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Revista de Occidente 326-327 Revista de Occidente

Razones de un bicentenario

por Fernando García de Cortázar
Revista de Occidente nº 326-327, Julio / Agosto 2008

Número de páginas: 4
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No es necesario extenderse sobre el importante papel jugado por la historia en la construcción de las naciones. No es que haya historias nacionales porque hay naciones; hay naciones porque hay acontecimientos e historias nacionales, como la guerra de la Independencia. Las naciones sin historia no son naciones en sentido estricto, son mera materia amorfa, moldeable por el espíritu de las que sí la tienen. La nación no es, se construye y se construye en gran parte a través de la transmisión de una memoria pública. La historia se convierte así en una especie de partera de la nación. De ahí que los historiadores seamos considerados sujetos peligrosos e indeseables por aquellos que hoy desean hacerse con un patria nueva, por aquellos que se esfuerzan en inventar una memoria separada y enfrentada a España, una memoria que reescribe su idea de nación con los renglones torcidos del mito, del odio, de la animosidad, de la diferencia. A los nacionalistas de hoy no les interesa, en absoluto, conmemorar la guerra de la Independencia, que fue la que a un pueblo aparentemente disperso lo transformó en comunidad nacional por el calor y la exaltación de su respuesta unánime al extranjero. La resistencia española unió en una empresa común a soldados profesionales, labradores, artesanos, contrabandistas, granujas, bandoleros, mujeres que curaron heridos y empuñaron mosquetones y frailes que inflamaron la vena patriótica a la vez que daban la extremaunción a los guerrilleros moribundos. Hecho apreciado por Benito Perez Galdós, que poseyó el dominio pleno de aquella época, que entendió la revolución liberal como un avance de las ciudades sobre el campo, y que, en su retrato literario-histórico de una España habitada por las quimeras del sentimiento y poseída por la discordia, quiso esculpir y hacer pedagogía del presente. Así, por ejemplo, narró en El equipaje del rey José : «¡Oh si en el santo polvo a que se reduce la carne y los huesos de tantos hombres arrastrados a la muerte por el fanatismo y los rencores políticos quedase un resto de vida! ¡Cuántas íntimas reconciliaciones, cuántos tiernos reconocimientos, cuántos perdones no calentarían el seno helado de la fosa donde el insensato cuerpo nacional ha arrojado parte de sus miembros, como si le estorbasen para vivir!»
Todo el siglo XIX chisporrotea en la prosa llana, familiar, coloquial de los Episodios : revolución y reacción, progreso y tradición, rebeldía y resignación, fe y razón, dogma y sueño. Todo palpita en las páginas de este espejo móvil e incomparable de los usos políticos y sociales que atraviesan la España del siglo XIX y de las fuerzas que la arremolinan. Todo permanece y nos aguarda. Sólo en las páginas de las Novelas ejemplares de Cervantes, en los cuadros de Velázquez y Goya y en el abigarrado mundo de la novela picaresca del Siglo de Oro pueden el historiador y el lector encontrar esa plena verdad, esa mirada justa e implacable que el escritor canario emplea para describir las escenas de una nación que, al mismo tiempo, ha sabido vivir y soñar en la experiencia de la más angustiosa desventura.
Con el bicentenario de los levantamientos de 1808 y la guerra de la Independencia recordamos que la historia de España pertenece a la historia de Europa mucho antes de la entrada en la Comunidad Europea o del euro y a la de América con siglos de antelación a las Cumbres iberoamericanas. También nos sirve para insistir en que la libertad es preciosa como el agua, y, como ésta, si no se guarda, se derrama, se escapa y disipa. Un político de aquella época y padre de la Constitución de 1812, Agustín Argüelles, lo supo decir con proféticas palabras: «Vuelvo a repetirlo, señor: un Estado se pierde igualmente entregándolo al enemigo o equivocando los medios de salvarlo».
A un lado y otro del Atlántico, la muerte o la desilusión arruina a los mejores. A un lado y otro del Atlántico, los más sinuosos derrochan la herencia ganada con tanto dolor y tanta muerte. La amargura y desengaño de Bolívar, declarado enemigo nacional, expulsado por sus compatriotas de Venezuela, no es diferente a la del poeta Quintana, que ve cómo en 1814 el regreso de Fernando VII pone punto final al primer experimento de constitucionalismo en España. El primero muere con el espectáculo del fracaso en los ojos. Había arado en el mar. El segundo, evocando años después las jornadas históricas de Cádiz, se dolía del naufragio de otra quimera: «El paso grande estaba dado, la representación nacional establecida, la libertad restaurada y la tiranía destruida. Parecíame entonces imposible un retroceso a la opresión pasada y no me cabía en la imaginación que la generalidad de los españoles pudiese desearla jamás. Pero ¡ay!, ¡cuán poco conocía yo a mis paisanos y qué poco experimentadas tenía a las pasiones políticas!».
Hoy, en un tiempo en que España se ha convertido en un país de adictos a la invención de pasados mentirosos, el segundo centenario del Dos de Mayo es una buena oportunidad para recordar que la democracia y el Estado de derecho consagrados en nuestra Constitución se han creado gracias al esfuerzo de muchas generaciones, un magnífico pretexto para celebrar la libertad tan arduamente conquistada. Poco antes de convocarse las Cortes de Cádiz, Calvo de Rozas, uno de los escasos liberales admirados por Lord Holland, llamó a construir la razón de la resistencia antinapoleónica y la dignidad de ser español sobre la libertad y sobre un cuerpo político que contribuyera a afianzar los derechos del individuo. Ése es el prototipo de nación que celebramos, la que Galdós soñara entre las sombras de sus Episodios Nacionales , como él tolerante de lealtad contraria, heroica viviendo, heroica luchando, por el futuro que hoy es el nuestro. Esa nación de ciudadanos y no la otra, aquella que aún se imagina sobre la sensación de pérdida, sobre el rechazo del distinto, sobre el exilio o la amenaza del que no piensa igual.
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