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Revista de Occidente 322 Revista de Occidente

El lenguaje de la democracia ¿Crisis conceptual o crisis de sistema?

por Juan Francisco Fuentes y Javier Fernández Sebastián
Revista de Occidente nº 322, Marzo 2008

Número de páginas: 8
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Veinte años después, el mundo occidental se debatía en torno a las mismas dudas. El tema dio lugar a un Report on the Governability of Democracies encargado por la Comisión Trilateral a M. Crozier, S. Huntington y J.Watanuki, que en 1975 publicaron el resultado de sus investigaciones bajo el título The Crisis of Democracy. Cierto que en el cuarto de siglo que siguió a la Segunda Guerra Mundial la democracia pareció vivir una auténtica edad de oro, pero ya en los años sesenta -afirman los autores- empezó a gestarse un cambio de tendencia -«el desarrollo de una democracia anómica»- que a mediados de la década siguiente llevaría a líderes políticos, columnistas y académicos occidentales a plantearse «cada vez con más urgencia» una posible crisis de la democracia. «En algunos sentidos», leemos en el informe, «el ambiente actual recuerda al de principios de los años veinte». No deja de ser curioso que, muchos años después, uno de los firmantes de este texto, Samuel Huntington, situara a mediados de los setenta el comienzo de lo que él llamó «la tercera ola democratizadora». Su ciclo se inició, según Huntington, en la Europa mediterránea en 1974, con la Revolución de los Claveles en Portugal y las transiciones griega y española, prosiguió en los países del Cono Sur latinoamericano a mediados de los ochenta y, en un rápido movimiento de ida y vuelta entre Europa y América, alcanzó su punto álgido en 1989 al borrar del Este de Europa las dictaduras comunistas del bloque soviético. Poco antes de producirse el derrumbe del comunismo, Norberto Bobbio admitía que la democracia parlamentaria distaba mucho de encontrarse en su mejor momento, aunque apuntaba como un motivo de optimismo que, a diferencia de lo ocurrido tras la Primera Guerra Mundial, ninguna democracia instaurada desde 1945 hubiera sido reemplazada por una dictadura (Bobbio, 1987, 17).
La realidad es que durante el último cuarto del siglo XX, desmintiendo los peores augurios formulados en el transcurso de ese mismo período, se produjo un incremento espectacular en el número de países gobernados por regímenes formalmente democráticos: de unos 40 en 1973 se pasó a 117 en 1995 (Diamond, 1996, 20). Se entiende, pues, el tono triunfal que adoptó en 1997 el presidente Clinton en el discurso inaugural de su segundo mandato, que contrasta de nuevo con las reservas expresadas por historiadores y politólogos incluso en aquel momento de aparente apoteosis de la democracia. «Has Democracy a Future?», se preguntaba Arthur Schlesinger en un artículo publicado a finales de aquel año. Por esas mismas fechas veía la luz el libro The End of Democracy, que contenía las ponencias presentadas en un coloquio sobre la responsabilidad del sistema judicial en la deslegitimación de la democracia, celebrado en 1996 bajo los auspicios de la revista First Things, que desde entonces ha mantenido vivo un debate en torno a los problemas de legitimidad que arrastra el sistema democrático. Aunque abordado en este caso desde la perspectiva neocon que caracteriza a esta publicación norteamericana, el tema de la crisis, el fin o la muerte de la democracia ha acreditado una asombrosa versatilidad, que le permite expresarse en el lenguaje de todas las ideologías, si bien las opiniones más negativas sobre la vigencia de la democracia suelen concentrarse en los dos extremos opuestos del arco ideológico. Resulta difícil, por tanto, no coincidir con Ralf Dahrendorf cuando afirma que la crisis es el estado natural de la democracia, lo que hace casi obligado preguntarnos si no se trata de un falso debate. Verdadero o falso, el hecho es que ha traspasado con suma facilidad el umbral del siglo XXI, en parte -y un poco paradójicamente- por las posibilidades insospechadas que las nuevas tecnologías de la información han abierto a una democratización de la esfera pública, con la proliferación de blogs, chats y periódicos digitales de bajo costo que crean un amplio espacio de participación social particularmente propicio a la difusión de las opiniones antisistema. Tal es uno de los fenómenos que trata Pierre Rosanvallon en su reciente obra La contre-démocratie, que ofrece un perspicaz diagnóstico de la salud histórica de la democracia ya en pleno siglo XXI, aquejada de sus males tradicionales -el problema de la representación y de la legitimidad, por ejemplo-, a los que se añadiría una creciente incapacidad de la política para servir de cauce de participación ciudadana en la resolución de los conflictos sociales. En este escenario, la contrademocracia emergería como un conjunto de alternativas de amplio espectro que irían desde las respuestas que Rosanvallon llama patológicas, como el populismo, hasta los primeros frutos de una alianza en ciernes entre la democracia y la electrónica. Como tales se podrían considerar las posibilidades de renovación del sistema implícitas en fórmulas como el televoto, la ciberdemocracia, la Republic.com y el e-government, las dos últimas como expresión futurista de una utopía cibernética llamada tal vez a regenerar un sistema en declive (Rosanvallon, 2006). Esta sugerente aproximación al problema no despeja del todo, sin embargo, una pregunta previa, que, además de servir de antídoto a cualquier tentación arbitrista, resulta ineludible cuando se conocen los antecedentes del caso: ¿por qué habríamos de creer que, esta vez sí, la democracia se encuentra ante una crisis que amenaza su existencia?
El lenguaje de la democracia, el lenguaje de la modernidad
No deja de ser sintomático que las dos grandes ideologías que desafiaron a la democracia a lo largo del siglo XX , el fascismo y el comunismo, se sintieran inmunes a toda suerte de crisis, consideradas como una manifestación degenerativa de un sistema -el liberalismo político y económico- en plena decadencia. Este ciego voluntarismo histórico, que llevó a una y otra ideologías a rechazar para sí el concepto de crisis, no impidió la estrepitosa desaparición de ambas, e incluso es posible que la precipitara. Tal vez por ello mismo habría que pensar que el carácter aprensivo de la democracia, su sensación de vivir siempre al borde del abismo, le ha permitido aceptar con realismo una especie de ley de hierro de la modernidad que hace de la crisis el lado oscuro del cambio histórico. Por el contrario, rechazar, como hicieron los totalitarismos del siglo XX, la dosis de inseguridad e incertidumbre que conlleva la modernidad es ponerse enfrente de una corriente histórica que, tarde o temprano, acaba arrollando al que se le opone.
En la modernidad y su lenguaje podemos encontrar asimismo una respuesta esclarecedora a la cuestión de si la crisis actual de la democracia es la enésima escenificación del viejo rito del desencanto o la expresión de un real agotamiento del sistema. Para ello nos vamos a basar en un inventario de elaboración propia de los términos más representativos de lo que denominaremos el lenguaje de la democracia, entendiendo por tal el conjunto de términos que sirven para designar a las ideologías, prácticas políticas y económicas, formas de conflictividad social, instituciones y movimientos políticos y sociales que han protagonizado la historia del mundo contemporáneo.

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