Pero la teoría de Koselleck requiere, a la vista de nuestro gráfico, algunas matizaciones. Medido en número de neologismos -una variable que no agota el fenómeno del cambio conceptual, pero que lo representa bastante bien-, el Sattelzeit habría tenido una dimensión más modesta de lo que se había supuesto. Cierto que la Ilustración y el liberalismo crearon un buen número de los conceptos clave del mundo contemporáneo, pero la producción de nuevos conceptos continuó en el transcurso del siglo XIX, si acaso con una leve caída, como puede apreciarse en el gráfico, entre la primera y la segunda mitad del Ochocientos. De la evolución del gráfico en sus tres primeras columnas (1750-1900) se desprende, en todo caso, que el incesante dinamismo del siglo XIX se tradujo en una constante demanda de nuevas voces para designar las nuevas realidades, pero así como el siglo registra una clara aceleración del tiempo histórico en la transformación de la realidad material, en el plano conceptual se aprecia una cierta ralentización en el ritmo de producción de nuevos términos. De esta divergencia en la evolución del siglo, al coincidir la aceleración del cambio social, político e institucional con la desaceleración del cambio conceptual, cabría deducir que este último se encontraba en una fase más avanzada que el primero, probablemente porque, como creía Koselleck, fue en gran medida la temprana brecha entre experiencias y expectativas, y, en ese sentido, la revolución operada en el plano lingüístico en la segunda mitad del siglo XVIII la que hizo posible las transformaciones sociales, políticas y económicas que dieron origen al mundo contemporáneo.
Lo que muestra nuestro gráfico respecto a la continuación de este proceso a lo largo del siglo XX llama la atención por partida doble. El panorama político-lingüístico de la pasada centuria tiene, como en el resto de sus manifestaciones históricas, una clara línea divisoria en 1945, que la divide prácticamente en dos mitades. En la primera de ellas, hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, se registraría una cierta intensificación del cambio conceptual medido en la aparición de nuevos neologismos, tras la leve tendencia a la baja que registra el siglo anterior. La segunda mitad del siglo, por el contrario, sorprende por la existencia de un vacío conceptual casi completo, sólo matizado por la aparición de los términos tercer mundo , globalización, ecologismo y multiculturalismo, el primero de ellos acuñado por el demógrafo francés Alfred Sauvy en 1952. Globalización y ecologismo surgieron en los años sesenta, mientras que multiculturalismo, aunque usado ya en los ochenta, como se verá más adelante, empieza a cobrar verdadera importancia en la década de los noventa. El llamativo contraste entre las dos mitades del siglo daría lugar a una primera consideración: mientras el período 1900-1950 fue escenario de una amplia puesta al día del lenguaje de la modernidad, un nuevo Sattelzeit que incorporó las nuevas realidades generadas por la sociedad de masas, el triunfo de la revolución bolchevique y el auge de los totalitarismos, la etapa subsiguiente muestra una sorprendente pérdida de creatividad conceptual.
Este hecho es tanto más chocante cuanto que, desde cualquier otro punto de vista, se trata de un período de fuerte aceleración histórica, de la que, sin embargo, habría quedado descolgado un utillaje conceptual apenas renovado en las últimas décadas. Se podría objetar que la guerra fría como principal vector histórico de la segunda mitad del siglo produjo un lenguaje propio, verdaderamente exuberante en su abundancia y plasticidad, que en gran medida articuló la representación lingüística del mundo durante varias décadas. Es más: si damos por buena la tesis de Th. Frank y E. Weisband sobre el protagonismo de las «estrategias verbales» en la política de las dos superpotencias durante la guerra fría, podría llegarse a la conclusión de que durante este período el lenguaje llegó a sustituir a la realidad ( Word Politics. Verbal Strategy among the Superpowers, Oxford University Press, Oxford, 1971). Como conflicto virtual que fue, articulado en torno al efecto disuasorio del «equilibrio del terror», la «guerra verbal» permitía representar -y en cierta forma sublimar- un conflicto extremo que, precisamente por serlo, en el terreno militar daba lugar a un permanente acto fallido. De ahí la frontera sumamente borrosa que en el lenguaje de la época existe entre la realidad y la ficción, con la posibilidad incluso de que las metáforas se acabaran convirtiendo en elementos tangibles de la propia realidad, como ocurrió con el telón de acero y el Muro de Berlín, y de que la narración literaria y cinematográfica llegaran a dar nombre -la guerra de las galaxias , por ejemplo- a episodios y situaciones de la historia real.
La profusa terminología puesta en circulación por los dos bloques no pasaba de ser, sin embargo, un argot circunstancial, una mezcla de símiles y chascarrillos de carácter militar, diplomático y tecnológico, sin apenas posibilidad de perdurar más allá del conflicto mismo. Era un lenguaje muy fértil en metáforas y alegorías - telón de acero, países satélites, efecto dominó, deshielo, guerra de las galaxias, teléfono rojo -, pero que carecía, tal vez por ello mismo, de un verdadero contenido conceptual. No se puede decir, en conclusión, que la exuberante jerga político-militar de la guerra fría pudiera llenar ese inmenso hueco que registra nuestro gráfico. Si damos por buena la realidad que en él aparece reflejada -el descenso radical, a partir de 1950, en el número de neologismos-, ¿podría pensarse que, simplemente, tal vacío se debe a la falta de demanda de nuevos términos y a que las necesidades conceptuales de nuestro tiempo están suficientemente cubiertas con la terminología heredada de etapas anteriores?
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