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Revista de Occidente 325 Revista de Occidente

Imposible pero real.Memoria e historia (de Mayo del 68 al 11-S)

por Mario Perniola
Revista de Occidente nº 325, Junio 2008

Número de páginas: 4
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Sobre la primera cuestión es la filosofía italiana la que ha reflexionado con más sutileza y criterio. La verdad efectiva de la cosa no es algo inmutable, opaco e impenetrable porque suceda de modo imprevisto, inesperado e impensado: es el resultado de un movimiento incesante. Como dice Guicciardini, «las cosas del mundo no son estables», aunque ese movimiento sea mucho más lento que el de nuestra vida, cuya brevedad hace que muy a menudo ni siquiera nos apercibamos de él. Esta consideración encuentra una imagen muy cara a Bataille, la del «viejo topo» que excava en las profundidades insalubres de la tierra para salir fuera cuando y donde uno menos se lo espera. La metáfora, extraída de Marx, que comparaba justamente la lucha de clases con la actividad de este animal al que no le gusta mostrarse, es recuperada en los años treinta del siglo XX por el joven Bataille en su polémica con André Breton, que tendría una visión «icariana» y ascensional del arte y de la cultura. Para Bataille, el sentido global de las experiencias soberanas no se muestra nunca en el mundo del primado de los valores útiles. En la tradición de la cultura italiana en cambio es precisamente la historia el lugar donde se dan las mayores sorpresas: «las cosas futuras son tan falaces y están sometidas a tantos accidentes, que la mayoría de las veces incluso los más sabios se engañan con ellas» ( Recuerdos , § 23).
La orientación historicista de la cultura italiana siempre ha estado muy atenta al aspecto diacrónico de la realidad, a los movimientos a través de los cuales muchas extraordinarias mutaciones son sólo aparentes (§ 50) y, viceversa, «pequeños y apenas visibles principios son con frecuencia causa de grandes ruinas o de felicidad; por este motivo es de grandísima prudencia considerar y sopesar bien cualquier cosa por mínima que sea» (§ 82).
La praxis
¿Cuáles fueron los pequeños signos premonitorios de estos tres acontecimientos que ni siquiera los «sabios» supieron prever? Retomando la noción marxista de praxis (entendiendo con este término la unión dialéctica de acción humana y teoría cognitiva), ¿dónde y cuándo se pueden encontrar elementos conceptuales que anticipasen estos tres acontecimientos? Si nos quedamos en la superficie, resulta fácil dar una respuesta. El Mayo francés se vio acompañado por el retorno de todas las teorías revolucionarias del movimiento obrero y socialista de los siglos XIX y XX ; la descomposición de los regímenes comunistas europeos estuvo relacionada con el renacimiento de los nacionalismos; por último, el atentado de las Torres Gemelas se vincula estrechamente con el radicalismo islámico. Sin embargo, ¿cómo no darse cuenta de que tales explicaciones son genéricas y banales? Hay algo que no encaja en esas vinculaciones. La relación entre toma de conciencia y acción adopta modalidades formales esencialmente distintas de las que adoptaron los grandes acontecimientos de la modernidad.Mayo del 68 no fue una revolución y seguramente sus portavoces no eran revolucionarios comparables a los jacobinos o a los bolcheviques. El nacionalismo alemán tampoco fue lo que derribó el muro de Berlín, y la explosión nacionalista de los estados que componían la Unión Soviética tiene poco que ver con el patriotismo del siglo XIX (aunque sólo sea por el hecho de que en ella adquiere un papel decisivo la atracción ejercida por las sociedades de consumo occidentales). En cuanto al 11 de Septiembre, se ha visto cuán poco acorde con la tradición del islam fue la acción de los diecinueve autores de los atentados suicidas.
