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Revista de Occidente 326-327 Revista de Occidente

Razones de un bicentenario

por Fernando García de Cortázar
Revista de Occidente nº 326-327, Julio / Agosto 2008

Número de páginas: 4
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Pero si tras el levantamiento madrileño la movilización partió de la Iglesia y de la nobleza en defensa de sus prerrogativas, la prolongación de la guerra favoreció la obra de los jóvenes jacobinos que se habían unido al pueblo contra el invasor y dejado de lado a los afrancesados. De los Argüelles, Flórez Estrada, conde de Toreno, Muñoz Torrero o Martínez de la Rosa puede decirse lo que escribe La Forest del poeta Quintana: partidarios ardientes de la Convención, moderados admiradores del Directorio, enemigos jurados de Bonaparte el 18 de brumario. Con ellos, que se rebelan, no por reproducir el Antiguo Régimen, sino por devenir algo nuevo y algo mejor, amanece en Cádiz el sueño liberal del constitucionalismo y nace en España la promesa de una nación de ciudadanos iguales en derechos y deberes. «Yo quiero -dijo Muñoz Torrero durante los acalorados debates de Cádiz, certificando con su oratoria la urgente necesidad de una ordenación racional del territorio español- que nos acordemos que formamos una sola nación, y no un agregado de varias naciones.» El Antiguo Régimen, decían los profetas liberales, limitaba con la ceniza. La utopía, repetían los héroes románticos, era la verdad del mañana. Las naciones, pregonaban los poetas, tenían vida propia y todo era cuestión de despertarles el alma ante el tirano. «Despertad, raza de héroes; el momento llegó ya de arrojarse a la victoria», cantaba Manuel José Quintana queriendo llevar con su voz el oro de la libertad a los campos de España. «¿Paz, paz con los tiranos? Guerra eterna», decía Martínez de la Rosa, convencido de que la guerra contra el invasor francés o traía el final del absolutismo o no era guerra. «¡Patria no existe donde sólo hay opresos y opresores», escribía un jovencísimo duque de Rivas.
Junto al despertar de la nación y al recuerdo de lo que a nosotros, dentro de España, a menudo se nos olvida, la memoria de una hazaña colectiva que asombró a Europa, en el segundo centenario del Dos de Mayo quizá convendría también poner de relieve que las pasiones sectarias encontradas no son ni han sido nunca exclusivas de nuestro país. ¿Fue más civilizada en sus luchas políticas la Francia de Robespierre y Napoleón que la España de Carlos IV y la guerra de la Independencia, cuando el primero cortaba las cabezas de sus compatriotas y el segundo hacía cargar sobre media Europa unos sufrimientos como si fueran un tributo que le era debido?
¿Acaso los príncipes de la joven Alemania no faltaron igualmente a las promesas cultivadas por los poetas durante la lucha contra Napoleón y los hijos de las musas no fueron mandados también a los calabozos en pago por su abnegación y su noble credulidad?
Si el «progreso» estaba representado por los soldados franceses que mataban, robaban y violaban en España, muchos pensaron que se trataba de un progreso diabólico que debía ser combatido. Por otro lado, el Napoleón de 1808 no es ya el representante de las Luces de la Revolución francesa sino el emperador hegemónico, borracho de victorias y usurpador de reinos y regiones. Es el guerrero imperialista que decide invadir España, no para iluminarla con el resplandor de la Enciclopedia, sino para esquilmarla, como se quejaba su mismo hermano José I. No se trata de comparar horrores, pero sí de poner un poco las cosas en su dimensión histórica, y de no aceptar esa mirada desdeñosa hacia nuestro pasado y ese deleite fatalista y no poco masoquista que condena la España nacida del Dos de Mayo a la negrura de la reacción más grotesca. Se trata también de desterrar los tópicos que subrayan la vocación cainita del español, la sangre caliente, la intolerancia, la predisposición a matarnos los unos a los otros... y que, en este caso, sirve a algunos para su montaje de la guerra de la Independencia como guerra civil y no nacional. El bicentenario del Dos de Mayo puede servirnos también para recuperar la reflexión nacional de la historia de España sin pesimismo, sin llanto. Nos ha hecho mucho daño a los españoles la historia que nos han contado de decadencia y naufragios, el réquiem que asciende por los reinos de los Austrias al caer el siglo XVI y encadena la nación liberal del XIX hasta asfixiarla despiadadamente.
