www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España


Última actualización: (CET)

La cultura pasa por aquí
Revista de Occidente 277 Revista de Occidente

Construcción autobiográfica y exilio: entre la memoria individual y la colectiva

por Enric Bou
Revista de Occidente nº 277, junio 2004

Número de páginas: 4
imprimir

La tensión entre memoria individual y colectiva es muy aguda en situaciones de exilio y dictadura como las vividas y evocadas por los escritores que me interesan aquí, porque la historia colectiva, la versión oficial de los hechos está bajo sospecha y en continua reescritura. Pero los autores, de forma personal, intentan validar un recuerdo individual, frente a uno colectivo. Como buscando una validez. Juan Benet es un maestro en el presentar por persona interpuesta un sentimiento de época, una sensación muy suya, pero que quizá no se atreve a aceptar como tal. Como en el genial «El Madrid de Eloy», que correspondería con chanza irónica al «París de Baudelaire». El capítulo «Barojiana» está dedicado a la tertulia de Pío Baroja y le sirve para introducir una de las experiencias de los años de la inmediata posguerra: la pérdida de esperanza de una pronta resolución política democrática en España.
Por tratarse de un texto publicado en 1972, todavía bajo los efectos narcóticos de la censura, el recurso a la inmovilidad resulta efectivo para referir el efecto de ósmosis entre una situación exterior -la dictadura- y el mundo cerrado, de tiempo detenido, de los Baroja. «La realidad cotidiana, entre 1945 y 1955, ofrecía tan escasos motivos de estímulo y entusiasmo que se comprende, sin necesidad de recurrir a las simplezas del psicoanálisis, la afición a buscar una cierta amenidad en una zona escatológica de la fantasía que está más cerca del portento que de la causalidad» (24).
Define también en términos de «desencanto» la poca esperanza de cambio político sentida por los contertulios: «En la casa de la calle Alarcón [donde vivía Baroja], para matricularse era condición indispensable vivir en las nubes, porque allí, con el concurso de todo el claustro, se enseñaba a perder toda clase de confianza en el entusiasmo.» Lo ilustra con la respuesta que dio Baroja a un periodista que, ante el pesimismo crónico del entrevistado, intentó hacerle notar algo positivo de su existencia. Respuesta de don Pío: «"En general se encuentra usted bien, ¿no es así?". "No, señor -fue la terrible respuesta del viejo- en general me encuentro mal, bastante mal. Pero me da lo mismo encontrarme bien que encontrarme mal"» (26).
A partir de una anécdota de un profesor de matemáticas que tuvo Benet («Ah, ese dos. Gran número, el dos. Un misterio y, a la vez, una constante. Una de las claves sobre las que se asienta nuestro universo. Sepan ustedes que ese dos viene de uno y uno, por la vía de suma»), puede definir el carácter de la tertulia: «La personalidad de don Pío y la tertulia alrededor de él eran, como el 2, una constante del universo: paradoxal, inmutable y axiomática» (33). Son estas caracterizaciones de la tertulia de Baroja las que le sirven para definir una época inamovible, autárquica, sin esperanza.
Pero más allá del estricto retrato de un mundo literario caduco, mítico y anacrónico, el retrato permite a Benet caracterizar este período de su vida y de su tiempo a partir del anacronismo, el que tiñe el período: «Para mí aquel par de horas en su casa, cada diez o quince días, constituía la única posibilidad de ver con mis ojos un orden que por todas partes veía turbado; del que me habían hablado en mi casa pero que ya no llegaría a compartir ni disfrutar; a falta de una sociedad en la que vivir con cierto gusto, a la que prestar el propio concurso, no quedaba más que la visita devota a las ruinas de la civilización precedente y la participación en la lucha por la que clamaban mi hermano y Cirilo Benítez» (42).
Porque éste es el signo en el recuerdo de los memorialistas que han vivido los años «de penitencia», «sin excusa», de los inicios de la posguerra. En las páginas finales de la primera entrega de sus memorias, Años de penitencia , Barral nos acerca al registro de Benet cuando cuenta la experiencia de un día en Gerona, en que da un paseo a caballo, le sorprende una tormenta muy fuerte, con gran aparato meteorológico, y siente miedo. Percibe entonces la entrada en una etapa distinta de su vida:
Y el escenario era precisamente el que parecía simbolizar aquella imagen obsesiva del paisaje aplastado por la carnosa tormenta: un país que no me gustaba, poblado por gentes feas en general, rencorosas y satisfechas de su mediocridad. Me daba cuenta de que el rasgo nacional del que yo tenía más clara, más indiscutible experiencia era la cobardía moral, precisamente esa repulsiva limitación que ahora yo sentía apoderarse de mí, el eje mismo de lo que estaba pensando. Y a los latidos de la imaginación, el ritmo creciente y casi físicamente sensible de las pesadillas febriles, me iba ganando un odio universal, un vértigo acusatorio que comenzaba por mí y se derramaba a las cosas de alrededor y regresaba a mí y se proyectaba a todos los detalles carcelarios del porvenir inexorable (366-7).
No es un miedo físico ante un peligro, sino un miedo ante el porvenir, a su claudicación ante la «cobardía moral». Lo fascinante es que esta claudicación es leída en términos generacionales, presentada desde una perspectiva colectiva: «Éramos desde hacía mucho tiempo, todo el tiempo para ser exactos, algo muy distinto de lo que habíamos imaginado ser, pero de ahora en adelante ésa sería nuestra condición constante y principal» (369). Esta reflexión marca el final del primer volumen de sus memorias, y condiciona la entrada en la vida adulta.
En un libro reciente, Travesías (1925-1951) , Jaime Salinas ha dibujado un mapa preciso de los caminos de la amistad. Dos cosas sorprenden en las memorias de Jaime Salinas, ahora prosista novel, antes editor de prestigio: la calidad del recuerdo y la sinceridad de la confesión, que un constante toque autoirónico, bien aprendido en su educación hispano-franco-norteamericana, le permite poder abrir las puertas de mundos insospechados. Asimismo, la calidad de la escritura, que le permite un muy entretenido sondeo en las entrañas del recuerdo infantil y juvenil. Destacan, por lo anecdótico, los relatos de su experiencia bélica, durante la segunda guerra mundial, experiencia singular entre los cachorros de su generación. O la iniciación sexual en un país de puritanos, que se cruza con las revelaciones acerca del entorno familiar. Dos deberían haber sido los centros de atención de estas memorias: la información acerca de la vida privada de un gran escritor de la España del siglo XX , como fue Pedro Salinas, contada por su hijo; o la información sobre la aventura editorial (mejor «revolución») que protagonizó Jaime Salinas entre 1955 y 1991. Y de paso un testimonio no contaminado por las comidillas literarias, sobre el grupo de amigos de Barcelona, que abarcaba de Jaime Gil de Biedma a Carlos Barral, pasando por los hermanos Ferraté(r). Aunque apunta revelaciones prometedoras, bien poco sabemos acerca del entorno familiar del poeta de La voz a ti debida . Es notable la distancia entre padre e hijo. Salinas confiesa no haber leído la poesía de su padre hasta muy tarde en su vida. Sí nos informa con lujo de detalles sobre el proceso de rebelión filial. Un proceso normal, pero que en este caso se agrava con la singladura del exilio y el rechazo a una cultura española restringida a un entorno familiar. En el trasfondo se lee un testimonio de primer orden de los años de esplendor del imperio norteamericano.
Número de páginas: 4
imprimir


¿Desea opinar sobre este artículo en el foro? Pinche aquí.

Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Sábado, 1 de Noviembre de 2008 02:15:05