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Revista de Occidente 321 Revista de Occidente

Brasil y el arte de mezclar

por Óscar Calavia Sáez
Revista de Occidente nº 321, Febrero 2008

Número de páginas: 4
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Hay una línea directa que lleva de ese héroe paródico al Tropicalismo de los años sesenta, cuyos artífices responden aún por la mayor parte de la producción cultural brasileña conocida hoy día en Europa. A diferencia de los movimientos europeos de la misma generación, animados por una mirada hostil hacia los predecesores, recoge las herencias con el mismo desempacho con que absorbe las importaciones. En el Tropicalismo hay una alusión directa a las doctrinas de Freyre (propugnador de algo que él quería llamar «ciencia tropical»), y ciertamente a los argumentos antropófagos de los Andrades. Pero surge en una década en que los mitos nacionales ya están bien establecidos y la Antropofagia puede ejercerse sin coartadas, poniendo guitarras eléctricas para tocar las viejas melodías (un escándalo en su momento para los doctrinarios de la cultura popular), o fundiendo (bastante antes de que ese proceso se tornase una rutina) fragmentos musicales de toda procedencia. Entre las vanguardias del siglo XX, el Tropicalismo ha tenido el mérito de ser una de las pocas, si no la única, que ha unido argumentos sofisticados y producción de consumo masivo, y que se ha permitido un reciclaje continuo de lo kitsch, de lo camp o de la lisa y llana basura contemporánea. Todo el aparato de contestación que sus exponentes desplegaban en plena dictadura militar -disidencia política y sexual, carnavalización, reivindicación de lo negro y de lo popular- no era incompatible, a largo plazo, con una especie de conservadurismo a la brasileña que, asumiendo simultáneamente una inmensa variedad de expresiones, descarta esa sensación de cambio que se produce cuando panoramas restringidos se suceden rápidamente. Noel Rosa o Pixinguinha, contemporáneos de Quintero, León y Quiroga o de Agustín Lara, están vivos en la música popular; los tropicalistas volvieron a ellos mientras divagaban por la música electrónica o el reggae, y raro será el cantante de rock que antes o después no se decida a hacerlo a su vez. El Tropicalismo tiene un valor crítico para esa persistencia de la que viene hablando este artículo, porque aparece en un momento en que el mundo -y Brasil no menos que cualquier otro lugar- está ya abierto a la inmensa máquina de la industria norteamericana, capaz de cubrir el planeta con un espeso esmalte cultural de sabor y color homogéneo. En el caso de Brasil, no parece que haya sido así: el viejo caníbal ha salido del embate quizás más gordo e intoxicado, pero tan caníbal como siempre.
¿Por qué el arte brasileño es brasileño?
Claro está que el relato del mestizaje no puede resumir el arte brasileño, un universo cosmopolita en que sería difícil notar la falta de cualquiera de los movimientos artísticos del siglo, del realismo socialista al art brut, donde tienen lugar todos los ismos, neoismos y post-ismos. Hace mucho que el arte brasileño dejó de alimentarse de mulatas, retirantes nordestinos y jangadeiros atléticos.
Pero ese máximo denominador común que estoy describiendo no se limita a un acervo de motivos, o de estilos. Es una interpretatio brasiliana , un tipo de ortodoxia más difícil de eludir que cualquier academicismo, y que puede sobrevivir latentemente durante toda la trayectoria de un artista, para resurgir cuando por fin la obra de arte se consagra y tiene que ser argumentada ante un público amplio. En otras palabras, el mito del mestizaje reaparece de muchos modos. Para empezar, en la propia exhaustividad, en el gusto de no renunciar a ninguna tendencia y a ninguna vanguardia. También, por otro lado, en la suspicacia dirigida contra las fronteras clasificatorias; en el valor dado a los cruzamientos de géneros o técnicas, entre lo erudito y lo popular, lo utilitario y lo fútil.
No es raro que el impulso original de la creación surja como rechazo de todo ese abigarramiento. Es difícil imaginar un arte más austero que el del concretismo, una de las vanguardias brasileñas más influyentes de la segunda mitad del pasado siglo. Pero el propio concretismo predicaba la fusión de imagen y palabra a través de la tipografía en poemas-pintura o en pinturas-poema. Con un pie en la revolución de la lingüística contemporánea, los concretistas se dedicaron intensamente a la traducción ( transcriação, en sus términos) de obras poéticas, y, quizás inesperadamente, establecieron una colaboración fértil con el tropicalismo, lo que equivale a una deglución de Mondrian por los espíritus de Rubens o Hals.
En cualquier otro lugar, la inserción en una tradición nacional deberá ser explícitamente afirmada en la obra, y dará lugar a un segmento tradicionalista dentro de un conjunto mayor que no lo es; rótulos como arquitectura española de los años 90 o pintura alemana del siglo XXI serán recursos de curadores poco imaginativos para dar límites a sus exposiciones, que sólo adquirirán su sentido en el seno de un discurso sobre la postmodernidad o el desasosiego fáustico de las vanguardias. Quizá en ningún otro caso la heterogeneidad inevitable de un rótulo de ese tipo podrá ser reinterpretada como marca nacional. Lo que define el arte brasileño es nada más que eso. O nada menos que eso: es brasileño.
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