Sin que nadie se hubiese valido de proclamas impresas ni de artificios de oratoria para provocarlo, el levantamiento del 2 de mayo iluminó con su esplendor de furia heroica no sólo a la España ocupada por las tropas deMurat sino también -y en palabras de Chateaubriand- a una Europa pusilánime que, siguiendo el ejemplo español, iba a oponer al emperador Bonaparte un enemigo más poderoso que los reyes: la nación, que en 1808 comienza su alzamiento en España. La nación, que desde el Rhin al Neva va a levantar sus armas contra las águilas hegemónicas de Napoleón, contra el Gran Corso a quien acusa la sombra de los ideales jacobinos traicionados y cuya voz se ha visto alterada por el despotismo y la embriaguez de los éxitos militares. «¡Qué gloria -se lamenta Stendhal- hubiera dejado Napoleón si le hubiera alcanzado una bala antes de la coronación, cuando propagaba las ideas de las Luces por toda Europa y aún no se había convertido en el usurpador que roba la libertad a su país y no ve sino dinero y más soldados!»
En 1808 Napoleón, lo dice también el escritor francés, «piensa habérselas con prusianos o austríacos», y creyó que disponer de la corte española era disponer del pueblo. Cegado por los éxitos anteriores, el emperador juzgó al pueblo español por la monarquía y las clases altas de la sociedad. Así, cuando ya ha decidido poner a su hermano José en el trono de Madrid, dice a sus ministros: «Esta gente no sabe qué es una tropa francesa. Los prusianos eran como ellos y ya se vio cómo se encontraron».
El error tendría notables repercusiones en las campañas continentales: lo que pareció ser un paseo militar se transformó en un atolladero que obligaría a mantener un contingente de tropas elevado, cada vez más necesario en el frente ruso. Levantado como héroe coral, frente al emperador se había sublevado no sólo «una chusma de aldeanos embrutecidos e ignorantes, gobernada por curas », sino una nación que no piensa, como en Alemania y Austria, que su defensa es sólo un asunto de reyes y tropas. «Las guerras de España -apunta el historiador francés Edouard Guillon- fueron las más largas, las más difíciles y las más dramáticas del primer Imperio...
Al cruzar los Pirineos entramos en el país de la aventura. Batallas, sitios, emboscadas, historias de mujeres, de monjes, de brigantes, el hambre y la sed, el degüello y el asesinato... todo muy diferente a la monótona Alemania que tantas veces habíamos atravesado... Las otras guerras pertenecen a la historia, pero las de España parecen pertenecer a la ficción». Para el gran teórico de la estrategia Karl Von Clausewitz, la excepcionalidad de la guerra peninsular viene también dada por ser la primera «guerra total» o guerra popular prolongada de la historia contemporánea. Y en esa contienda la guerrilla representó un elemento de primer orden. Fue un tipo de lucha -lo destaca Fernando Martínez Laínez- con participación activa de la población civil, sin límite temporal o de espacio, en el que vanguardia y retaguardia se fundieron en un escenario bélico global. Esta guerra generalizada, de frentes indefinidos, anticipó las guerras de liberación nacional que se produjeron en el siglo XX y revolucionaron el mapa del Tercer Mundo.
En los momentos culminantes de la guerra llegó a haber casi 50.000 guerrilleros, una alta cifra que sólo se explica teniendo en cuenta el alcance de la resistencia popular a la invasión francesa. La guerrilla presupone el carácter nacional de la guerra -dice el historiador Miguel Artola- y manifiesta la colaboración plena del pueblo, sin la cual los guerrilleros estarían condenados a un rápido exterminio. El conde de Toreno, en su clásica obra Historia del levantamiento, guerra y revolución en España , asegura que había guerrillas «en cada provincia, en cada comarca, en cada rincón», y algunas contaban con varios miles de hombres. Las guerrillas, anota en julio de 1810 en un despacho el embajador francés, conde de Laforest, aparecen por todas partes como enjambres y parecen dar muestra de mayor intrepidez conforme transcurre el tiempo.
La guerra de la Independencia hubiera sido inconcebible sin una etapa previa de «nacionalización» de la sociedad española llevada a cabo por los ilustrados. Las referencias a un carácter nacional determinado por la geografía, el clima, la historia o las costumbres -lo recuerda Tomás Pérez Vejo- son muy frecuentes entre los ilustrados españoles. Si ya en el último cuarto del siglo XVII el conde de Fernán Núñez había utilizado la expresión «el genio de la nación», avanzada la siguiente centuria proliferaron conceptos semejantes en los escritores de la Ilustración. A partir de entonces, términos como España o Francia asumen una forma nacional y empieza a perfilarse una imagen política de esos países que se superpone a la idea de unos territorios cuyo único vínculo era el ser súbditos de un mismo rey.
Llamarada de cólera, el levantamiento del 2 de mayo flota sobre la deserción de Fernando VII, primero de los afrancesados, y enciende la mecha de la guerra de la Independencia, un seísmo patriótico, nacional, que diluye las viejas barreras históricas y culturales y fusiona todas las regiones españolas en una respuesta común contra el ejército imperial del Gran Corso. Lo sabe ver a tiempo Jovellanos, que se resiste a seguir las ofertas de sus amigos afrancesados para unirse a la corte de José Bonaparte y comprende un porvenir donde el pueblo español exigirá ya el nombre de nación: «La nación se ha declarado generalmente y se ha declarado con una energía igual al horror que concibió al verse tan cruelmente engañada y escarnecida.» Lo vio igualmente Stendhal, ya pasado el tiempo, cuando escribe su Vida de Napoleón : «España ofreció de pronto un espectáculo semejante al de Francia cuando se llenó de gente que deliberaba sobre los peligros de la patria». Y mucho antes el propio Napoleón, que se reprocharía haber presentado la empresa española como una descarada conquista «al desnudo» y que en el crepúsculo de la derrota se repite a sí mismo: «la inmoralidad debió de mostrarse de manera demasiado patente, la injusticia de manera demasiado cínica». «Los españoles, en masa, -reconoce en el memorial de Santa Elena- se portaron como un hombre de honor».
Por supuesto, el Dos deMayo de 1808 tiene también algo de temible, hasta de absolutista. La atmósfera de cataclismo da miedo a las personas templadas, que recelan de un pueblo exhortado desde los púlpitos a guerrear «las guerras del Señor, contra sus enemigos los franceses libres». En el Madrid del Dos de Mayo, la muchedumbre enfurecida no gritaba ¡viva España! ni ¡viva la libertad! sino ¡viva Fernando VII! y ¡mueran los franceses! El huracán de sangre que barrió las calles de la capital, promovido también por la feroz represión de Murat, no sólo llenó de estupor la mirada de las elites y los ilustrados españoles, alineados un buen número de ellos con José Bonaparte, sino también la de aquellos que habrían de reunirse en las Cortes de Cádiz. Con su muerte furiosa latiendo en los puñales, el Dos de Mayo de Goya es un claro reflejo de ese odio feroz contra el francés, de la misma manera que los recuerdos de BlancoWhite abriéndose camino por las tierras ensangrentadas de España dejan en el papel un eco de turbas fanáticas guiadas por el clero y la nobleza.