Hace años circulaba un ácido comentario referido a las conmemoraciones y a las grandes efemérides: ya se ha perpetrado otra efeméride. Recordemos la respuesta humorística de Guglielmo Ferrero a la petición de un colega para que preparara la semblanza de un coetáneo nada afín a ellos: «dámelo muerto». Es decir, mutilado, simplificado, sin alma, sin desolación ni quimera. Recordemos también aquel poema de Luis Cernuda contra la farsa elogiosa de los gobiernos a las cimas literarias de la nación, con motivo de la inauguración en París de una placa en honor a Rimbaud y Verlaine:
" Entonces hasta la negra prostituta tenía derecho a insultarles; hoy, como el tiempo ha pasado, como pasa en el mundo, vida al margen de todo, sodomía, borrachera, versos escarnecidos ya no importan en ellos, y Francia usa de ambos nombres y ambas obras para mayor gloria de Francia y su arte lógico".
Como los homenajes, los centenarios, que sirven para llamar la atención sobre algún capítulo de la historia o sobre cualquier personaje capaz de haber dejado su impronta en ella, son siempre temibles. Y lo son por varios motivos: por la ración de olvido que, paradójicamente, conllevan; porque, a veces, tan sólo sirven para alimentar los orgullos de la tribu; porque, en más de una ocasión, los políticos pueden convertirlos en guijarros afilados con que golpear la cabeza del adversario. No hace falta acudir a las últimas películas de Clint Eastwood sobre la guerra en el Pacífico entre Japón y Estados Unidos para saber que con la conmemoración de ciertos acontecimientos históricos se persigue, más de una vez, una parcial y placentera amnesia, un recuerdo a tono con los prejuicios y modas ideológicas del tiempo presente. Ha ocurrido así demasiadas veces. Al abrigo de sombras, los monumentos, los cenotafios, los centenarios pueden decir: «Para que no recordemos.» Y no: «Para que recordemos.»
La historia, nos dicen ya Tucídides y Tácito, arroja luz sobre el presente, y en su aspecto biográfico, como tempranamente nos descubren Suetonio y Plutarco, sobre la condición humana. Los centenarios son temibles, pero al mismo tiempo, si se evita maquillar los hechos, si no se manipulan para fortalecer el victimismo, el narcisismo de una opción política o los prejuicios de la época en que vivimos, pueden servirnos para mirar cara a cara el pasado y no quedar prisioneros del mismo, para comprender el presente que habitamos, para recordar las destructivas consecuencias de los fanatismos ideológicos. Y sobre todo, para restituir a lo que fue su dimensión humana, precaria, compleja...
Como historiador, siempre he desconfiado de las jornadas heroicas fabricadas o simuladas por los gobiernos, porque a menudo no discriminan con honradez sino que lanzan hurras con grosería, y no tienen en cuenta el simple heroísmo de una acción más que en la medida en que va conectado con un evidente beneficio publicitario. Sin embargo, el bicentenario del Dos de Mayo y de la guerra de la Independencia es una buena oportunidad para recordar el tortuoso itinerario que los derechos individuales de los españoles iban a recorrer hasta la actualidad de nuestra Constitución. Poco antes de morir, el escritor Thomas Mann, que acaba de experimentar una inmensa tragedia nacional y la locura del nacionalismo excluyente, llamó a construir la dignidad de ser alemán sobre la razón, sobre el individuo y sobre su sentido universal. Ése es el modelo de nación que festejamos.
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