También podemos aplicar esta comprensión básica a sistemas más específicos, como el sistema sanitario, mostrando los pasos que hay que dar para resolver algunos de sus más acuciantes problemas. Sin embargo, antes de continuar analizando el modo en que el estudio de los sistemas complejos puede ayudarnos a encarar la preocupación con que contemplamos algunos sistemas sociales específicos, hemos de volver al estudio de los sistemas complejos en general. Más en concreto, ¿en qué difiere ese enfoque del de la ciencia más tradicional? Resumiendo, en los sistemas complejos la atención se concentra en la relación entre sus partes, más que en las partes en sí mismas. Tradicionalmente, un científico observa algo e intenta entender cómo funciona. Uno de los más importantes principios que ayudan a entender este proceso es que todas las cosas se componen de partes. Así, y de un modo bastante razonable, decimos: «veamos cómo funcionan esas partes; eso nos ayudará a entender cómo funciona la cosa». Sin embargo, cuando examinamos una de las partes, nos damos cuenta de que también está compuesta de partes. El siguiente paso lógico es pues examinar las partes que constituyen la parte. Por ejemplo, el cuerpo humano está constituido por nueve sistemas de órganos; estos sistemas de órganos están compuestos de órganos, que a su vez están formados de tejidos, que a su vez están formados de células, que a su vez están formados de orgánulos, que a su vez están formados de moléculas, que a su vez están formados de átomos, que a su vez están formados de partículas elementales. Es imposible negar que la ciencia ha conseguido grandes avances separando unas cosas de otras.
Sin embargo, lo que este método de análisis no resuelve es el problema de entender las relaciones entre las partes. Es evidente la importancia de ese entendimiento. Si todos los sistemas que existen a nuestro alrededor estuviesen compuestos de las mismas partículas elementales y sus relaciones fuesen irrelevantes, todos los sistemas serían idénticos. Evidentemente, la realidad no es ésa.
Tratamos de entender las partes con tanto detalle que a veces nos olvidamos de qué era lo que pretendíamos entender en un principio. Además, la estrategia de observar las partes puede impedirnos ver el modo en que las propiedades de un sistema surgen a partir de las relaciones entre sus componentes. Esto se refleja en lo que pensamos sobre ello en general. Más concretamente, afecta a la forma en que nos enfrentamos a la resolución del problema que se plantea cuando intentamos solucionar problemas en la sociedad.
En efecto, una de las principales dificultades a la hora de resolver problemas está en que creemos que el problema reside en las partes, cuando en realidad se encontraría en las relaciones entre esas partes. Como resultado de ello, hay un gran número de cuestiones fundamentales a las que sólo podemos enfrentarnos reflexionando cuidadosamente sobre las conexiones en un sistema considerado como un todo.
Para ayudar a entender esas relaciones, debemos empezar desarrollando unos marcos que nos permitan caracterizar su naturaleza. Estamos rodeados de sistemas dotados de componentes múltiples. Pero lo importante es desarrollar formas de caracterizar, clasificar y describir la naturaleza de sus relaciones. Una dificultad a la que nos enfrentamos al prepararnos para considerar la relación entre las partes de un sistema es que no todos los sistemas, independientemente del número de componentes que contengan, son igualmente «complejos», en el sentido que aquí daremos al término.
Algo que puede servirnos para comprender este tema es establecer una comparación entre sistemas naturales y sistemas planificados.
Un sistema planificado, un microprocesador por ejemplo, es un aparato extremadamente complicado, con millones de componentes electrónicos. Lo mismo podría decirse de un sistema surgido espontáneamente, como la economía global. Sin embargo, entre ambos existen diferencias fundamentales. Mientras que el microprocesador fue cuidadosamente diseñado y probado por técnicos, y cada uno de sus componentes colocado en una posición determinada de forma deliberada y consciente, la economía global es algo muy distinto. Nadie puede vanagloriarse de haber diseñado la economía global. Es más, nadie puede asegurar que puede controlarla o entenderla del todo. Y mientras que el microprocesador puede crecer únicamente por medio de un cuidadoso proceso de nuevo diseño, la economía crece (y se contrae) ella sola, sin ser explícitamente dirigida por nadie. La economía global es mucho más robusta, tiene mucha más capacidad de adaptación y respuesta a los cambios del entorno. Considerada en su conjunto, puede dominar las perturbaciones y los cambios en sus subcomponentes. Estas diferencias tienen que ver con el modo en que los componentes interactúan en cada momento, y a lo largo del tiempo.
En nuestra sociedad, lo mismo que en el mundo natural, encontramos otros muchos sistemas de características similares a las de la economía global que acabamos de examinar: redes de comunicación, ciudades, organismos, ecosistemas, etc. Mientras que la tradicional atención a la planificación de los sistemas incluye las relaciones entre las partes, esas relaciones quedan cuidadosamente delimitadas y no describen eficazmente unos sistemas realmente complejos. Por tanto, si queremos llegar a entender los sistemas sociales y biológicos, hemos de desarrollar nuevos instrumentos que nos permitan penetrar en el funcionamiento específico de dichos sistemas. Esto irá ganando en importancia a medida que vaya haciéndose más borrosa la frontera entre sistemas planificados y sistemas naturales. Internet es un buen ejemplo de semejante fenómeno.
Aun cuando se base en un sustrato planificado, gracias a sus interacciones se ha convertido en un sistema dotado de crecimiento orgánico (Y. Bar-Yam, 2002b). La importancia del estudio de los sistemas complejos reside en que nos capacita para entender, y tal vez incluso diseñar, este tipo de redes sociales.
Al tiempo que el desarrollo de un marco matemático para el estudio de los sistemas complejos ha abierto muchas puertas, hay también unos cuantos conceptos básicos que son fundamentales para considerar estos sistemas desde una perspectiva cualitativa o cuantitativa. Destacan entre ellos los de interdependencia, escala y emergencia (Y. Bar-Yam, 2004a). Examinemos en primer lugar la interdependencia. Si bien es cierto que los componentes de un microprocesador son «interdependientes», esas dependencias han sido cuidadosamente controladas para lograr que la actuación del sistema en relación con las partes resulte transparente. En los sistemas naturales los componentes son interdependientes de formas que no resultan tan evidentes. Esto hace que a la hora de enfrentarse a ellos sean mucho menos eficaces los enfoques reduccionistas.
Sabemos que cuando intervenimos en un sistema complejo «aquí» a menudo provocamos efectos «allí». Esto es algo que cada vez resulta más obvio en nuestros esfuerzos por resolver los problemas sociales a gran escala que nuestras mismas actuaciones han creado.
Sería útil describir el modo en que un sistema es interdependiente. Si separamos del sistema una de sus partes, ¿cómo resultará afectada esa parte, y qué pasará con el resto de los elementos del sistema? Unas veces el efecto será pequeño, y otras, grande. Consideremos tres ejemplos: un trozo de metal, una planta y un animal.
Por lo que hace al metal, la separación de una parte no cambia las propiedades internas del material, aunque cambie su forma. Si examinamos internamente la parte retirada, sus propiedades no se habrán visto afectadas, y lo mismo ocurrirá con el resto del material. En cuanto a la planta, si le arrancamos una parte, una rama y algunas raíces, por ejemplo, lo normal será que el resto de la planta continúe creciendo más o menos del modo en que lo haría normalmente.