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Revista de Occidente 321 Revista de Occidente

Brasil y el arte de mezclar

por Óscar Calavia Sáez
Revista de Occidente nº 321, Febrero 2008

Número de páginas: 4
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Hay que decir que después de varias décadas de relecturas críticas, el relato del mestizaje ha empezado también a ser objeto de un rechazo formal, inspirado en nociones de identidad importadas de los Estados Unidos, más bruscas y más inequívocas; o al menos afinado con ellas. La propuesta de instaurar cuotas raciales en las universidades públicas ha servido para desatar una polémica que ya se insinuaba desde hacía años. Ya hace más de una década que el censo nacional incentiva a los ciudadanos a «no dejar en blanco» la casilla referente al color de la piel, y que los críticos reinterpretan como «negro» las declaraciones que rezan «pardo» o «moreno». Tal vez sea mejor que los actores sociales asuman papeles bien definidos, que el medio tono salga del escenario y lo sustituyan el negro, el blanco y el indio. Más vale, se dice, que las razas se vuelvan explícitas allá donde, abolidas por decreto en el papel, siguen siendo el criterio secreto (a voces) para la distribución de privilegios y estigmas. Los defensores del Brasil tornasolado responden que explicitar y legalizar las razas es algo aún peor que discriminarlas calladamente, y que es peligroso ensayar políticas raciales generadas en otro suelo.
Pero hay que decir que esa alternativa de las razas discretas no es tan ajena a la tradición nacional como puede suponerse. La glorificación de la mezcla, como hemos visto, no es demasiado antigua, y, con todo su entusiasmo, convive con nociones de pureza extremadamente vigorosas. La contradicción es superficial: en el fondo, el relato del mestizaje perdería su magia si se limitase a constatar una práctica ubicua y eterna, si esa mezcla brasileña no pudiese pensarse como una transgresión inaugural. Tal vez en ningún otro lugar goce de tanto predicamento la pureza del indio salvaje. Aún hoy, muchos brasileños pueden sorprenderse porque un indio use ropas o gafas de sol o posea una televisión, y buena parte de las políticas indigenistas o indianistas se consagran a garantizar reductos de pureza que preserven la cultura o la recuperen. Una vocación parecida se aplica a la pureza africana de tal o cual religión, o a la pureza germánica de tal o cual colonia sudista, sin que ese entusiasmo por los orígenes produzca las evocaciones inquietantes que tendría en casi cualquier otro lugar del planeta.
El mestizaje brasileño no es un mestizaje profano que se limite a constatar una mayoría híbrida, un término medio de la nación. Es más bien una superposición vertiginosa de purezas, un continuum que permite que cada uno, amparándose en el mito fundacional, intente regular su identidad de acuerdo con la situación. Se puede o se debe ser blanco a una hora y negro a otra, constar en un censo de indios o en un censo de brasileños. Ser mestizo en Brasil es el resumen de una vida más que una condición de partida, y esa aptitud para la manipulación parece indigna de confianza para muchos. Si a finales del siglo XIX el mestizaje era el principal obstáculo para la construcción de una nación, ahora es la ideología del mestizaje el inconveniente para crear una sociedad que merezca ese nombre. El relato de las tres razas -o más exactamente su desenlace- sirve para borrar un pasado sin renunciar a sus consecuencias. Si ya no hay blancos, negros o indios, sino brasileños, faltan los protagonistas de una historia ya superada, y están de sobra los propósitos de corregirla o enmendarla con políticas de reparación o de acción afirmativa, o con frentes comunes de los desfavorecidos.
Pero quizás el relato del mestizaje sea algo mucho más insidioso que una ideología, a saber un mito, no supeditado a una interpretación o una moraleja, poderoso simplemente por decir una historia que nadie sabe decir de un modo realmente otro.
Gilberto Freyre ha tenido el mérito de descollar entre tantos formuladores de la fábula de las tres razas, hasta ser identificado con ella. Lo es, sobre todo, por la misma obra que, traducida a muchas lenguas, continúa siendo en Brasil su obra más reeditada: Casa Grande e Senzala , de 1933, una monografía sobre la familia patriarcal, o sobre los modos que la familia patriarcal de los ingenios de azúcar habría legado al Brasil -más que nada, esa esfera doméstica (la cama, la cocina) que se sobrepone decididamente a las pretensiones del espacio público. Los adversarios de Freyre, especialmente sectores de la izquierda académica y del movimiento negro, han ido expulsando a Freyre de la grata condición de autor clásico a la más agria de autor oficial: si su versión de Brasil parece tan verosímil es a fuerza de repetirla, en libros de texto, en seminarios o en publicaciones conmemorativas. Se le acusa de representar los puntos de vista de la aristocracia más antigua del país, y de ofrecer una imagen idílica de la relación entre amos y esclavos, o entre antiguos amos y antiguos esclavos, sintetizada en expresiones -que por cierto no son suyas- como «democracia racial», o «carácter cordial del brasileño». Lo primero es indudable; lo segundo es una lectura injusta, o simplemente una falta de lectura. Freyre, es verdad, comparte de vez en cuando la pretensión, que puede encontrarse también en muchos autores españoles, de estar hablando de una esclavitud más suave o de un régimen colonial más humano que el de otras potencias europeas (una pretensión que no suele tener más fundamento que la autoindulgencia o la autoignorancia). Pero en sus momentos más expresivos no parece estar ocultando las sevicias o las miserias. Más bien las exhibe con una cierta delectación sádica, y muchas de sus páginas tienen un sabor inconfundiblemente pornográfico. Freyre cae con frecuencia en una especie de anacoluto ético cuando después de ofrecer en un libro como Nordeste, de 1937, una pintura despiadada del mundo de los ingenios azucareros, de la penuria ecológica y social que produjeron, concluye su tratado loando ese Brasil de los cañaverales como uno de los grandes logros civilizadores de la humanidad.
Quizás lo que salva a Freyre, lo que favorece su continua reedición, sean más sus dotes de mitólogo que sus argumentos; su habilidad para usar un conjunto de tópicos que se encuentran por todas partes, muchas veces en ambientes deológicos muy opuestos al suyo; esa misma contradicción en la que cae con gusto. Es más fácil condenar a Gilberto Freyre que desprenderse de los modelos descriptivos que él creó o consolidó; es más fácil prescindir de esos modelos para hablar de política y sociología que para hablar de todo lo demás -arte, por ejemplo. Sin citar las creaciones de la izquierda ortodoxa -obras mundialmente identificadas con el Brasil, como las de Jorge Amado o Darcy Ribeiro-, que son fieles a él con excepción de uno o dos adjetivos, hay un aire de familia que permite reconocer sus rasgos en los regionalismos, en los manifiestos herederos de la vanguardia antropofágica, en la verborrea o imagorrea del cine de Glauber Rocha, en todos los barroquismos, de las estatuas de Aleijadinho a los versos tropicalistas, o en las creaciones inspiradas en el collage basal de las favelas. Con la misma prosopopeya que un aristócrata pondría en recitar su linaje monótono, un brasileño de raza enumera el caos de sus genes, del libro que ha escrito o del plato que ha cocinado: abuelos italianos, vocablos tupís, aceites yorubas, humor judío, saudade lusa, saber oriental, ojos azules. Antes o después estará citando a Freyre sin querer.
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