De los tres acontecimientos imposibles pero reales que son objeto de estas reflexiones se han dado explicaciones mucho más sofisticadas. En lo que se refiere al Mayo francés, se ha defendido que fue el resultado de la convergencia entre la critique sociale a la sociedad burguesa llevada a cabo por el movimiento obrero y socialista, haciendo palanca sobre las necesidades de seguridad y de justicia, y la denominada critique artiste , avanzada por los poetas y los artistas a partir de finales del Setecientos y que se hizo portavoz de los deseos de autonomía, creatividad, autenticidad y liberación (Boltanski-Chiapello, 1999). Bataille se inscribe sin duda en el segundo tipo de crítica, cuyo heredero puede ser considerado Jean Baudrillard. Sin embargo, el 68 espera todavía al escritor, al historiador o al artista que sepa contarlo o representarlo, casi como si su naturaleza milagrosa fuese inseparable de su futilidad. Casi como si sus actores fuesen similares a aquellos diletantes del milagro descritos por Carl Einstein en su famosa novela de 1912: «si existe una riqueza futura, saldrá de la nada, de lo irreal -dice el protagonista Bebuquin-. Es la única garantía para el futuro» (Einstein, 1972). El último texto de Baudrillard, escrito dos meses antes de su muerte, se titula Pourquoi tout n'a-t-il pas déjà disparu? Aquí el milagro no es la aparición de algo imprevisto; la forma interrogativa da fe de la permanencia de lo que ya hace tiempo que debería haber desaparecido. «Ce monde n'a plus besoin de nous ni de notre répresentation -d'ailleurs il n'y en a plus de représentation possible» (Baudrillard, 2007, 24).
Por lo que respecta a la disolución de los regímenes comunistas europeos, la crítica al «capitalismo de Estado» ha sido conducida por muchos «comunistas heréticos y marxistas heterodoxos» desde la época de la Revolución rusa. La revista Socialisme ou Barbarie publicó a los largo de sus dieciocho años de existencia (1948-1966) una serie de estudios que ponían de manifiesto la pervivencia de la lucha de clases en los países comunistas, así como las incoherencias de sus economías. En el curso de los años sesenta algunos historiadores franceses habían estudiado la descomposición del sistema soviético y anunciado su caída (Emmanuel Todd, 1976: Hélène Carrère d'Encausse, 1978). En el plano de las realidades efectivas, las insurrecciones de Budapest (1956) y de Praga (1968) constituyeron momentos cruciales de la historia del comunismo. Sin embargo podían ser episodios aislados. Además la Unión Soviética no cayó como consecuencia de una guerra civil, sino de un colapso interno cuya responsabilidad no puede ser atribuida simplemente a la incompetencia o a la corrupción de la clase dirigente, o incluso simplemente al conflicto entre Gorbachov y Yeltsin.
Finalmente parece imposible que una sociedad como la islámica, donde las relaciones comunitarias tradicionales tienen tanta importancia, haya producido individuos totalmente emancipados e independientes de sus familias de origen, dispuestos a morir en nombre de algo abstracto e impersonal. Tampoco en este caso faltan las explicaciones sofisticadas que atribuyen ese engagement extremo a la influencia ejercida por el existencialismo en la teología islámica del siglo XX . Un papel determinante habría correspondido especialmente al teólogo iraní Ali Sharinati, seguidor de Sartre y muerto en Londres en 1977 en circunstancias que siguen siendo misteriosas, quien supo transformar el culto al sufrimiento quietista y ritual del chiísmo en un activismo existencial, que apela a todos y cada uno de los musulmanes, ofreciéndoles no una victoria contra la arrogancia y el superpoder de Occidente imposible en el actual estado de cosas, sino un modo de afirmarse que trasciende los conceptos tradicionales y realistas de éxito y de fracaso (Khosrokhavar, 2002). Sin embargo está por ver cuántos estudiosos de la teología islámica o del existencialismo había entre los diecinueve terroristas del 11 de septiembre, y cuántos entre los centenares de autores de atentados suicidas que se hacen saltar por los aires cada día.
El presentismo
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