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Revista de Occidente 322 Revista de Occidente

El lenguaje de la democracia ¿Crisis conceptual o crisis de sistema?

por Juan Francisco Fuentes y Javier Fernández Sebastián
Revista de Occidente nº 322, Marzo 2008

Número de páginas: 8
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La parte más decisiva del vocabulario se ha hecho inservible, porque sus vocablos están demasiado cargados de sentidos anticuados, cadavéricos, y no corresponden ni a nuestras ideas, ni a nuestra sensibilidad (...). La lengua padece arterioesclerosis, síntomas de vejez de una civilización.
J. ORTEGA y GASSET : «Individuo y organización» (1953), OC, IX, 677-678.
La democracia: el mito del fracaso
El tema de la crisis de la democracia es probablemente el mayor déjà vu de la historia política del mundo contemporáneo. Por centrarnos sólo en el siglo XX, el debate sobre el irreversible descrédito social del sistema democrático y su inminente colapso se remonta al arranque mismo del siglo, que continúa y amplifica la herencia iconoclasta, en el terreno político y en cualquier otro, del finde-siècle europeo. Expresión de esa crisis general del liberalismo y la democracia fueron, en el caso español, las continuas diatribas que, a caballo entre los siglos XIX y XX, lanzaron políticos y, sobre todo, intelectuales de la época contra la «inmunda democracia» (Ganivet), el «absolutismo del número» (Baroja), la «dictadura del número» y la «analfabetocracia» (Unamuno). Desde una perspectiva intelectual y generacional muy alejada del tremendismo practicado por los hombres del 98, Fernando de los Ríos dedicaría a La crisis actual de la democracia su conferencia inaugural del curso académico 1917-1918 en la Universidad de Granada, pocos meses después, por tanto, de que el presidente norteamericanoWoodrow Wilson anunciara la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial con el propósito de luchar por la causa de la democracia y de la seguridad en el mundo, dos valores que iban necesariamente entrelazados («the world must be made safer by democracy ») . Las cosas, como se ve, parecían muy distintas según se contemplaran desde Estados Unidos o desde Europa, probablemente por la tesitura diametralmente opuesta en que se encontraban Europa y América en 1917, pero también porque, como advirtió Tocqueville casi un siglo antes, el concepto de democracia tenía un significado muy distinto a uno y otro lado del Atlántico. En el Viejo Continente, un amplio sector de las elites intelectuales y gobernantes pasó, casi sin solución de continuidad, de rechazar la democracia como una peligrosa perversión del liberalismo, una especie de desviación radical del régimen parlamentario, a augurarle una crisis irreversible con el cambio de siglo, que señalaría el final de su ciclo histórico. Es como si hubiera pasado su hora antes incluso de ponerla a prueba como forma de gobierno. En Estados Unidos, por el contrario, la democracia fue considerada desde una fecha relativamente temprana como una parte irrenunciable de la identidad nacional.
Aunque el siglo XX acuñó los términos fascismo, bolchevismo y totalitarismo -este último, tal vez el ismo político más importante de los últimos tiempos-, el balance final al completar su recorrido permitiría calificarlo como el siglo de la democracia, al hacerse finalmente realidad -así lo pareció al menos en los años noventa- el ideal wilsoniano de un mundo más seguro y más democrático. Fue otro presidente norteamericano, Bill Clinton, quien certificó, en el discurso inaugural de su segundo mandato, el final del largo ciclo histórico -mucho más largo de lo que el presidente Wilson podía imaginar- que corresponde a aquel compromiso por la seguridad y la democracia en el mundo: «Por primera vez en toda la historia», declaró el presidente Clinton en enero de 1997, «es mayoría en nuestro planeta la gente que vive en democracia frente a los que viven bajo una dictadura». Nadie lo hubiera dicho durante la mayor parte del siglo, ni siquiera después de que la Primera GuerraMundial concluyera con la victoria de las democracias occidentales y la derrota de las autocracias centroeuropeas. La decadencia de la democracia y el liberalismo se convirtió en un lugar común en el mundo de entreguerras y en principal fuente de legitimidad de sus enemigos, el fascismo y el comunismo, cuyo prestigio político se construyó sobre la certeza de que la civilización liberal, incapaz de resistir los desafíos del nuevo siglo, era cosa del pasado. De ahí que el rechazo al liberalismo fuera una de las señas de identidad de las nuevas generaciones de entreguerras: «Un joven puede ser comunista, fascista, cualquier cosa, menos tener viejas ideas liberales», dirá en 1927 el escritor español César Arconada, pocos años antes de hacerse comunista. «El liberalismo ha pasado a la Historia», había afirmado a su vez el diario católico El Debate ( 18-XI-19 22), reciente aún el encumbramiento de Mussolini como primer ministro italiano. Periódicos, intelectuales y políticos de casi todo el arco ideológico hubiesen podido compartir las palabras de El Debate . El caso español se inscribía en un gran debate internacional sobre la vigencia de la democracia, que produjo, entre otras obras del mismo tenor, el libro Democracy in Crisis, publicado en 1933 por el dirigente laborista británico Harold Laski.
Ni siquiera Estados Unidos quedó a salvo de un cuestionamiento general de la viabilidad de la democracia en aquellas circunstancias. Aunque la era Roosevelt, al contrario de lo que ocurrió en Europa, aportó al sistema democrático una inyección de popularidad y legitimidad, no faltaron voces discordantes que recordaban el sesgo apocalíptico que el debate empezaba a tener al otro lado del Atlántico. Escritores norteamericanos de los años treinta coincidieron en un diagnóstico similar: «El rechazo a la democracia», afirmaba en 1934 Ralph Perry, «se considera hoy en día una prueba de inteligencia superior»; «la bancarrota moral e intelectual del liberalismo en nuestro tiempo», escribió aquel mismo año Nathaniel Peffer, «no requiere demostración»; «intentar defender la democracia en estos días», llegó a decir por entonces George Boas, «es un poco como defender el paganismo en el año 313 o el derecho divino de los reyes en 1793»; «la democracia política», en opinión de Roger Baldwin, se encontraba «en bancarrota en todo el mundo»; por último, Will Durant se preguntaba por qué su prestigio había caído en picado en todas partes desde los tiempos gloriosos del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, incluso en Estados Unidos, «templo y ciudadela de la democracia» (todas las citas en Schlesinger, 2003, 646).
Es muy probable que los años treinta registren el punto más bajo de la confianza en el sistema democrático de todo el siglo XX. Pero la llegada de tiempos mejores tras la Segunda Guerra Mundial, aunque insufló una fe renovada en las instituciones democráticas, reforzadas por esa nueva fuente de legitimidad social que era el Estado de bienestar, no despejó del todo las dudas sobre su capacidad para afrontar los desafíos de la posguerra y, en particular, de la guerra fría. En 1952, en una coyuntura que en nada se parecía al cambio de siglo o a la crisis de entreguerras, el Hoover Institute se hacía eco, en una obra titulada Symbols of Democracy, de los interrogantes que planteaba la salud de la democracia y que hacían ineludible evaluar su vigencia y popularidad en aquel momento. ¿No sería todo fruto de un malentendido, provocado por un «candoroso mito decimonónico»: que en el «libre mercado de las ideas» la verdad siempre resplandece? Aunque formuladas retóricamente por los autores del trabajo, convencidos de que la democracia gozaba, pese a todo, de buena salud, estas preguntas reflejaban un estado de opinión adverso que parece haberla acompañado incluso en sus momentos más boyantes.
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