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Revista de Occidente 328 Revista de Occidente

Un humanismo bien temperado. Conversación con Tzvetan Todorov

por Ger Groot
Revista de Occidente nº 328, Septiembre 2008

Número de páginas: 7
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Esas situaciones no despiertan lo mejor de las personas. «Sin embargo, quedó claro que, incluso en tales circunstancias, muchas personas seguían comportándose de una manera conmovedoramente moral y humana. No porque estuvieran obligadas a hacerlo, sino porque, al parecer, es inherente a nuestra naturaleza y forma parte de nuestra identidad humana. La madre que sigue ayudando a su hija aunque sabe que también a ella le puede pasar lo peor, o el hombre que comparte su pan, a pesar de estar a punto de desfallecer de hambre: esas personas no lo hacen porque piensen que deben comportarse como seres morales. Las reglas aprendidas desaparecen tras veinticuatro horas de hambre, frío y maltrato. En cambio, los motivos más profundos, que proceden de la identidad humana, son inextirpables. Esa identidad tiene siempre un carácter social. La conducta moral se deriva de la propia humanidad del hombre, del hecho de que hemos nacido como seres comunitarios.»
Cuatro años más tarde, Todorov volvería a abordar este tema en su libro La vie commune ( La vida en común , 1995), en el que arremete contra la tradición «egoísta» de la filosofía, según la cual el hombre sería en primer lugar un ser solitario y egoísta. Platón y Hegel, Kant y Nietzsche, Hobbes y Freud: todos partieron de la premisa de que las personas buscan ante todo su propio beneficio y que por ello es preciso obligarlas a adoptar una conducta social. Esto desemboca en una visión bastante pesimista que no se merece el ser humano, piensa Todorov. Casi nadie se comporta como si sólo él fuera importante en el mundo y los demás no fueran sino obstáculos molestos para su propia felicidad. Al contrario, dependemos por completo de otros para nuestra felicidad. La autoestima, el orgullo, la alegría y una existencia plena sólo son posibles si otros complementan nuestras deficiencias, como demuestra Todorov con el ejemplo del desarrollo del bebé en niño. Y esa dependencia nunca desaparecerá.
Por desgracia, dice Todorov, la filosofía ha partido en demasiadas ocasiones de la idea de que el ser humano ideal es una persona totalmente independiente y ese error le ha llevado a la convicción de que el carácter humano es fundamentalmente asocial. El egoísmo y el solipsismo son el reverso oscuro del ideal de autarquía individual. Pero la dependencia no es una imperfección, sentencia Todorov. Es una carencia afortunada que hace que siempre necesitemos a otros para poder ser nosotros mismos, y que desde el principio nos convierte en seres sociales. Esto significa además que la moral no tiene que ser exclusivamente represiva. No nos convertimos en seres morales reprimiendo nuestra naturaleza interna, como ha pensado durante tanto tiempo la filosofía. Nos convertimos en seres morales por cuidar con esmero el altruismo que nos es inherente.
«No, no creo que sea demasiado optimista, pues lo contrario también es cierto. Nos dejamos guiar tanto por el altruismo como por el egoísmo. Creo que la educación, en el sentido amplio de la palabra, la Bildung , puede desempeñar un papel importante a la hora de reforzar el altruismo. Puede hacernos conscientes de las implicaciones de nuestros actos. Y en ese sentido quizá podamos progresar un poco. No creo que lleguemos nunca a superar nuestro lado egoísta, pero es igualmente ilusorio negar nuestro lado social, que incorpora una generosidad fundamental. Al fin y al cabo sólo conocemos la felicidad gracias a los otros y a través de ellos. Es decir, a través de los actos de generosidad.»
A mediados de la década de los ochenta, en un pequeño ensayo sobre el pensamiento de Rousseau -cuyo título de Frêle bonheur ( Frágil felicidad , 1997) hacía referencia a la extrema fragilidad de la felicidad que otros nos regalan aliviando nuestras carencias con amor, admiración o reconocimiento- indicó que el primer filósofo que había visto la dependencia humana como algo positivo había sido Rousseau. Nuestra dependencia es una bendición, pero al mismo tiempo es nuestra mayor tristeza. Eso le enseñaron los pensadores que en el transcurso del siglo XX desarrollaron una filosofía -como escribiría más tarde- «en primera y segunda persona»: Buber, Bajtin, Lévinas y Habermas.
También en su propia obra, como se irá viendo a lo largo de la conversación, el tema de la primera y segunda personas ha desempeñado un papel importante desde el principio, aunque de una manera encubierta. «En mi primer libro, Introduction à la litérature fantastique ( Introducción a la literatura fantástica , 1982), tuve que recurrir a lo que yo denomino los temas del "yo" y del "tú" para comprender los mecanismos que utilizaban los escritores de literatura fantástica de los siglos XVIII I y XIX. Tuve que primar la manera en que ellos jugaban con una situación comunicativa, con la presencia y ausencia de un interlocutor. Veinte años más tarde ese mismo tema ha vuelto a surgir en un contexto diferente; ahora hablo de la dignidad y del cuidado por el otro.»
Virtud
Su hijo vuelve a despertarse, quiere irse a casa. «Un poquito más», le dice Todorov, «diez minutos». Acaba de explicar por qué se ha atrevido a recuperar en su moral un concepto que en la filosofía ha estado durante mucho tiempo bajo sospecha: la virtud. Los griegos no tuvieron problema alguno en cimentar una ética en esa idea de la excelencia humana, pero a medida que el pensamiento europeo cristiano se fue modernizando, cada vez había menos filósofos que se atrevían a seguir por ese camino. Es posible que las virtudes fueran difícilmente aprensibles para el pensamiento crítico moderno, pero lo más importante era que la mayoría de los filósofos partían de un concepto demasiado negativo de la naturaleza humana como para atreverse a aceptar como premisa una chispa de bondad original.
En Frente al límite , Todorov aborda algunas de las virtudes que sobresalen en las historias de los campos de concentración: el valor, la dignidad, la actividad espiritual y sobre todo el cuidado por el otro, la más sublime de todas ellas. No siempre era cuestión de comportamientos heroicos, dice. Quizá debamos prestar más atención a las virtudes cotidianas que -como escribiría más tarde en su ensayo antropológico- constituyen un punto intermedio entre el realismo desencantado y el idealismo represivo. En un mundo desintegrado, quizá la conducta ética también se haya dispersado y ya no pueda encontrarse en conductas sobresalientes, sino en asuntos pequeños, casi incidentales.
«Quizá sea el tipo de virtudes que desde siempre han ejercitado las mujeres y que por ello llaman menos la atención», dice. «Las practican sobre todo las madres. Basta con mirar los cuadros de género del siglo XVII holandés con esas escenas típicas: Terborch, Pieter de Hoogh y otros. Acaso la actual igualdad entre los sexos acabe haciendo más atractivas estas virtudes para los hombres, pero por ahora sigue siendo poco usual que un hombre cuide de un niño enfermo, pese a que es tan gratificante.»
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