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La cultura pasa por aquí

Revista de Occidente 331 Revista de Occidente

Politeísmo y globalización

por Paolo Scarpi
Revista de Occidente nº 331, Diciembre 2008

Número de páginas: 5
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La «aldea global» prefigurada por Marshall McLuhan en los años sesenta como consecuencia de la aceleración impuesta por los media a la comunicación parece haberse convertido ya en realidad en los inicios del tercer milenio. Pero, en cualquier caso, la globalización, que se sirve de los instrumentos del comunicar, se basa en el predominio de lo económico y está sostenida por las multinacionales, encarnación de los nuevos poderes. Estados y naciones, identidad étnica, pero también producto autóctono suponen para aquéllas, interesadas en una liberalización de los mercados cada vez mayor y más descontrolada, cualquiera que sea la naturaleza del o de los productos comercializados, un obstáculo (evidentemente para la obtención de un beneficio) y no fronteras que delimitan las diversas soberanías y libertades. Y si el beneficio se mide exclusivamente según baremos cuantitativos, esto significa que la globalización implica también, junto a la desaparición de las barreras geográficas, la reducción al mínimo, cuando no la eliminación pura y simple, de toda posible diferencia en la producción, a fin de evitar aumentos de costes que reduzcan, precisamente, los beneficios: es mucho más ventajoso producir, por ejemplo, una única variedad, de sabor neutro, de queso o de lechuga, que se pueda consumir en todo el mundo, que producir una miríada de tipos diferentes, para satisfacer los muy diversos gustos y las muy diversas tradiciones o costumbres locales que existen. Las multinacionales, cada vez más agresivas, habiéndose endosado el uniforme de abanderadas del progreso, van imponiendo, sin escrúpulos, estilos y modelos que, día a día, hacen que el mundo moderno sea menos capaz de oponerse, también en el plano cultural, a esta nueva forma de colonialismo, a la homogeneización de sus consumos, condicionada por el chantaje de los modelos mediáticos y por el artificio de la presencia-ausencia de los mismos productos en la cadena de la grande y mediana distribución. Frente a la globalización de los mercados los productos autóctonos no tienen muchas alternativas. O dejarse asimilar y transformarse hasta adoptar formas, sabores, olores, colores, aspectos... universalmente aceptables y ser por tanto consumidos en masa bajo cualquier cielo y en cualquier latitud, o desaparecer poco a poco, relegados a nichos cada vez más restringidos, tal vez con un target altísimo, hasta el punto de convertirse en un privilegio de clase, con casi un máximo de exclusividad mantenido con vida hasta que la upper class deje de interesarse por ellos.
Puede tener interés reconocer en esta evolución reciente el rostro económico de un fenómeno antiguo, ocurrido ya en los terrenos de lo político y lo religioso y al que ha aplicado la etiqueta de universalismo e imperialismo. Pero si en el pasado la dimensión económica se unía a la política y religiosa, por no decir que quedaba oculta tras ellas, hoy únicamente responde a sí misma. Cuando, en el pasado, el Occidente cristiano cruzó el Océano, dando inicio a la ocupación de los nuevos territorios que le había abierto la empresa colombina, se proclamó difusora del mensaje evangélico y de la civilización. Pero «el otro» que ya habitaba en esos territorios debía pagar con la renuncia a los propios bienes naturales y económicos los beneficios de aquel abrazo con Occidente del que saldría domesticado y por consiguiente civilizado: esclavo, pero civilizado. Y hoy, como ha advertido incluso George Soros, que tras haber sido representante máximo del capitalismo a escala planetaria se ha convertido a posiciones diferentes a las del fundamentalismo de los mercados , la globalización no significa automáticamente iguales ventajas para todos, ya que no se encuentra asociada a una redistribución de los beneficios. Del mismo modo, sigue observando Soros, la progresiva privatización del espacio público, iniciada en todos los países occidentales, representa una amenaza para la diversidad cultural, y hasta para la misma cultura. A la globalización tampoco se le puede conceder como coartada una perspectiva antirracista, puesto que los prejuicios antirracistas, como ha insistido recientemente Claude Lévi-Strauss recordando un trabajo suyo todavía actual, Raza e historia , corren a su vez el riesgo de crear una uniformidad que anule cualquier diferencia, sobre todo cultural.
Tal vez hoy nos quede todavía alguna alternativa, tal vez aún podamos rebelarnos contra la uniformidad y la homogenización impuestas por la globalización, protestar y manifestarnos: tal vez podamos avanzar hacia formas de bricolage cultural y dar vida a híbridos psicológico-religiosos, difícilmente clasificables o etiquetables, como la galaxia New Age. Incluso es posible asistir, dentro de la aldea global, a procesos de interacción entre diversas expresiones religiosas, por más que compitan entre sí en el mercado religioso; es posible advertir fracturas culturales que replantean las fronteras entre tradiciones, pero también contradicciones entre el empuje de la globalización y la nostálgica búsqueda de protección en un ethos tradicional.
Antiguamente, en cambio, no existía ninguna alternativa: el «otro», pero también simplemente cualquiera que no se hubiese dejado asimilar, habría sido aniquilado sin miramientos. Hacia estas formas de universalismo político-religioso encaminadas a la asimilación del «distinto a uno mismo» parece orientada toda la historia de Occidente al menos desde el siglo IV a.C., esto es a partir de la empresa de Alejandro Magno, en una especie de irrefrenable pulsión fágica, incluso antropofágica, que aspiraba a anular las diferencias para reproducir constantemente la autoimagen progresivamente elaborada por Occidente, legitimada siempre por y en lo religioso, ya hablemos del emperador del Sacro Imperio Romano, que debía su consagración al papa de Roma, o de la soberanía del rey de Francia, absoluta al estar sancionada por Dios.
Los últimos años del siglo IV a.C. representan un giro decisivo en la historia de Occidente, ya que a partir de aquel momento las formas culturales y religiosas de las poblaciones del Mediterráneo son reinsertadas dentro de los cánones generales de un modelo difuso. El hecho de que Pausanias, en el siglo II d.C., describiese todavía prácticas culturales y tradiciones religiosas griegas -pienso sobre todo en los cultos arcádicos a los que dedica la totalidad del libro VIII de la Periegesis - que se habían mantenido aparentemente inmunes al proceso de homogenización iniciado por Alejandro y continuado por sus sucesores, no significa que no estuviera en marcha aquel proceso: proceso que tendría su primera manifestación oficial en los edictos de 380 d.C., de fide catholica ( katholikós , precisamente, es decir universal), que proclamaba al cristianismo religión del Estado, y 392 d.C., con el que el príncipe de Roma -que lo era por voluntad divina, como un par de siglos antes había afirmado Tertuliano ( Apología del cristianismo , 33-35, 1)- abordaba la supresión de todos los cultos paganos. Ésta fue otra de las aplicaciones políticas de la reflexión teológica.
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