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Revista de Occidente 328 Revista de Occidente

Un humanismo bien temperado. Conversación con Tzvetan Todorov

por Ger Groot
Revista de Occidente nº 328, Septiembre 2008

Número de páginas: 7
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El presente texto constituye un capítulo del libro Adelante, ¡contradígame! Filosofía en conversación, recopilación de entrevistas con dieciocho pensadores de nuestros días, que será publicada próximamente por la editorial Sequitur.
Una lápida en la fachada indica que allí vivió el filósofo Auguste Comte: «Fundador de la religión positivista», una religión a la medida del hombre. En la actualidad, el edificio que alberga una dependencia minúscula de la École des Hautes Études -cerca del Teatro Odéon de París, en una de las tortuosas calles respetadas por los planes de remodelación del barón Haussmann- no tiene nada de distinguido ni de oficial. La pesada puerta se abre al pulsar el timbre y da acceso a una escalera que ha conocido tiempos mejores, pero que sigue conservando los letreros esmaltados que exhortan al visitante a limpiarse los zapatos. En el tercer piso aparece la primera señal de vida académica: un letrero de cartón sobre la puerta despintada menciona el nombre de la Escuela Superior. Al otro lado, una estancia pequeña y sombría: el despacho del teórico de la literatura y ensayista, Tzvetan Todorov.
Todorov nació en Bulgaria, pero obtuvo hace años la nacionalidad francesa. En 1963 llegó a París como becario a bordo del Orient Express y no volvió a irse nunca más. Tardó dieciocho años en regresar de visita a Sofía, su ciudad natal. Al igual que su compatriota Julia Kristeva, ha dejado su impronta en la teoría literaria francesa, a la que enriqueció en la década de los sesenta y setenta con ideas procedentes de las escuelas eslavas, sobre todo de los formalistas y estructuralistas de Moscú y Praga. Desempeñó un papel clave en la introducción del teórico ruso Mijail Bajtin en los países francófonos y a través de éstos en el mundo occidental. Ha escrito más de una decena de libros sobre simbolismo, interpretación y crítica literaria.
Ahora, en su despacho parisino califica estos libros de obra de juventud. «En un momento dado, uno deja de interesarse por los instrumentos analíticos para pasar a utilizarlos y abordar con ellos los temas que considera esenciales. Durante la carrera y cuando empecé a investigar, mi deseo era descubrir el método adecuado. Poco a poco comprendí que en las ciencias humanas no existe una fisura entre el investigador y el objeto de investigación. Se trata en ambos casos de la persona en su especificidad. No hay que intentar eliminar a la persona, sino, todo lo contrario, convertirla en el tema de investigación.»
El tema que suscitó su interés de forma casi natural fue el encuentro entre diferentes culturas, un encuentro del que Todorov constituye un vivo ejemplo. Si bien a estas alturas es más francés que búlgaro, sigue experimentando la irreductible diferencia que le distingue de un francés de nacimiento y de un búlgaro corriente. Nunca fue tan consciente de esa diferencia como cuando regresó por primera vez a su país en 1981. Tal como escribió: «En casa» (Sofía) se sentía un extranjero, pero en «su casa» (París) seguía siendo el «extranjero».
Este desdoblamiento, sin embargo, no tiene por qué ser fatal. Todorov no cree en un «nomadismo sistemático», como predica un pensador como Gilles Deleuze, ni tampoco en un cosmopolitismo desvinculado de cualquier lugar. Dos almas nacionales en un solo cuerpo son soportables, siempre y cuando entre ambas exista una jerarquía. La pérdida de la propia cultura no es una tragedia si es sustituida por otra que se convierte en un nuevo punto de orientación.
Desde el principio eligió con un fervor total la identidad francesa. Vista con cierta distancia, esta elección incluía, sin embargo, ciertas reservas. «A pesar de mi voluntad de adaptarme, nunca me esforcé por perder mi acento original», escribió en 1996 en su autobiografía L'homme dépaysé . «Llegué a París de repente, con mi historia, procedente de un país con una determinada tradición y un determinado régimen político», explica en París con una voz suave en la que sólo las marcadas erres delatan su procedencia eslava. «Durante el primer año de mi estancia eso no me preocupó lo más mínimo. Prefería olvidar el pasado y con ello mi identidad. Pero en un momento dado la diferencia cultural empezó a ser importante. Me fui dando cuenta de que el ser humano no es una hoja en blanco sobre la que se pueda escribir impunemente lo que uno quiera, sin relación con el pasado. Entonces se me planteó el tema de la relación entre dos hechos incontestables: la unidad de la humanidad y la enorme diversidad de culturas. De este tema se desprendía automáticamente la cuestión de las relaciones entre las personas en general: las relaciones intersubjetivas que constituyen el fundamento de la identidad humana y que inevitablemente desembocan en una moral.»
De teórico de la literatura se convirtió en ensayista y, como él mismo dice, sin temor a las connotaciones negativas de la palabra, en «moralista». Al principio, sobre todo, en Francia, era un caso excepcional. Desde hacía años, los pensadores franceses mantenían silencio sobre temas como la moral y el humanismo. El estructuralismo, en palabras de Foucault, había anunciado la muerte del hombre y se había burlado del humanismo. El sujeto no era ya más que un punto en una red, un efecto del lenguaje, un peón en un campo de fuerzas anónimas. «Pero quien deconstruye al ser humano, no puede defender al mismo tiempo los Derechos Humanos», escribió Todorov a finales de los ochenta en un duro artículo publicado en el Times Literary Supplement . Frente al antihumanismo en boga, Todorov defendía un humanismo temperado y consciente de sí mismo.
Este humanismo fue bien acogido por filósofos jóvenes, como André Comte-Sponville, Luc Ferry y Alain Renaut, que en 1991 publicaron el polémico volumen titulado Pourquoi nous ne sommes pas nietzschéens , en protesta contra lo que consideraban un inmoralismo antihumanista. «Entre tanto», dice Todorov con cierta satisfacción, «la revista Autrement ha iniciado una serie especial titulada "Morales", que en cada número trata de una virtud concreta: honor, amabilidad, lealtad, etcétera. Además hay otros indicios de que el tema ya es menos tabú.» La autoridad de la que goza su pensamiento contrasta con la modestia con la que define su propio valor filosófico («Llámeme crítico cultural, no pretendo ser filósofo»), dando así un nuevo e inesperado relieve a la lápida de la fachada sobre la religión humanista de Comte.
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