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Revista de Occidente 322 Revista de Occidente

El lenguaje de la democracia ¿Crisis conceptual o crisis de sistema?

por Juan Francisco Fuentes y Javier Fernández Sebastián
Revista de Occidente nº 322, Marzo 2008

Número de páginas: 8
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«The New Old "New": Modernity/Post-modernity/Post-Post-Modernity». Tal es el enunciado del call for papers lanzado en octubre de 2001 por el Williams College (Massachusetts, EEUU) con vistas a la celebración de un coloquio sobre el significado de los conceptos de «nuevo», «moderno» y «postmoderno» en la teoría y la crítica literarias a principios del siglo XXI . El título de este coloquio es sintomático, por un lado, de la extrema vulnerabilidad al paso del tiempo de los conceptos asociados a lo «nuevo» y lo «moderno » y, por otro, de la aparente (y dudosa) utilidad de prefijos y adjetivos para poner al día una palabra envejecida, modernidad , por ejemplo. La incesante proliferación de «nuevas» expresiones construidas a partir de la incorporación de un prefijo a un viejo término es una buena prueba del agotamiento de nuestro lenguaje social y político, porque muestra la fuerte tensión existente entre la demanda de neologismos que permitan designar las nuevas «realidades» y la incapacidad de la lengua para responder adecuadamente a las necesidades de los tiempos. Es, en suma, una falsa respuesta a un creciente desajuste entre las realidades históricas y su traducción en palabras. Algunos de estos (falsos) nuevos términos son de uso relativamente común. Voces como neoliberalismo, neofascismo, neonazismo, neocapitalismo, postcomunismo, postestructuralismo, postguerra fría, sociedad postindustrial o postmodernidad indican que el concepto matriz ha quedado históricamente superado, pero que al mismo tiempo aspira a sobrevivir a su propia extinción mediante una suerte de «vida póstuma» que lo convierte en otra cosa, sin dejar de ser lo mismo. El prefijo funciona, pues, como una prótesis conceptual que permite rejuvenecer un término al que el paso del tiempo ha dejado muy mermado en sus facultades. Hay tratamientos léxicos aún más sofisticados: la voz neocon, por ejemplo, comporta no sólo el implante de un prefijo que le da una apariencia más actual, sino una especie de lifting que permite eliminar la parte sobrante de su vieja y acartonada morfología, que cobra así un aire lustroso y juvenil. Doble rejuvenecimiento, pues, de un término bicentenario como es conservador , que en su nueva versión queda casi irreconocible, hasta parecer una nueva palabra.
En las últimas décadas las ciencias sociales han demostrado ser una cantera inagotable de estos falsos nuevos conceptos, acuñados especialmente para designar a los actores sociales que han tomado el relevo de las viejas clases que protagonizaron hasta fecha reciente la historia del mundo contemporáneo. Hay amplio acuerdo en considerar que los conceptos de burguesía y clase obrera han perdido buena parte de su vigencia histórica y que constituyen por tanto categorías anacrónicas difícilmente aplicables al mundo actual. Pero ese consenso al declarar superada la vieja nomenclatura social no se ha traducido en una terminología alternativa sobre los nuevos protagonistas colectivos de nuestra realidad social, ya sea como titulares del capital o como representantes del mundo del trabajo. Neologismos como hiperclase (Jacques Attali), infraclase (Manuel Castells) o subclase (Charles Murray) ponen de manifiesto el desafío al que se enfrentan las ciencias sociales a la hora de sustituir las periclitadas categorías heredadas del siglo XIX . Hay fórmulas aún más rebuscadas y por ello más sintomáticas del fracaso de las ciencias sociales en su intento de renovar nuestra terminología social y política. Algunas de ellas recurren sistemáticamente a las definiciones en negativo; así, se acuñan denominaciones que remiten no a lo que las cosas son, sino a lo que ya no son . A finales de los años sesenta, el sociólogo francés André Gorz auguró la aparición de una «no clase de no trabajadores»: ¿cabe mejor ejemplo del «no lenguaje» que se pretende ofrecer como alternativa a nuestro vacío conceptual? Puede que, al final, el problema de fondo no sea la identificación de los nuevos actores sociales de la «sociedad postindustrial», sino un fenómeno de mucho mayor calado, que Alain Touraine ha definido recientemente como «la caída y la desaparición del universo que hemos denominado "social"», la «destrucción de todas las categorías sociales» y, en definitiva, la tendencia de la sociedad a constituirse como una realidad «"no social", en la que las categorías culturales reemplazan a las categorías sociales» (Touraine, 2005, 14-15).
Problemas, pues, de definición de la nueva sociedad, similares a los que están en el origen de los intentos de redefinir y actualizar el significado del concepto de democracia. El inventario realizado en 1997 por David Collier y Steven Levitsky en su artículo «Democracy with Adjectives» recoge 550 formas distintas de denominar la democracia con ayuda de un adjetivo, de un prefijo e incluso de ambos a la vez (Collier y Levitsky, 1997). Las diversas «estrategias de innovación conceptual», como las llaman los autores, desarrolladas en torno al concepto han dado lugar a una amplia terminología de ocasión, de muy escaso valor, que se mueve por lo general entre lo redundante -«democracia electoral»- y, con mayor frecuencia, lo peyorativo, mediante la incorporación al sustantivo democracia de un adjetivo que implica la singularización, la mutilación, la perversión y en ocasiones hasta la negación del concepto matriz: «democracia de baja intensidad», «democracia elitista», «democracia caudillista», «seudodemocracia», «democracia enferma», «cuasi democracia», «semidemocracia», «democracia de estilo asiático» o «democracia excluyente». Otras fórmulas inventariadas por los autores alcanzan un sorprendente grado de artificiosidad: «democracias putativas», «democracia de facto de un solo partido», «democracias postautoritarias» o «democracia sobreinstitucionalizada ». A la vista de todo ello, se entiende la nostalgia que Giovanni Sartori expresó hace ya años por una «democracia literal o etimológica», en la que la sola palabra bastara para representar el concepto (Sartori, 2003, 29-32).
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