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Revista de Occidente 277 Revista de Occidente

Construcción autobiográfica y exilio: entre la memoria individual y la colectiva

por Enric Bou
Revista de Occidente nº 277, junio 2004

Número de páginas: 4
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A veces siento que hay una clandestina afinidad entre edades, estaciones y horas que no se manifiesta en el instante pero que emerge lentamente de una memoria que la registró con una tinta simpática que sólo el tiempo saca a la superficie del recuerdo. Juan Benet
Se podría comparar la necesidad y abuso del telefonino (según el neologismo propuesto por Lázaro Carreter) con la escritura en el exilio. Se trata de una escritura dirigida a uno mismo, sin esperanzas de poder publicar (o de poder comunicar), esperando cartas que no llegan, o escribiendo textos (llamadas, mensajes SMS) que son como un SOS público, elaborados con una falta total de discreción o de pudor. Como ha afirmado Luciano di Gregorio: « Da un punto di vista psicológico il telefonino è un regolatore della distanza e un moderatore della separazione, determinata non solo dalla distanza fisica, ma sopratutto da quella più intollerabile di natura sentimentale che nasce dai vissuti di mancanza e di perdita del contatto con l'altro » (Di Gregorio, 35). De un modo semejante es la experiencia del exilio y su expresión literaria, en la doble acepción que ha articulado Claudio Guillén: como superación o de «contra-exilio», o como lamento ovidiano y búsqueda de vías de un retorno imposible, moderando la separación, supliendo la falta o pérdida de contacto con el otro. Y así también la escritura memorialista bajo esas circunstancias. Me interesa aquí introducir una reflexión sobre un aspecto de la condición del exilio (un exilio que considero en su doble acepción de «exilio» y exilio interior») muy directamente relacionada con esta condición de soledad: la interrelación entre memoria personal y colectiva, a partir de cinco obras singulares y complementarias: Vida en claro (1944) de José Moreno Villa, Otoño en Madrid hacia 1950 (1987) de Juan Benet, Los años sin excusa (1975) de Carlos Barral, Autobiografía de Federico Sánchez (1977) de Jorge Semprún y Travesías (1925-1955) (2003) de Jaime Salinas.
Como es sabido casi todos los memorialistas plantean una reflexión teórica sobre sus memorias, en la que leemos las razones profundas de su escritura. José Moreno Villa en Vida en claro se ve en la necesidad de escribir unas memorias para su hijo, como una justificación de la propia vida. Estamos en 1944, en México. Moreno Villa gusta de presentar imágenes que responden a su vida, trazan significados secretos, que él intenta analizar e interpretar, dirigiéndose a este lector ideal que es su propio hijo. En este caso es pertinente recordar una afirmación de Paul Eakin: el yo se expresa a sí mismo mediante las metáforas que él crea y proyecta, y lo conocemos a través de estas metáforas; pero no existió como existe ahora y como es ahora antes de crear sus metáforas. No vemos ni tocamos el yo, pero vemos y tocamos sus metáforas: y así nosotros «conocemos» el yo, actividad o agente, representado en la metáfora y la metaforización (82).
Las memorias de Juan Benet y Carlos Barral coinciden en un desprecio cáustico por la España de posguerra. Certifican una situación de ignominia moral, de desastre colectivo a través de experiencias coincidentes, desde la iniciación sexual en los burdeles hasta la experiencia del servicio militar o las escapadas de verano a Europa. El libro de Benet, Otoño en Madrid hacia 1950 , se caracteriza por ser un irreverente ejercicio de «antimemorias», escritas con una supuesta desgana, sin ningún plan «totalizante», a base de capítulos en apariencia inconexos, escritos por encargo o bajo la presión de amigos. Se concede el lujo de introducir una pista falsa, al presentarlos como «galería de retratos» (13) y de hecho la contemplación seguida de esa galería resulta en la construcción de un soberbio «autorretrato», acercándose a lo que apuntó Michel Beaujour en Miroirs d'encre : «el autorretrato opone la dispersión de lugares a la ausencia de centro y el texto de nadie» (23). En un pasaje del prólogo, Benet liquida este pormenor con una excesiva nonchalance :
Así pues, el resultado es un pequeño volumen de memorias en cierto modo contrapuesto a mi -por el momento vigente- propósito de no escribir nunca unas memorias ni un diario ni cosa parecida. Espero que se me conceda que la brevedad del texto, la dispersión de los personajes y circunstancias y la deliberada voluntad de situar mi persona en el lugar justo -que no ocupa ni mucho menos el centro de los relatos- hacen del conjunto más una galería de retratos, elaborados con mejor o peor mano, que los sincopados fragmentos de unas memorias que, insisto, ciertamente nunca he sentido la menor necesidad de escribir. Y ahí -me digo- está el quid de la cuestión (13).
El engaño es relativo, puesto que a medida que avanzamos en la lectura de estas páginas se afianza progresivamente la convicción de que Benet no cumple con ese «pacto anti autobiográfico». Al contrario, traza un soberbio fresco personal y generacional.
Carlos Barral coincide en parte con el designio de Juan Benet. Es importante recordar la distinción que ha hecho Philipe Lejeune en fecha reciente en Vers une grammaire de l'autographie (2001) al especificar que para escribir una autobiografía el escritor tiene que pasar por un triple proceso: buscar información (inventariar, verificarla, completarla), no actuando como historiador, ya que sólo busca los hechos que afectan a la vida íntima de quien escribe. Ejercer la memoria. Buscar el sentido que tiene su vida, organizándola a partir de una selección de episodios, gente que quiere retratar, etc. Barral, por ejemplo, organiza la primera parte de sus memorias en unos episodios que cubren la diferencia entre la calle y la casa, el problema del lenguaje, la experiencia pedagógica en la universidad, el servicio militar, hasta prepararse a entrar, con muy poco convencimiento, en la vida adulta.
En la «Nota a la cuarta edición» explica el propósito del libro que escribe: «describir del modo menos personal posible el panorama urbano y el medio burgués de mi radicación en los años cuarenta, de mi recuerdo de aquellos "años de penitencia nacional" » (67). Pero en este propósito, que limita con las ciencias sociales, reconoce haber fracasado: «El alma del testigo, minuciosamente educada para la poesía lírica, ha ido invadiendo inexcusablemente el relato, embrollando las digresiones, particularizando la anécdota, y en definitiva, velando con un aliento subjetivo el propósito original.» Puesto que perseguía «el deseo de dar testimonio de una humillación colectiva» (68). Pero esta frustración íntima puede representar un triunfo para el lector. Nos encontramos ante otro soberbio fresco generacional, de grupo restringido. En sus memorias hay un profundo sentido colectivo, de estar retratando a un grupo. En innumerables ocasiones se refiere a una «fratría parlanchina y literaria» (305). Que corresponde muy aproximadamente a lo que algunos han llamado «Escuela de Barcelona ».
Las memorias noveladas de Jorge Semprún, Autobiografía de Federico Sánchez , parten de un particular juego malabarístico. Son unas memorias dobles: de parte de la vida del sujeto «Jorge Semprún » y de buena parte de la vida subversiva y clandestina del nombre de guerra de un miembro del comité central del PCE, «Federico Sánchez». Así se superponen continuamente la visión individual, íntima, de Jorge Semprún, y la colectiva que corresponde a Federico Sánchez.
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