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Revista de Occidente 322 Revista de Occidente

El lenguaje de la democracia ¿Crisis conceptual o crisis de sistema?

por Juan Francisco Fuentes y Javier Fernández Sebastián
Revista de Occidente nº 322, Marzo 2008

Número de páginas: 8
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En cambio, sí hay una concordancia en el tiempo entre el fenómeno que venimos tratando y el supuesto fin de las ideologías, que dio lugar ya en 1960 a un libro de Daniel Bell llamado a hacerse famoso. El tema de la crisis, la muerte o el ocaso de las ideologías puede rastrearse en la filosofía y la sociología occidentales desde mucho antes. Tanto Ortega y Gasset -citado por Bell-, especialmente en La rebelión de las masas, como James Burnham en su The Managerial Revolution (1941) -obra que a su vez llamaría la atención de Ortega- sostienen que la sociedad industrial evoluciona hacia una nueva realidad en la que tenderán a desaparecer las viejas categorías sociales -clases, jerarquías- y las luchas ideológicas que convulsionaron en el pasado al mundo moderno (una idea de clara estirpe saintsimoniana). Los managers, afirma Burnham, habrían sustituido a las elites políticas y empresariales como una falsa clase dirigente común a todos aquellos países, cualquiera que sea su régimen político -fascista, comunista o democrático-, en los que se haya consumado la «revolución de los managers ». El totalitarismo, en opinión de este autor, sería el sistema políticamente amorfo que correspondería a aquellas sociedades desarrolladas que hubieran llegado a ese estadio histórico superior en el que las viejas ideologías son reemplazadas por la pura y simple gestión.
Casi veinte años después, el libro The End of Ideology, on the Exhaustion of Political Ideas in the Fifties de Daniel Bell llevaba hasta sus últimas consecuencias un tema que, como se ve, flotaba desde tiempo atrás en el ambiente. En el marco de una amplia reflexión sobre la sociedad de masas y los fenómenos que le son propios -la burocratización, la tecnocracia, los intelectuales...-, Bell retoma y actualiza el topos orteguiano de la rebelión de las masas y de la deshumanización del mundo moderno, habitado, a su juicio, por «multitudes solitarias en busca de una identidad individual» (Bell, 1960,22). Deshumanización, por un lado, desideologización, por otro, las consecuencias sociales y culturales del capitalismo avanzado y de la sociedad de masas serían patentes ya en los años cincuenta en Estados Unidos, donde en 1956 -señala el autor- los trabajadores de cuello blanco superaron por primera vez a los obreros industriales. Tal vez por ello, las nuevas masas asalariadas habían dejado de hablar «the old language of labor» . La democracia y el capitalismo han evolucionado a lo largo del siglo XX hacia un magma social que hace muy difícil distinguir los elementos que lo integran, salvo por aquello que ya no son («una no clase de no trabajadores»). De esa crisis de las categorías/sujetos sociales se derivarían, por un lado, la crisis de las ideologías que supuestamente corresponderían a sus respectivas visiones del mundo y, por otro, un fenómeno que fue anunciado ya por algunos autores en el período de entreguerras: la evolución del régimen democrático hacia un sistema de competencia atenuada entre catch-all parties sin verdaderos referentes ideológicos. Pese a ello, no hará falta insistir en que la desaparición de los viejos antagonismos de la sociedad industrial, lejos de inaugurar una era sin conflictos y, por consiguiente, «sin historia», ha dado lugar a nuevas formas de conflictividad y muy probablemente a nuevos lenguajes para expresarlas, difíciles, sin embargo, de identificar con nuestros viejos instrumentos de detección de conceptos políticos. ¿Cabría entonces considerar la posibilidad de que estemos asistiendo, sin darnos cuenta, a la emergencia de un nuevo lenguaje, que la sociedad de principios del siglo XXI estaría balbuceando sin que tengamos todavía plena conciencia de ello?
Del lenguaje de los conceptos a la democracia de las emociones
Aunque Jacques Attali publicara ya en 1998 un Diccionario del siglo XXI , todavía hoy parece pronto para aventurar qué voces integrarán un hipotético diccionario político y social del nuevo siglo.
Hay indicios, sin embargo, que apuntan a la existencia de una transición léxica a caballo entre ambas centurias. Veamos, por ejemplo, el caso de globalizacion, tal vez el más representativo de los nuevos términos. Como neologismo inglés sus orígenes se remontan a los años sesenta, pero los dos principales periódicos norteamericanos, TheWashington Post (WP) y The New York Times (NYT) , no lo registran hasta principios de los setenta (1973 y 1974, respectivamente). La explosión del término se produce claramente a mediados de la década de los noventa, coincidiendo con la superación del mundo bipolar de la guerra fría, con la aparente consagración de la democracia parlamentaria como sistema político hegemónico y, tal vez sobre todo, con la gran revolución tecnológica y social que representó Internet. Una aproximación lexicométrica al uso del término inglés globalization por el NYT permite situar con gran precisión su despegue como concepto clave: a mediados de los ochenta registra un primer salto, al pasar de 6 a 34 apariciones entre 1985 y 1986; en los años siguientes fluctúa entre 20 y 50 casos al año y, por fin, entre 1996 y 1997 pasa de 67 casos a 264 (véase Gráfico II).

Es difícil saber qué elementos del nuevo lenguaje creado o recogido por los medios de comunicación reflejan un verdadero cambio conceptual y llegarán a consolidarse como formas insoslayables de representar la realidad del siglo XXI . El término political correctness puede pertenecer a una jerga situacionista, intrínsecamente insustancial y efímera, o expresar un cambio profundo en la concepción de la democracia, en línea con lo que Rosanvallon llama la democracia postmayoritaria. Frente a una deslegitimación progresiva de los viejos agentes de la soberanía -las mayorías electorales- y la emergencia de las minorías como nueva fuente de legitimidad, el lenguaje de la corrección política sería el lógico correlato de una democracia de las minorías construida en detrimento de las mayorías tradicionales, sospechosas, por el hecho de serlo, de representar la inercia de viejas formas de dominación racial, social o de género. Cualquiera que sea el futuro de esta expresión, el camino que ha trazado hasta ahora la convierte en paradigma de la «nueva» democracia de los noventa: de los dos primeros usos de la locución political correctness por el NYT en 1988 -y sólo uno el año siguiente-se habría pasado a 12 en 1990 y 96 en 1991, para estabilizarse en torno a cien a lo largo de la década. Por último, como expresiones con una creciente importancia en los últimos años, llamadas tal vez a renovar el lenguaje de la democracia, cabe considerar los casos de governance/gobernanza y multiculturalism/mulculturalismo. El primero es un viejo término inglés que mantuvo durante buena parte del siglo XX una presencia marginal en el lenguaje político. Entre 1900 y 1970, governance aparece como máximo siete veces por década en las páginas del NYT. Las décadas de los setenta y los ochenta (32 y 25 apariciones, respectivamente) registran un lento despegue del término, que a partir de 1991 conoce una explosión sin precedentes: 149 casos entre 1991 y 2000 y 194 entre 2001 y 2006. Más reciente es la voz multiculturalism, que aparece por primera vez en 1965 en el WP y en 1971 en el NYT. Su presencia desde entonces en ambos periódicos será muy esporádica, hasta que a principios de los noventa registra un aumento considerable: de ningún caso en 1989 en el WP a 15 en 1990 y 45 en 1995; de 3 casos en 1989 en el NYT a 22 el año siguiente y 79 en 1995.
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