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Revista de Occidente 322 Revista de Occidente

El lenguaje de la democracia ¿Crisis conceptual o crisis de sistema?

por Juan Francisco Fuentes y Javier Fernández Sebastián
Revista de Occidente nº 322, Marzo 2008

Número de páginas: 8
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Al exhaustivo corpus publicado por Collier y Levitsky en 1997 podríamos añadir otras fórmulas de más reciente acuñación. Pierre Rosanvallon ha definido como «democracia postmayoritaria ( sic )» aquella en la que, en el estricto marco parlamentario, aparecen vinculadas soberanía positiva -se supone que expresada a través del sufragio- y soberanía crítica (2006, 162). Jacques Rancière lleva aún más lejos la deconstrucción del concepto: el mundo habría entrado -escribe ya en 1995- en la era de la postdemocracia, término que sería popularizado en la década siguiente por Colin Crouch y Ralf Dahrendorf. Pero, ¿por qué sólo postdemocracia pudiendo llamarla, como Lutz Niethammer, posthistoria ? El postismo se ha convertido así en la piedra filosofal de una nueva epistemología del tiempo presente. Recurriendo a expresiones propias o ajenas, J. Habermas, en una reciente recopilación de entrevistas, artículos y conferencias, describe nuestra era como postideológica y postnacional, atribuye a Nietzsche el origen de un pensamiento postmetafísico -aunque también lo define como neopagano - y califica de postigualitaria la democracia actual (Habermas, 2006). Este tipo de acuñaciones representa, por lo pronto, una manifiesta abdicación del empeño por definir una realidad que, conceptualizada a partir de un simple prefijo temporal - post o neo -, carece de otro contenido aquel que conserve de su estado anterior, más un significado sobrevenido -e inefable- que habría que atribuirle por defecto. En última instancia, la prueba de la insolvencia semántica de los términos así construidos radica en que, puestos unos en relación con otros, la sintaxis histórica resultante -es decir, el significado global de la frase y el tiempo en que se desarrollaría la acción- sería un puro disparate; así, la postdemocracia postmayoritaria podría definirse como el apogeo del neoliberalismo en el marco de una sociedad postindustrial, postnacional y a la postre posthistórica. La inconsistencia de este lenguaje es aún mayor si cabe en aquellos términos, como postdemocracia o sociedad postigualitaria, que implican la superación de un tiempo y de una realidad cuya existencia ponen en duda los artífices de esos mismos neologismos. Podría ocurrir de esta forma que, para algunos impugnadores de la democracia realmente existente, el mundo occidental hubiera pasado de una situación predemocrática a otra postdemocrática sin llegar a atravesar por el estadio intermedio que correspondería a una democracia plena. Así pues, de la deconstrucción de la democracia pasaríamos finalmente a una deconstrucción del propio tiempo histórico, completando de esta forma una serie de descartes conceptuales -lo «no social» y lo «no político» discurriendo en un «no tiempo»- de los que sólo podría resultar un «no lenguaje».
Fin de la historia, ¿fin del lenguaje?
Es muy tentadora, pero, como veremos, completamente equivocada, la hipótesis de que la actual crisis conceptual de la democracia pudiera ser un efecto perverso del fin de la guerra fría, un fenómeno que Francis Fukuyama definió en 1989 como el fin de la historia: privado de la tensión dialéctica entre el capitalismo y el comunismo, el mundo moderno se habría quedado sin argumentos para seguir avanzando. Consecuencia de ello sería un paisaje histórico inmóvil, carente, en palabras del autor, del «paroxismo de violencia ideológica» que marcó la historia contemporánea y, por tanto, del dinamismo imprescindible para seguir produciendo acontecimientos, conflictos y discursos. Según esta interpretación semiparódica del pensamiento hegeliano, de la victoria del liberalismo sobre su adversario histórico surgiría un mundo compacto, sin fisuras ni contrastes, que se habría quedado sin motivos para producir nuevas ideas ni -podríamos añadir- razones para inventar los vocablos necesarios para expresarlas.
En torno a esta posibilidad gira una obra colectiva publicada en 1994 con el título The End of « Isms » ? Reflections on the Fate of Ideological Politics after Communism's Collapse, que contiene un análisis específico de la evolución y vigencia de algunos de los ismos ideológicos más representativos del mundo contemporáneo -unos tal vez en declive, otros, como fundamentalismo , en pleno auge- y que se cierra con un ilustrativo estado de la cuestión sobre el problema debatido por los autores. Aunque las conclusiones, como el propio título de la obra, se formulan en forma de interrogante -«Ideological Politics and the Contemporary World: Have We Seen the Last of "Isms"?»-, el coordinador, A. Shtromas, tiende a responder afirmativamente a la pregunta sobre el fin de los ismos políticos, porque una valoración caso por caso le lleva a la conclusión de que ninguno de ellos -el nacionalismo, el socialismo, el feminismo o el fundamentalismo, por ejemplo- tiene un gran futuro ante sí.
Sin entrar en el juego especulativo al que aboca inevitablemente la teoría del fin de la historia, Pierre Rosanvallon planteó en su lección de ingreso en el Collège de France la importancia que la tensión dialéctica tiene en el funcionamiento del lenguaje de la democracia, constituido en torno a «antinomias estructurantes» que le confieren su fragilidad y al mismo tiempo su dinamismo (Rosanvallon, 2003, 31). De ahí una «crisis permanente del lenguaje político», una especie de principio de «indeterminación democrática» que hace muy difícil traducir en definiciones los conceptos esenciales de la democracia. Pero si esta interpretación sirve para explicar el déjà vu de su crisis histórica -por qué la crisis forma parte de su naturaleza-, no basta en cambio para entender su aparente incapacidad para renovar su lenguaje y poner nombre a las nuevas realidades. El inventario que acompaña a este trabajo y la cita de Ortega y Gasset que lo encabeza parecen indicar que el vacío conceptual arranca de mediados del siglo XX , tras el final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la guerra fría. Esta cronología descarta, por tanto, una posible relación causa/efecto entre la caída del comunismo y el «fin del lenguaje» que explicaría la pérdida por el mundo moderno de sus resortes dialécticos, y con ellos de su capacidad para producir ideologías, discursos y conceptos con que representarse a sí mismo y, en cierta forma, contra sí mismo. La hipótesis de que «el fin de la historia» haya traído «el fin del lenguaje» se ve, por tanto, rotundamente desmentida a partir de una aproximación empírica al problema: la crisis conceptual, iniciada a mediados del siglo XX , coincide precisamente con una etapa marcada por el fuerte antagonismo ideológico, característico de la guerra fría, entre el capitalismo y el comunismo.
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