Si hay una terminología política de los noventa que haya traspasado el umbral del cambio de siglo, parece claro que governance, multiculturalism, political correctness y, sobre todo, globalization constituyen una parte esencial de la misma. Podría añadirse fundamentalism, pues, aunque es muy anterior -lo mismo que governance -, en los últimos años ha adquirido una notoriedad y, hasta cierto punto, un significado que lo convierten en una de las voces clave de la terminología política de comienzos del siglo XXI. Es dudoso, sin embargo, que este pequeño corpus baste para cubrir el déficit conceptual que arrastra la democracia en las últimas décadas. Ulrich Beck se ha referido en distintas ocasiones a los conceptos zombi ( Zombi-Kategorien ) que siguen organizando nuestra percepción del mundo social mucho después de haber agotado su ciclo vital. La proliferación de falsos neologismos creados según el conocido expediente de añadir un prefijo a un viejo término sigue valiendo, pues, como evidencia de un grave problema estructural de la lengua de la democracia, incapaz de responder a la demanda de nuevos términos y nuevos conceptos. Cierto que hay otras formas de renovación conceptual, más allá de la acuñación de neologismos, principalmente, la mutación semántica de términos ya existentes. De ahí lo que Anthony Giddens llamó «shell institutions» o «instituciones caparazón» que, bajo una misma fachada verbal, esconden realidades sustancialmente diferentes, al haber cambiado radicalmente de contenido en el transcurso del tiempo - matrimonio o familia serían un buen ejemplo de ello. La idea misma de democracia ha experimentado en los dos últimos siglos una profunda transformación, que, como no podía ser menos, continúa en el nuevo milenio (Dunn, 2005).
Cada época aporta sus propios argumentos al inacabable relato sobre la crisis de la democracia, de forma que al final cada episodio parece distinto a los anteriores, como aspirando a ser el desenlace definitivo de un viejo relato sin fin. Nuestra percepción actual del fenómeno está fuertemente influenciada por la aceleración del tiempo histórico provocada por el cambio social y tecnológico, que agudiza a su vez la sensación de estancamiento de la realidad política. No es que la democracia no evolucione, sino que la velocidad a la que lo hace es incomparablemente menor, como si la globalización comportara dos tiempos distintos: el tiempo (lento) de las transformaciones políticas y el tiempo (vertiginoso) del cambio tecnológico y social. No se trata, en todo caso, de dos dimensiones estancas, que evolucionan por separado. El siglo XXI parece apuntar, por el contrario, a una irrupción creciente de las nuevas tecnologías en las prácticas sociales y políticas y, como consecuencia de ello, a una paulatina «colonización» del lenguaje político por el de las tecnologías de la comunicación. Esta renovación de la política «desde fuera» no invalida, sin embargo, la sensación de que la democracia carece, por sí misma, de capacidad de respuesta ante los grandes desafíos planteados por la aceleración del tiempo histórico.
La otra causa de la crisis conceptual de la democracia -el estancamiento de su cultura política y con ella de su lenguaje- es una tendencia, patente a lo largo del siglo XX , a sustituir los grandes conceptos políticos como argumentos de legitimación de un régimen o una ideología por las emociones más primarias como factores de movilización social y política. Es la «democracia de las emociones» de la que hablara ya Daniel Bell en 1960 y sobre la que encontraremos una perspicaz y temprana aproximación en la obra clásica que sobre la moderna propaganda política escribió a finales de los años treinta Serge Tchakhotine: Le viol des foules par la propagande politique. El auge de la sociedad de masas en el período de entreguerras y la crisis del régimen parlamentario tradicional se habrían traducido, según este autor, en la sustitución de la raciopropaganda por la sensopropaganda como paradigma de la comunicación política. «La primera», dice Tchakhotine, «actúa por persuasión, por razonamiento; la segunda por sugestión, y esencadena ya sea el miedo, el entusiasmo o el delirio» (1952, 349). Desechando el uso, propio del régimen parlamentario, de argumentos racionales defendidos a través de la palabra, la sensopropaganda recurre a símbolos -colores, gestos, himnos, gritos- que percuten directamente sobre los sentidos y provocan en ellos reflejos condicionados. Todo el sentido de la voluminosa obra de Tchakhotine podría resumirse en una conocida frase deWoody Allen: «Cuando oigo una ópera de Wagner me entran ganas de invadir Polonia».
En la democracia de las emociones el escándalo político ocupa el lugar que corresponde a las ideas. La denuncia de la corrupción, la indignación ante el escándalo y el elogio de la transparencia y de la virtud cívica eclipsan el debate entre diferentes propuestas políticas y proyectos alternativos. Tal es el origen de una ultrarrealidad, como la llama Rosanvallon citando a Marcel Aymé, que cobra vida propia como expresión de una nueva forma de representación política (2006, 48). El problema ya no radica sólo en la representatividad de las instituciones, es decir, en las formas de canalización de la opinión y de la voluntad popular hacia los órganos de deliberación y decisión, sino en el giro histriónico de la democracia, facilitado por su hipertrofia mediática, hacia la pura teatralización de la política. Puede que las tecnologías de la comunicación, responsables en gran medida de ese trueque de conceptos por sensaciones, ofrezcan también nuevos medios y nuevos espacios para la revitalización de la democracia. De momento, es difícil sustraerse a la idea de que, en este tiempo de prefijos y de adjetivos, la sensodemocracia continuará en el siglo XXI las tendencias apuntadas en el siglo precedente.
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E L LENGUAJE DE LA DEMOCRACIA 35
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