«En Francia eso apenas ha ocurrido. Hoy en día, sólo la extrema derecha defiende el derecho a la diferencia. La tradición de izquierdas, siguiendo los pasos de la Revolución francesa, siempre se ha orientado hacia el universalismo: hacia lo que también se llama el «espíritu republicano». La república francesa siempre se ha considerado a sí misma como la encarnación de valores universales, frente a lo puramente nacional, jerárquico, etcétera. Es cierto que un movimiento como SOS racisme , que en este país desempeña un papel muy importante, apeló en un principio al derecho a la diferencia. Consideraban que para poder defender a los inmigrantes y a otras minorías, éstos tenían que mantener sus particularidades. Eso parecía lógico, pero pronto se dieron cuenta de que era un camino funesto y volvieron a hacer hincapié en el derecho a la igualdad.
«Por supuesto, las diferencias han de tener suficiente espacio para manifestarse, pero siempre sobre el trasfondo de una idea fundamental de igualdad. La exigencia de igualdad de derechos es la primera condición para la democracia. En cambio, no hace falta exigir la diferencia. Yo soy siempre diferente: no es una cuestión de derechos, sino un hecho. Lo importante es que no se me margine por el hecho de ser diferente. Por consiguiente, si algo hay que exigir es la igualdad, y no la diferencia.»
Sin embargo, el feminismo, después de una fase igualitaria, empezó a acentuar la diferencia.
«Eso pertenece a otro ámbito. La segunda generación de feministas no pone en tela de juicio el principio de la igualdad de derechos. La igualdad de derechos es una base que permite plantear la cuestión de la especificidad de la mujer. Pero si se hace al revés, se logra lo contrario y se vuelve a encerrar a las mujeres en la cocina. Es más bien una cuestión de orden de sucesión y de jerarquía. Eso no supone que ambas cuestiones sean mutuamente excluyentes.»
La diferencia que establece usted entre libertad antropológica y libertad política afecta también a la diferencia entre lo personal y lo público. Usted dice que no le corresponde al Estado ponerse en el lugar del individuo para buscar la felicidad por él.
«Un Estado que quiera regular la vida de sus ciudadanos de principio a fin acabará inevitablemente en el totalitarismo. Uno de los principios básicos de la democracia es la separación entre lo privado y lo público. En la vida privada tengo derecho a hacer lo que quiera, siempre y cuando no perjudique a otros, mientras que en la vida pública estoy sometido a ciertas normas, porque en algún momento se decidió que unas reglas son mejores que otras y que éstas no pueden someterse a debate constantemente. Por supuesto hay casos ambiguos en los que resulta difícil determinar qué pertenece al ámbito privado y qué al público, pero lo mismo sucede con todas las oposiciones que atraviesa la vida social.»
Como el debate sobre la eutanasia o sobre la inseminación artificial...
«Son los típicos casos ambiguos en los que es necesario que intervenga una especie de sabiduría pública . Por ello en Francia aún no se ha legalizado la eutanasia. En Holanda quizá sea distinto, pero también allí esta cuestión se somete a un continuo debate. La inseminación artificial es legal hasta cierto punto. Pero el médico que en Francia trajo al mundo al primer bebé probeta interrumpió poco después su investigación y se pronunció en contra de una aplicación ilimitada de la inseminación artificial, porque podría tener consecuencias perjudiciales para la comunidad en su conjunto.
«No se trata de un asunto que ataña únicamente al individuo. El hecho de no tener hijos puede ser un problema personal grave para una pareja, pero la posible solución de este problema tiene también repercusiones públicas. Baste con pensar en la financiación; irá en detrimento de otras investigaciones, de la lucha contra el cáncer, contra el sida, etcétera. Por muy personales que parezcan esas cosas, no están al margen de la vida pública y, por consiguiente, la opinión pública tiene algo que decir al respecto.»
Por un lado tenemos un debate público sobre cuestiones como la equidad y la justicia y por otro un debate moral, que no es necesariamente menos público. Usted defiende también una moral pública.
«La moral pública es la justicia, la equidad. Aunque, en verdad, la moral es siempre privada: tiene que ver con el proceder del individuo. Por eso no hemos de intentar que la humanidad sea moral a través de la política. Por ejemplo, poco nos importa que los motivos de quienes introdujeron la semana laboral fueran morales o no. Quizá sólo querían hacer carrera, qué más da. Lo importante es que con ello impusieron un acto de justicia social que ha hecho más llevadera la vida para millones de personas. La virtud no tiene nada que ver con ese acto. La virtud sólo se practica por el propio bien, y por eso es siempre personal.»
Peluche
«¿No te encuentras bien?», le pregunta a su hijo, al que se le ha caído el peluche. El pequeño niega con la cabeza y vuelve a quedarse dormido en los brazos de su padre. Todorov alarga el brazo para recoger el peluche. Mientras se incorpora prosigue: «Ahí radica la diferencia entre moral y moralismo. La moral es algo que me exijo a mí mismo, que sólo puedo exigirme a mí mismo, si la moral quiere seguir siendo moral. Exigírsela a otro no me hace más moral. Como mucho me hace aparecer como un conformista que dice a otros cómo han de comportarse, sin añadir nada a mi propia virtud.»
En 1991, Todorov escribió su estudio moral más sobrecogedor: Face a l'extrème ( Frente al límite , 1993), sobre la conducta de personas que fueron recluidas en campos de concentración y que tuvieron que vivir en condiciones extremadamente inhumanas. «En la elección de este tema hay un elemento autobiográfico. No sólo provengo de una cultura distinta a la de Europa occidental, sino también de una cultura política que hasta hace poco era totalitaria. Así pues, la conducta de personas en una situación totalitaria me conmueve de forma especial. Estudié este tipo de situaciones a partir de testimonios sobre los campos de concentración, que son la forma más extrema de totalitarismo. Los testimonios que aparecen en el libro no provienen de mi propio país, pues allí apenas había testimonios disponibles, sino del Gulag ruso y de los campos de la Alemania nazi. El campo de concentración constituye en cierto sentido la quintaesencia del Estado totalitario. En él, el totalitarismo se manifiesta de la forma más clara y elocuente.»