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Revista de Occidente 328 Revista de Occidente

Un humanismo bien temperado. Conversación con Tzvetan Todorov

por Ger Groot
Revista de Occidente nº 328, Septiembre 2008

Número de páginas: 7
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Durante la conversación en su despacho, la cuestión de si los postestructuralistas y sus oponentes antinietzscheanos se refieren realmente al mismo humanismo queda sin resolver. Todorov está intranquilo, sus ojos se desvían continuamente hacia su hijo, que en el último momento se ha puesto enfermo y ha tenido que ir con él al despacho. El niño sigue la conversación pálido, sentado en un taburete. De pronto se echa a llorar y tiene accesos de vómito. Al final acaba acurrucándose debajo de la chaqueta de cuero de su padre, mientras aprieta contra sí su foca de peluche. Una vez superada la peor crisis, entrevistado y entrevistador dedican un tiempo a adecentar la habitación con paños y pañuelos de papel. Después de hora y media de vómitos y llantos, el pequeño ya no está para debates humanistas profundos.
Ilusiones
«Hasta finales de los setenta mi campo de trabajo era relativamente limitado», explica Todorov. «Desde joven me había interesado la literatura, lo que implicaba automáticamente la lingüística, pues la literatura se desarrolla en el universo del lenguaje. Poco a poco, ese terreno empezó a ampliarse. A ello contribuyó considerablemente mi estudio de la obras de Bajtin. Hasta ese momento, la literatura era para mí un objeto ajeno, que podía estudiarse como se estudia un compuesto químico o un fenómeno natural. Las circunstancias personales, la situación histórica o el trasfondo político no podían desempeñar papel alguno. Pero Bajtin demuestra cómo tú, en tanto que lector, estás implicado con toda tu persona en el texto. De este modo surge un diálogo en el que el texto deja de ser un objeto para convertirse en un interlocutor. En 1981 publiqué mi libro Mikhaïl Bakhtine et le principe dialogique . Ese trabajo me puso en una nueva senda, en la que empecé a prestar mucha más atención a cuestiones como la intersubjetividad y todo lo que sucede entre las personas. Quizá no fuera un giro de ciento ochenta grados, pero sí uno de noventa.»
Tres años más tarde, Todorov describió ese giro en su ensayo Critique de la critique (Crítica de la crítica, 2005), en el que ajustaba cuentas con lo que llama la «tradición romántica» en la crítica literaria: la idea de que una obra literaria sea un todo formal y cerrado en sí mismo, que sólo pueda estudiarse de una manera «inmanente ». El siglo XIX había inventado la idea de la autonomía de la obra de arte, y los estructuralistas del siglo XX, con su fijación con los principios inmanentes, las oposiciones y los mecanismos de la obra, hicieron exactamente lo mismo. Incluido el propio Todorov, quien en 1968 fue el encargado de redactar la parte «Poétique» del muy leído compendio Qu'est-ce que le structuralisme?
Isaiah Berlin, quien le escuchó una conferencia sobre Henry James en Oxford, le sacó de su ilusión al observar durante el cóctel que siguió a la conferencia, con una amabilidad algo distante: «Henry James, estructuras narrativas, hum, ¡Ya veo! Pero ¿por qué no se ocupa usted de cosas como el nihilismo y el liberalismo en el siglo XIX? ¡Eso es muy interesante!». Aquella observación le impresionó, porque Berlin, un ruso de nacimiento, había vivido el mismo cambio de cultura que él, pero tenía que admitir que había sabido reflexionar indudablemente mejor sobre esa experiencia de «ser diferente». Al parecer, el distanciamiento no era el mejor camino para entender los resortes que mueven a las personas, y -como iría descubriendo poco a poco- ése era el objetivo de la literatura.
Todorov tenía sus motivos para mantener aquella actitud de distancia. En Bulgaria había crecido en un ambiente en el que la ideología era tan omnipresente que también se hacía sentir en el estudio de la literatura. La teoría literaria se dedicaba básicamente a evaluar las obras en función de su corrección marxista-leninista. Un enfoque puramente formal, como el que Todorov descubrió en el estructuralismo, constituía un remedio eficaz frente a este método: la única respuesta lúcida a la firmeza del sistema comunista, que le había llevado desde Bulgaria a Francia, era la indiferencia política y ésta parecía armonizar bien con el enfoque estructuralista. Pero esta indiferencia también empezó a tambalearse cuando, después de otra conferencia en Inglaterra, Arthur Koestler le dijo, en tono amable pero firme, que veía poco futuro en su actitud fatalista de mantenerse al margen.
En Crítica de la crítica, Todorov constató que un enfoque formalista es tan infructuoso como uno ideológico y que ninguno de los dos toma en serio las ideas del escritor. Si el enfoque ideológico sólo quiere ver en la literatura la confirmación de sus propias opiniones, el formalista ni siquiera se detiene en el contenido de lo escrito. «Rousseau -padre de la Revolución francesa- y Gobineau -padre del racismo- enviaron sendos mensajes, pero el crítico literario los considera con igual simpatía», ya había observado Sartre.
Todorov comprendió hasta qué punto esa crítica estaba justificada cuando, durante una conferencia sobre Diderot, se atrevió a poner en tela de juicio las ideas de éste y acto seguido uno de los especialistas en este autor presentes en la sala le criticó duramente, preguntándole si pretendía leerle la cartilla a Diderot. Más tarde, Todorov escribió: «A mi juicio, a ese experto le faltaba precisamente respeto por las ideas de Diderot. Al parecer éstas sólo podían ser reconstruidas como una especie de puzzle, quedando vetada cualquier crítica.» Lo que de hecho significa que habían sido declaradas muertas como ideas.
Así, aunque su modestia le haga afirmar lo contrario, fue adentrándose cada vez más en la filosofía. En su libro La vie commune de 1995 ( La vida en común , 1995), cuyo subtítulo reza «Ensayo de antropología general», sus interlocutores ya no son Bajtin, Jakobson y Propp, sino Rousseau, Hegel, Feuerbach, Hobbes y Freud. En su estudio La conquête de l'Amerique de 1982 ( La conquista de América , 1997) la literatura dejó paso a la historia y la antropología cultural. Por primera vez Todorov se inspiraba en la historia de su vida para escribir un libro, si bien de una forma bastante distante. «¿Qué pasa cuando entran en contacto culturas distintas?», se preguntaba Todorov. Para responder a esta pregunta analizó el descubrimiento y la conquista del continente americano, seguramente el mayor choque cultural que ha sufrido la civilización europea en toda su historia.
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