Seguramente esté pensando ya en el hermoso libro sobre pintura holandesa que publicaría poco después bajo el título de Éloge du quotidien . En esos lienzos, Todorov aprecia sobre todo la exaltación de las virtudes de la vida cotidiana. «De Hoogh consigue santificar el espacio íntimo en el que las mujeres realizan su trabajo», escribe, «y con ello exalta las virtudes domésticas.»
Pero ¿qué hace que un acto sea realmente moral?
«¡Ay! no tengo apenas nada nuevo que aportar al respecto. Creo que quien mejor ha disertado sobre el tema ha sido Kant, el filósofo ético más importante de la tradición occidental. Sólo que Kant, como siempre, lo expone de una forma tan abstracta que nos cuesta reconocer la relevancia de su filosofía para la época actual. Creo que lo que él denomina "imperativo categórico" sigue siendo la ley fundamental de la vida moral: no reducir a nadie a un medio, a un mero instrumento, sino considerarlo siempre como un objetivo en sí mismo. Por supuesto, me está permitido utilizar al otro: cuando le pido a un zapatero que cambie las suelas de mis zapatos, lo considero un medio para poder aprovechar mi calzado durante más tiempo. Pero nunca puedo llegar al extremo de considerarlo únicamente un medio, y de sacrificarlo, por así decirlo, a mis zapatos. «
Se trata por supuesto de principios muy banales y generales, pero creo que aún son válidos. Kant fue realmente genial al comprender que una norma de vida nunca puede ser universal, pero sí el criterio formal con el que juzgamos actos concretos. Y ese criterio radica en la propia universalidad. Un acto sólo es moralmente defendible si todo el mundo puede y debe tomarlo como norma de vida. Por consiguiente, no una regla relativa a cómo vestirse o lavarse, pero sí la cuestión de si se puede o no robar. Si todo el mundo robara, la sociedad se vendría abajo; por lo tanto, el robo es éticamente inaceptable.
«Kant dejó claro que la universalidad es un criterio indispensable. Creo que el problema no radica tanto en la pregunta sobre los principios morales como en su aplicación. ¿Cómo se les puede dar una forma concreta? Eso es lo que intento investigar en mis libros. Por eso no me considero un filósofo. Por ejemplo, no creo que Frente al límite aporte muchas novedades filosóficas. Intento más bien unir entre sí los principios filosóficos abstractos de la moral y los hechos concretos de la historia. Los filósofos clásicos llamaban a este ámbito el terreno de la prudencia: una especie de sabiduría práctica.»
¿Es éste el terreno de la virtud?
«Es el terreno de las virtudes, sobre todo de las virtudes cotidianas, aunque a partir de ahí es preciso desarrollar un aparato conceptual que pueda tender un puente hacia lo general. Quizá todas las virtudes puedan reducirse a una sola, pero sinceramente eso no me interesa tanto. Prefiero permanecer en un plano fenomenológico que me permita describir tipos de conducta y de proceder ideal para así, al generalizar, mantenerme cerca de la vida concreta.»
Sin embargo, Kant, a quien usted recurre, basó toda su moral en el deber y no en la virtud.
«Es cierto, aunque Kant no excluye la virtud. Sólo que para él la virtud coincide con el deber. La razón de esta coincidencia estriba en que Kant considera la moral como una forma de superar nuestras tendencias naturales. Tiene una visión bastante hobbesiana de la naturaleza humana. En este sentido no estoy de cuerdo con él. Para Kant, nuestras tendencias son por naturaleza malas, pues son egoístas. Por eso tiene que recurrir al deber, el cual está, por así decirlo, por encima del ser humano y le redime de su estado egoísta convirtiéndolo en un ser moral. Viendo las historias que he recogido en Frente al límite , eso me parece muy injusto. Lo extraño es que, pese a que Kant estaba profundamente influenciado por Rousseau, el cual reconocía nuestra tendencia social, no supo apreciar este aspecto.»
Al igual que Kant, usted tampoco quiere formular valores universales de contenido, y sin embargo afirma que existen valores absolutos.
«Creo que la tradición europea se ha excedido muchas veces al formular "valores" que, aunque eran presentados como el fruto de la razón universal, en realidad pertenecían a una determinada cultura. Desconfío de este tipo de etnocentrismo. No hemos de perder de vista la pluralidad cultural y la tolerancia frente a ella. Pero hay límites. No se puede hablar de tolerancia sin reflexionar sobre lo que es insoportable. Pongamos el peor de los casos: el guardián de un campo de concentración. ¿Hemos de limitarnos a ser tolerantes con una persona así? Hay un momento en que la tolerancia ha de dar paso a la resistencia y a la lucha, un momento en que intervienen valores universales e irrefutables. Y éstos proceden del principio de intangibilidad del ser humano, del que habla Kant, y del principio de universalidad sobre el que se fundamenta el juicio moral.»
Continuamente se presentan problemas sobre ese límite de tolerancia. No sólo en torno a las minorías étnicas en Europa que mantienen determinadas costumbres, sino también frente a otras culturas en el exterior, donde existen costumbres que nosotros consideramos totalmente censurables. ¿Qué hemos de hacer en esos casos?
«Para empezar, cada problema concreto ha de examinarse en su propio contexto. No se puede exigir a un filósofo universalista que tenga una respuesta para cada problema concreto. Podemos estar de acuerdo acerca de determinados valores, pero sólo con suficiente conocimiento de causa podemos decir cómo han de aplicarse en la práctica. Raymond Aron, uno de los pensadores franceses que más valoro, sabía combinar muy bien estos dos aspectos. Tenía en cuenta en todo momento el horizonte universal, pero también disponía de vastos conocimientos sociológicos, económicos y estadísticos. No podemos actuar basándonos en la schöne Seele , el alma bella, y pensar que un buen razonamiento será suficiente para dar una respuesta.
«Pongamos el ejemplo del velo islámico que tanta conmoción ha causado en Francia. Esta cuestión ha enfrentado a los intelectuales franceses, aunque partían de los mismos principios universalistas. Un bando sostenía que el universalismo no consistía en obligar a las personas a someterse al laicismo, mientras que el otro exigía la integración y hablaba de la agresión social.»