Hay quienes al acercarse a un autor lo hacen siempre desde la discordia y no le sacan jugo más allá de publicar libros o artículos de más o menos repercusión. En el fondo, no lo entienden y el ánimo en que se produce su aproximación les impide aprender de él. Hay gente que sólo sabe polemizar, que sólo sabe pensar frente , lo cual es necesario, pero que no sabe pensar con los grandes maestros. En lugar de la discordia en el ánimo es recomendable el amor intellectualis para que este ser histórico y biográfico que es cada hombre llegue a pensar por sí mismo, pero a sabiendas de que sólo se puede pensar (bien) en compañía.
Ortega indudablemente es uno de esos grandes maestros. Hay muchas cuestiones de su pensamiento que hoy se pueden considerar superadas o insuficientes, tanto de su metafísica, como de sus meditaciones sobre la política, la sociedad, el arte, la literatura, etc., pero su «experiencia de mundo» nos puede servir todavía para ahondar en el conocimiento de la realidad nuestra, de la circunstancia que nos ha tocado vivir. Esto es lo esencial del diálogo que cada uno establece con los maestros, sean estos presentes o sean, como decía Quevedo, «las grandes almas que la muerte ausenta».
No se trata de la consabida obsesión por la «actualidad» del pensamiento orteguiano con que los periodistas suelen abordarle a uno en cada conmemoración orteguiana. El pensamiento de Ortega -él mismo lo decía- es circunstancial, está inscrito en su circunstancia y sólo desde su contexto histórico se entiende. Otra cuestión es qué de su pensamiento puede seguir ayudándonos hoy a pensar, qué temas pueden seguir teniendo vigencia al trasladarlos al presente. No hay lugar sino para un par de ellos:
1) Todo hombre tiene una metafísica, por tosca que ésta sea, desde la que vive. La mayoría de los hombres sólo sabe vivir desde las creencias vigentes en el tiempo, y hereda sin rechistar las cosmovisiones que encuentra en el entorno social. La filosofía de Ortega incita al hombre a hacerse su propia metafísica, su interpretación del mundo, para que cada uno pueda vivir auténticamente la vida. El concepto de la vida humana de cada uno como la realidad radical, con todas sus insuficiencias, sigue siendo la metafísica más profunda que ha dado el siglo XX para la comprensión del hombre, y no creo que el siglo XXI haya dado todavía ninguna otra. Esta metafísica está basada en la idea de que toda vida humana es un yo más su circunstancia, donde aparecen todas las otras realidades (cuestión distinta es si aquí encuentran su ser, como dice Ortega, que sería discutible, y hay textos que permiten interpretaciones distintas). Esa vida humana no es un ser estático sino un devenir, un ir haciéndose desde un presente, que se apoya en un pasado individual (biográfico) y colectivo (histórico), hacia un futuro. La vida es, como dice el filósofo, futurición; está siempre inclinada hacia delante y no queda más remedio que ir haciéndosela uno, porque en el fondo más íntimo es libertad, es un quehacer propio, que si se atreve a ir más allá de lo mostrenco social, dentro de lo que inevitablemente hay que vivir, será auténtica. Éste es el camino para la felicidad: la realización progresiva de la vocación, y esa vocación, cualquiera que sea, sólo se puede cumplir en convivencia. Frente al ser suficiente que había buscado la filosofía, Ortega descubre, desvela como realidad radical un ser indigente, en el que el yo y la circunstancia se necesitan.
2) En relación con esto, el perspectivismo orteguiano, de base leibniziana y fenomenológica, lleva a la formación de culturas sobre la base del diálogo para la construcción del sistema de ideas desde las que cada tiempo vive. El hombre no puede tener todas las perspectivas para conocer la realidad, así que sólo la suma de perspectivas permite una mayor aproximación a la verdad. Esto no significa que toda perspectiva ofrezca el mismo grado de certeza, pues pueden mediar situaciones que distorsionen el conocimiento, pero, en último término, como decíaMachado en su Mairena , el diablo no tiene razón, pero tiene razones, y hay que escucharlas todas. Podríamos seguir señalando ideas orteguianas en las que conviene detenerse a pensar desde el presente hacia el futuro: el hombre-masa y la imposición de sus valores en la sociedad, la esencia liberal y democrática de los regímenes políticos, lo que Ortega llamó un «socialismo ético» o «liberalismo social», la unidad política de Europa como salvación de cada una de las naciones integradas en ella y de sus valores peculiares y de los comunes a la civilización occidental, la misión de la pedagogía, el valor del arte abstracto, etc., etc. Pero baste así, pues en todos los temas apuntados conviene entrar con pie firme y con suficientes aclaraciones, que no son las que permite la presentación de este número de mayo, en el que un año más Ortega vuelve a estar presente en su Revista.