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Revista de Occidente 326-327 Revista de Occidente

Razones de un bicentenario

por Fernando García de Cortázar
Revista de Occidente nº 326-327, Julio / Agosto 2008

Número de páginas: 4
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Tácito, escribió Borges en uno de sus apuntes, no entendió la Crucifixión, aunque la registra su libro. Y la razón de que aquel hecho pasara desapercibido a los ojos del implacable cronista de la época de los primeros césares hizo sospechar al escritor argentino que la historia, la verdadera historia, es pudorosa y que sus fechas esenciales pueden ser, durante largo tiempo, secretas. Así, marca una fecha histórica no el día en que Pizarro conquista el Perú sino aquel en que el inca y veterano capitán español Garcilaso, conquistador conquistado, toma la pluma y comienza a escribir los Comentarios reales : «Los cuatro términos que el Imperio de los Incas tenía, cuando los españoles entraron en él...»
Como tantas otras reflexiones de Borges, la idea de una historia universal pudorosa resulta muy sugerente: y más aún en los tiempos que habitamos, con una memoria sentimental teñida de ternura hacia los marginados de todas las especies o los personajes secundarios de segunda y tercera fila.
Sin embargo, el brillo oscurecido de estas jornadas desapercibidas no puede borrar la medida y el alcance de lo que Zweig llamó momentos estelares de la humanidad. Porque la historia no siempre es secreta. ¿Cómo olvidar la trascendencia, por ejemplo, del año de 1453, o, un poco más adelante, cómo olvidar aquel ya legendario «tierra a la vista» de 1492? La primera fecha marca la caída de Constantinopla bajo la media luna turca. Una era se cierra para siempre. La segunda fecha no es menos estelar. Los barcos de los Reyes Católicos abren entonces un nuevo mundo. Un continente ignorado emerge desde el confín de los océanos a modo de una Atlántida perdida, y la vieja Europa, con Castilla a la cabeza, se lanza a conquistar y colonizar una nueva utopía del espíritu.
No puede negarse que la historia, cualquier historia, es mucho más que un ramillete coloreado de jornadas históricas. Pero tampoco que hay acontecimientos que marcan la geografía política y cultural del mundo, sucesos que no pueden ignorarse si no queremos dejar de contar la aventura de la historia. El Dos de Mayo de 1808 es uno de ellos. El motín del pueblo madrileño no fue sólo el más célebre de la larga serie de estallidos nacionalistas desencadenados en la península ibérica tras la invasión francesa ni, únicamente, el pistoletazo de salida para los liberales que habrían de soñar en Cádiz un modelo de nación respetuoso con las libertades y los derechos individuales. También es el comienzo del derrumbamiento de tres siglos de unión política entre España y América. Un espectador profético de la carga del mameluco y del coracero sobre la multitud que respondía al arma blanca, o de la desesperada resistencia de Daoiz y Velarde en el parque de artillería de Monteleón, el 2 de mayo de 18 08, hubiera visto que un racimo de apariencias futuras acompañaban al pueblo madrileño en su inmenso clamor de dies irae contra el invasor francés. Los guerrilleros y los fusilados de Goya, grotescos y sublimes, monigotes y arcángeles, anónimos e inmortales frente a sus verdugos franceses; la sombra lejana de Simón Bolívar dinamitando los puentes de América con la metrópoli española y su posterior lamento por el caos de estériles guerras civiles y de conspiraciones sórdidas en que se perderán toda la energía, toda la fe, toda la razón necesarias para aprovechar y dar sentido al esfuerzo de la Independencia; Torrijos en la playa, al alba, ante la mar bravía, como en el soneto de Espronceda, y los generales del reinado isabelino, que fue un albur de espadas y de sargentos amotinándose en los cuarteles; los jerifaltes y soldados carlistas convirtiendo la carta geográfica de ciudades y montañas y ríos en el plan estratégico de una batalla sin fin.
Todas las apoteosis -pasadas o presentes, soñadas o reales- tienen algo en común: el personaje, el héroe, coral o no, suplanta definitivamente a la persona, liberada de la decadencia, detenida en una imagen de plenitud intemporal. Tras la explosión popular de mayo -que deja no pocos posos de tristeza en testigos refinados como Blanco White o en el alma del ministro afrancesado José de Azanza-, a los madrileños que masacran y son masacrados en la Puerta del Sol o en el Parque de Artillería deMonteleón no les atañe el sepulcro, con sus humedades magras, sino la alta claridad de las esferas legendarias. Tras la noche de lóbrega matanza, los alucinados patriotas de Goya que desatan su ferocidad contra los vistosos mamelucos y el villano rebelde, que se yergue ante el verdugo con los brazos en alto, dialogan ya con la sombra polvorienta y guerrera del Cid. Y con ellos, en el terreno de la leyenda y del mito, pasa el rabioso y poseído Juan Malasaña, retratado por el pintor Dumont en plena lucha con un horrorizado dragón francés, al que clava su navaja. O la sombra patética y pálida del capitán Luis Daoiz, que antes de inspirar sus cuadros a Sorolla y Alenza, antes de armar a quien quisiera luchar y morir, antes de cerrar los ojos al mundo blandiendo el sable contra el general Lagrange, ha confesado a su compañero Velarde: «Perdida está España, pero tú y yo moriremos por ella».
Todo lo relativo al Dos deMayo es materia épica, materia de esa parte del sueño que nutre la memoria colectiva de los pueblos, pero entre el paso sonoro de los coraceros y los dragones imperiales, entre las descargas de fusilería de quienes disparan sobre la siniestra escenografía de los paredones enrojecidos por la sangre, tras aquel estremecimiento anti-francés en el espinazo de España hay también un lugar para otro sueño poblado de no menos quimeras del sentimiento. La revolución liberal. La nación, que nace progresista en 1812, y cuya gran cohesión en la guerra de Independencia demuestra que ya palpitaba ahí en el siglo XVIII , latente, gestándose en el discurso de los reformistas del despotismo ilustrado y de los hombres de letras y de acción de la generación de Quintana y Marchena, hechizados por el ejemplo de la Revolución francesa.
Tiempo de sombras, pero también de ilusiones, el motín madrileño de mayo se convirtió en levantamiento, el levantamiento en la primera guerra de liberación de Europa, y la prolongación y la dureza de ésta en el empuje constitucional de Cádiz. Si los madrileños del Dos de Mayo permanecen todavía en medio de la batalla, combatiendo a trompicones, más débiles, en el fondo, de lo que quisieran aparentar, los más audaces y jacobinos de los diputados de Cádiz nos miran hoy con la bandera de la nación y del liberalismo en los ojos.
Como la nación en armas francesa el año 1792, los españoles, en masa, en 1808. Porque es ahora, el 2 mayo de 18 08, cuando el pueblo real, el pueblo llano, generoso, verdadero, terrible y admirable, se adelanta al primer plano de la historia y se empeña en actuar de altavoz y protagonista. Es ahora, frente a unas instituciones sumisas a los dictados del invasor, un ejército acuartelado, que abandona a los pocos oficiales unidos al arrebato pasional de los madrileños, una larga nómina de gente letrada que confía en las tropas imperiales y en un rey de dinastía napoleónica para la prolongación del despotismo ilustrado, y una burocracia y unos monarcas entregados a Napoleón, cuando pasa por la península ibérica entera, estremeciéndola, el grito colectivo, coral, arrebatado y memorable izado por el pueblo madrileño.
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