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Revista de Occidente 277 Revista de Occidente

Construcción autobiográfica y exilio: entre la memoria individual y la colectiva

por Enric Bou
Revista de Occidente nº 277, junio 2004

Número de páginas: 4
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El problema de la relación entre dos yoes (literarios, en el libro), pero que tienen ambos una vida pública, se resuelve también a partir de la combinación de dos pronombres personales. Escribe «yo» cuando corresponde a Jorge Semprún y «tú» cuando corresponde a Federico Sánchez. En ocasiones acentúa esta escisión esquizofrénica («Acuérdate, me acuerdo» 191). O establece en un lago en Bayona, La Negrésse, el punto que señala la línea divisoria entre los dos yoes, en sus viajes clandestinos a España: «el hito fronterizo de mi vida, el que te separaba a ti mismo de mí. O a mí mismo de ti» (191). Es ésta una memoria que discute los problemas de un escritor desterrado y bilingüe, o sea «bilingüe por desterrado» (296).
Jaime Salinas, por su parte, evoca episodios como la proclamación de la República a partir de los cambios en el «cuarto de la plancha» (24-27), o rememora el último año de la segunda guerra mundial a través de su experiencia en el American Field Service (165-298). Salinas, que fue testigo directo de eventos literarios notables, reduce la evocación de Juan Ramón Jiménez a una anécdota infantil: el enfado del futuro premio Nobel cuando al niño Salinas se le resbaló una taza de chocolate que desparramó su contenido sobre el mantel (23-4).
Estas memorias de exilio y dictadura plantean una cuestión acuciante: ¿hasta qué punto son testimonios de un yo íntimo o se fundan en una experiencia colectiva? ¿Hasta qué punto una tiñe la construcción de la otra? Ha sido Paul Ricoeur quien en un libro reciente, La mémorie, l'histoire, l'oubli (2000), ha planteado una reflexión que me es útil para organizar un sentido de mi presentación. ¿Hasta qué punto la memoria es «individual» o es «colectiva»? ¿Afecta tan sólo a un «yo», «tú», «él», o bien a un «nosotros», «vosotros», «ellos»? La memoria individual toma conciencia de sí misma a partir de un análisis sutil de la experiencia individual de formar parte de un grupo, y sobre la base de las enseñanzas recibidas de los demás. Ricoeur introduce la «memoria colectiva» a través de un argumento negativo: cuando ya no formamos parte de un grupo en la memoria del cual se conservaba un determinado recuerdo, nuestra propia memoria se extingue, por falta de estímulos exteriores.
Así es el caso de las memorias de los exiliados, a partir de la ausencia de una realidad común, la que han dejado atrás en el país de origen. Ricoeur construye también un argumento positivo: una persona sólo recuerda si se sitúa en el punto de vista de uno o más grupos y si se resitúa ( se replace ) en una o más corrientes de pensamiento. Dicho de otro modo: «Uno no recuerda solo». Por lo tanto, concluye: «Nous dirions volontiers que chaque mémoire individuelle est un point de vue sur la mémoire collective, que ce point de vue change selon la place que j'y occupe et que cette place elle-même change selon les relations que j'entretiens avec d'autres milieux» (151). Por todo ello Ricoeur puede afirmar que los recuerdos son personales, individuales, pero necesitan de la colectividad para manifestarse, para realizarse.
Pues bien, el difícil engaste entre el nivel de la memoria individual y el de la colectiva en los escritores en situación de exilio y dictadura es más difícil por diversos motivos. El más obvio es la difícil expresión de la memoria colectiva, puesto que no funcionan los más mínimos mecanismos que condicionan a ésta: desde los que facilitan el funcionamiento de grupos (las tertulias, por ejemplo) a la propia conciencia de grupo que tienen. Faltan revistas que funcionen con unas garantías de continuidad. ¡Qué distancia no hay entre la Revista de Occidente que dejaron en Madrid y las publicaciones provisionales, muy voluntariosas, que encuentran en los caminos del exilio! Algunos epistolarios (el de Salinas-Guillén, por ejemplo) demuestran hasta qué punto la escritura epistolar se convierte en un sustitutivo de un contacto personal directo, y el coro de las máquinas de escribir produce un efecto de gran mesa camilla, al calor de la cual, en parte, se mantiene esta conciencia colectiva.
Otra dificultad puede relacionarse con la presencia de la censura, puesto que dificulta la difusión de información. Lo que crea una precariedad en la fiabilidad de la información. Las vivencias son más individuales, adquieren valor de experiencia colectiva, puesto que falta la sanción de la objetividad de la historia ya que los datos son muy poco fiables. Es un caso extremo de la sospecha de Ricoeur acerca de la fiabilidad de la historia: « nous n'avons pas mieux que le témoinage et la critique du témoinage pour accréditer la répresentation historienne du passé » (364).
Moreno Villa, en la evocación que hace del pasado, establece una notable distancia entre el tiempo de Madrid y el de México, marcando así una clara diferencia entre vida y escritura, vida y muerte. Por ejemplo, habla de la gente que conoció en Madrid como si hubieran muerto: «Parece mentira que hable de la gente como si toda hubiera fenecido, viviendo algunos de ellos aquí en México y viéndolos de vez en cuando. Y es que lo fenecido es el tiempo aquel que ahora evoco. Todo es forzosamente pasado, caído en un abismo además, en el derrumbe histórico de España y acaso de la civilización europea» (149).
En uno de los episodios más originales de estas memorias construye un fresco de época: «También en mí suben y bajan las puntas diamantinas de los recuerdos. Y en las crestas de las ondas internas se entrelazan las luces de Nueva York y las madrileñas. Sé que en este preciso momento, el pintor Juan Echevarría está pintando su enésimo retrato de Baroja, que Ortega está preparando su clase de filosofía o su folletón para El Sol , que Menéndez Pidal redacta su libro La España del Cid ; que Arniches ensaya un sainete; que Manuel Machado entra y sale en la biblioteca del Ayuntamiento, de la cual es Director; que Antonio conversa con "Juan de Mairena"; [...] que Azaña sigue de empleado modesto; pero trabajando en la penumbra su programa político y su Jardín de los frailes ; que García Lorca lee, con ahogos de alegría, su nueva comedia; que los eruditos afinan, que afinan los poetas y los filósofos; que Valle Inclán depura en las tertulias de café la manera más eficaz de contar un esperpento; que Maura dirige una carta a Don Alfonso XIII como de un instructor a un discípulo, que Ors sigue glosando sobre las cúpulas o sobre el sentido ecuménico, que Falla está como embrujado en el piano; en suma, que Madrid hierve, que mis amigos quieren superarse. Todos, todo un enjambre. Hay un rumor renacentista que los mantiene en vilo. ¡Qué maravilla! Durante veinte años he sentido este ritmo emulatorio, y he dicho: Así vale la pena de vivir. Un centenar de personas de primer orden trabajando con la ilusión máxima, a alta presión. ¿Qué más puede pedir un país?» (140-41). Es exactamente este «enjambre» lo que le falta en el exilio. Y es lo que el memorialista reconstruye. Pero es una reconstrucción en la que falta el triple reino de los predecesores, contemporáneos y sucesores (Ricoeur, 514). Se encuentra sólo en México, sin el apoyo de una realidad colectiva, con un presente que de algún modo rechaza.
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