayoría de las personas no viven en la actualidad: mentalidades y estilos de vida pertenecientes a diferentes periodos históricos coexisten en el seno de las mismas poblaciones y hasta dentro de las mismas familias (Ferro, 2007). Desde el punto de vista individual, cada uno de nosotros se mantiene vinculado al modo de pensar y de sentir del periodo de la vida en que se formó u obtuvo mayor fortuna. Sin embargo, existen acontecimientos-matriz que, involucrando simultáneamente a un gran número de personas, son vividos e interpretados de manera profundamente diversa y hasta opuesta.
Los cinco regímenes de historicidad que se superponen en el caso mexicano y le atribuyen un significado de gozne en el panorama de la contestación estudiantil de la época, pueden ser definidos con los adjetivos de premoderno, moderno, archimítico, comunicativo e individualista.
El régimen premoderno
A primera vista, parece que nos encontramos ante una represión desproporcionada: es así como muchas veces, lo mismo en México que en tantos otros países, se han abortado las revueltas de las clases inferiores. Este aspecto premoderno remite a la concepción del Estado como detentador del monopolio de la violencia: la masacre habría constituido una manera ejemplar de castigo frente a lo que ponía en peligro su seguridad. Esto se situaría en el contexto político-militar tradicional del exterminio de los adversarios (Sorensen, 2002). Sin embargo el caso mexicano no es tan sencillo, sobre todo porque ocurre en un país post-revolucionario ; la violencia es aberrantemente ejercida por un gobierno heredero de la revolución y estando vigente la constitución del 5 de febrero de 1917, que instituye una república federal, representativa y popular, basada en la separación de los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), y cuyo primer título trata precisamente de la garantía de los derechos individuales. Además, la revuelta estudiantil, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los demás países, tuvo el apoyo de los profesores de la Universidad y especialmente del rector de la UNAM, Javier Bastos Serra, que se opuso enérgicamente a la ocupación de la ciudad universitaria por parte del ejército producida el 18 de septiembre de 1968, afirmando que «los problemas de los jóvenes sólo pueden resolverse por vía de la educación, jamás por la fuerza, la violencia o la corrupción» (Fuentes, 1971).
El régimen moderno