Hay excepciones, como en el caso de que cortemos la parte lateral de un tronco, pero en general la planta no se verá muy afectada. Pero, por otro lado, la parte seccionada de la planta sí resultará gravemente afectada. Lo normal es que muera, a menos que la mantengamos en unas condiciones especiales. Comparemos ahora esto con lo que ocurre en el caso de un animal. Seccionar una parte del animal tendrá efectos devastadores tanto sobre la parte como sobre el resto del organismo. A menos que tomemos medidas para mantenerlo vivo, el animal morirá. Estos ejemplos demuestran la existencia de grados de interdependencia muy diversos. Reconocer esta disparidad de comportamientos es importante para conseguir caracterizar los sistemas como redes sociales. Consideremos la familia u organización de que formamos parte. ¿Cuán fuertes son las dependencias entre las partes? ¿Qué ocurriría si una parte fuese separada del conjunto? ¿Importaría de qué parte se tratase? Un problema conceptual que se plantea de forma recurrente cuando nos enfrentamos a los sistemas complejos es que la gente considera que la complejidad de un sistema es algo subjetivo. Sin embargo, dar cuenta de esa subjetividad es algo que la ciencia ya hace. Por ejemplo, el movimiento de un objeto depende del movimiento del observador. Ésta es una parte bien conocida tanto de la física newtoniana como de la relativista. En términos de sistemas complejos, el aspecto más importante de la observación es la escala del detalle a que es sensible el observador. Es lo que también podríamos denominar «distancia del observador respecto al sistema» (Y. Bar-Yam, 1997, 2002a, 2004a, 2004b, 2004c). Dependiendo de la cercanía o lejanía del espectador, un sistema puede ofrecer diferentes niveles de complejidad. Pensemos en nuestro planeta. A determinada escala de observación es un simple punto -un planeta que se desplaza siguiendo una órbita predeterminada. Pero, observado con mayor detalle (a menor escala), su complejidad aumenta enormemente: el movimiento de la atmósfera y los océanos, la flora y la fauna, las ciudades, los seres humanos, etc. Fijémonos que en esta comparación seguimos considerando toda la Tierra, y no sólo una parte de ella, aunque cada vez vayamos reduciendo más la escala. Así, la complejidad no puede ser registrada como una cantidad o cualidad única. Puesto que no es una cantidad única, algunos piensan que su utilidad no es mucha. Sin embargo, no es la cantidad propiamente dicha, sino la variación en la complejidad dependiendo de la variación en la escala lo que puede descubrir importantes propiedades de un sistema.
En el New England Complex Systems Institute hemos desarrollado una técnica denominada «análisis a escala múltiple» (Y. Bar-Yam, 2004c, 2004d, 2002d), que nos ayuda a entender bien estas realidades. El análisis a escala múltiple analiza un sistema utilizando simultáneamente diversas escalas, determinando la complejidad en cada una de ellas y por tanto la relación existente entre los componentes y los comportamientos del sistema a través de esas escalas. Esta técnica es especialmente útil para describir la «emergencia », los distintos modelos surgidos de la interacción colectiva de las partes de un sistema. Por ejemplo, los comportamientos emergentes de una selva serían sus ciclos de incendio y regeneración.
Tales comportamientos serían perceptibles a gran escala, aunque al utilizarla se perdiesen los detalles del sistema. Que la complejidad dependa de la escala es un principio que se podría aplicar a diferentes tipos de sistemas. Pero, más que pensar en los sistemas que estudia la ciencia convencional, interesa pensar en aquellos otros que la ciencia tradicional no suele analizar por carecer de los instrumentos necesarios. Veamos qué se puede decir de algunos de los sistemas más complejos que conocemos: la sociedad moderna y las organizaciones que alberga. Como avanzamos al principio de este ensayo, el mundo se ha hecho mucho más interdependiente en los últimos años. Intervenciones en un lugar del mundo pueden, y a menudo lo hacen, afectar a lo que ocurre en otro(s) lugar(es). Volviendo a los ejemplos que antes hemos propuesto, el mundo se parece cada vez más a un animal, y menos a un trozo de metal, o incluso a una planta. Si seccionamos una de sus partes, el efecto sobre las restantes será considerable.
Para analizar el modo en que ha surgido esta interdependencia creciente, debemos analizar las maneras en que las personas influyen unas en otras. Pensamos en esa influencia entre personas en términos de control -no necesariamente coercitivo, pero control en cualquier caso. En las organizaciones tradicionales el control se ejerce a través de la jerarquía. A lo largo de tres mil años, las jerarquías han sido la forma genérica adoptada por las organizaciones humanas. Está claro que resultaría útil entender cómo funciona una jerarquía, y el modo en que influye en la complejidad de un sistema social.
En una jerarquía perfecta, los individuos sólo pueden comunicarse en sentido vertical, hacia arriba o hacia abajo de la estructura de mando. Si uno quiere coordinar sus actividades con alguien que trabaja en la puerta de al lado de la oficina, habla con su jefe, y éste le explica lo que tiene que hacer a esa persona de la puerta de al lado. Si uno quiere coordinarse con alguien que trabaja a la entrada de la oficina y cuyo trabajo no está supervisado por el mismo jefe, tendrá que hablar con su jefe inmediato, que hablará con su propio jefe, que a su vez hablará con el jefe de la persona que trabaja en la entrada, que finalmente explicará a ese trabajador qué se quiere que haga. Por supuesto, los jefes no necesitan esperar a que alguien de los niveles inferiores les sugiera algo; podrían simplemente decir qué hay que hacer a quienes les presentan sus informes.
Otra forma de representarse la comunicación en los sistemas jerárquicos es como algo que se filtra hacia los niveles jerárquicos superiores reduciendo el volumen de información a aquel que los jefes necesitan, mientras que la comunicación hacia los niveles inferiores de la jerarquía proporciona los detalles necesarios para que los trabajadores desempeñen sus tareas.
Consideremos algunos sencillos ejemplos del modo en que las jerarquías funcionan en el ejército y en la producción industrial. En el caso del mundo militar, tomemos como ejemplo aquellos ejércitos de la antigüedad que conquistaron gran parte del mundo conocido, y más concretamente las falanges de AlejandroMagno o las legiones romanas. Su funcionamiento se caracterizaba por largas marchas en las que participaban multitudes de individuos que ejecutaban simultáneamente una sola tarea, repitiéndola un gran número de veces. El comportamiento de cada individuo tiene aquí un bajo nivel de complejidad y muestra un notable equilibrio entre la complejidad y la escala. Para que exista acción a gran escala se debe reducir la complejidad en las escalas inferiores. La gran escala de la acción produce consecuencias también a gran escala, como resulta evidente por la el tamaño de los imperios creados por aquellas organizaciones militares. La escala del impacto de las falanges y de las legiones romanas fue extraordinaria, incluso si la comparamos con parámetros actuales. Además, para que este tipo de organización funcione, tiene que haber muchos individuos que sigan las instrucciones de un mando único. El líder situado en la cima de la pirámide decide hacia dónde marchar, cuándo combatir, etc.
Si queremos poner un ejemplo relacionado con la producción industrial, tomemos las fábricas en que se producía el modelo T de Ford. Antes de Ford, cada coche era creado por un artesano, que tardaba alrededor de un año en montarlo totalmente. La idea básica de Ford era simplificar la tarea de cada individuo, logrando para ello que éste repitiese una y otra vez una tarea de baja complejidad.