« La conquista de América se gestó de una manera bastante casual», dice en su despacho parisino. «Me interesaba mucho el tema del encuentro entre culturas, pero no sabía muy bien cómo abordarlo. Estando en México, empecé a leer las crónicas de los conquistadores españoles. Es una literatura extremadamente fascinante, muy rica en detalles, aunque no siempre estimulante, pero de suma importancia para nosotros. Cabría decir que con aquel encuentro empezó la era moderna: en cierto sentido la conquista de América constituye su fundamento. Más tarde volví a estudiarla desde el otro punto de vista. De ahí surgió una antología de textos en los que los aztecas contaban cómo habían vivido la llegada de los europeos.»
El libro de Todorov deja claro lo complicado que es reconocer al otro cuando no se le quiere negar la igualdad, pero al mismo tiempo tampoco se le quiere privar de sus rasgos característicos. Mientras leía las crónicas, Todorov descubrió que la fuerza de los conquistadores radicaba en su habilidad para manejar, mucho mejor que sus contrincantes, el simbolismo del mito y de la ideología. Sobre todo Hernán Cortés, el conquistador de México, fue un maestro en ese campo. Esa superioridad fue, según Todorov, tan importante como la superioridad de las armas europeas.
El virtuosismo tenía, sin embargo, un precio. Fray Bartolomé de las Casas, el gran defensor de los indios en el siglo XVI, fue capaz de reinterpretar los sacrificios humanos de los indios, que tanto horrorizaban a los europeos, como un signo de máxima devoción: ellos regalaban a los dioses lo más preciado que tenían. Pero Fray Bartolomé de las Casas despejó de este modo el camino hacia un relativismo cultural que, según Todorov, terminó en el siglo XX en la indiferencia y el abandono de cualquier valor absoluto.
El derecho a la diferencia
Combatir el nihilismo sin dejar de ser ateo: ésa fue la tarea que Todorov se impuso en las primeras páginas de Crítica de la crítica . Su libro sobre América le había dejado claro cuál era el callejón sin salida , pero no le había enseñado cuál era la respuesta. «Cuando lo acabé me sentía bastante insatisfecho. Quería seguir, pero no tenía sentido volver a estudiar otro choque de culturas. Por supuesto, podría haber analizado el papel de Francia en Argelia o en África, pero seguramente habría obtenido los mismos resultados. Quería seguir analizando los conceptos que había utilizado en mi libro sobre América. Por ello empecé a estudiar a autores que se habían planteado las mismas cuestiones antes que yo.» El resultado fue el libro, Nous et les autres (1989) ( Nosotros y los otros , 1991), un estudio sobre las maneras en que los autores franceses han reflexionado, desde el siglo XVI , sobre la «alteridad» de los pueblos extranjeros. En ese libro, Todorov ajustó cuentas tanto con el relativismo cultural, que adjudica a cada civilización un valor propio intocable y la hace inmune a las críticas desde el exterior, como con el chovinismo cultural que quiere imponer sin miramientos sus valores y costumbres a otros pueblos.
Llegó a la conclusión de que sólo la libertad y la igualdad pueden considerarse valores universales y de que el Estado democrático es el sistema que mejor las salvaguarda. Dentro de este sistema, las culturas pueden adoptar la forma que quieran, pero todas ellas pueden y deben ser juzgadas en base a ese principio humanista. No todas las culturas obtendrán los mismos resultados. Hay sociedades objetivamente mejores y peores. Eso no impide que también una democracia deba poner límites a la libertad de sus ciudadanos. Toda vida social exige cierta condescendencia: incluso los principios más fundamentales exigen moderación. Todo humanismo es en la práctica un humanismo bien temperado , concluía Todorov haciendo un guiño a Bach: un humanismo temperado o moderado que, para garantizar su supervivencia, no teme fijar límites a las libertades y a los derechos absolutos de cada individuo.
«Dentro de las libertades democráticas también pueden producirse actos que son totalmente intolerables», dice en su despacho. «Una democracia nunca puede tolerar el uso de la violencia cuyo objetivo es derrocar a la democracia. Es un error creer que la democracia no puede resistirse con medios violentos a los intentos de aniquilarla. Pongamos el tristemente famoso ejemplo de la República de Weimar: me pregunto si no habría sido preferible reprimir con dureza las fuerzas que la amenazaban, precisamente porque la democracia encarna el principio de libertad y universalidad.»
«La filosofía política siempre ha establecido una distinción entre la libertad en sentido antropológico -el derecho de hacer lo que me venga en gana- y la libertad política, que imponía un límite a esa libertad absoluta de acción personal, puesto que mi derecho a matar al otro (arraigado en la libertad personal absoluta) niega a éste su libertad. Hemos de poner límites a nuestras acciones, sencillamente porque vivimos en una sociedad y no vagamos por los bosques como seres solitarios.»
¿No existe una libertad absoluta en la sociedad?
«No. Pero sus límites se han de trazar y someter a discusión en el debate público. La democracia se caracteriza por su negativa a aceptar aquellas limitaciones que sólo pueden legitimarse desde la tradición. El hecho de que siempre han de poder someterse a debate es un indicio del buen funcionamiento de la democracia. Los límites de la libertad han de fijarse a través de un consenso libre, en un proceso en el que todos tienen derecho a pronunciarse al respecto.»
La democracia se basa en diversas premisas que ella considera universales. Hay quienes afirman que esa pretensión de universalidad es en sí misma opresora. Por ello, hoy en día se hace hincapié en el derecho a la diferencia.
«Las instituciones surgidas a raíz de la Declaración de los Derechos Humanos, que ahora forman el preámbulo de la Constitución y garantizan la igualdad de derechos a todos los ciudadanos, constituyen el fundamento de la democracia. Por supuesto, siempre hay personas que están en contra, pero la democracia tiene derecho a defenderse, si es preciso, incluso recurriendo a la violencia. En Francia, los partidos de extrema derecha, por muy antidemocráticos que sean sus principios, han decidido participar en el juego de forma democrática. Participan en el debate público y respetan sus reglas. Por consiguiente, no hay motivo para prohibirlos. En este contexto quisiera seguir a Habermas y decir que, al someterse a estas reglas, aceptan implícitamente la idea de universalidad. Se sitúan dentro de un horizonte de comunicación y con ello dentro de un proceso que empieza entre dos individuos, pero que acaba abarcando a toda la humanidad.»
No sólo la derecha se ha resistido a la idea de universalidad. También lo han hecho algunas corrientes de izquierdas.